El principio de todo

Mi compañero de fatigas no tenía mucho interés en esto de la paternidad. Para empezar es  tremendamente aprensivo, de los que se marean cuando ven un poco de sangre y la parafernalia que implica un embarazo y un parto le causaba desazón. En segundo lugar, temía que un bebé le impidiera seguir haciendo lo que más le gustaba, como salir de viaje con los amigos, jugar sus partidos o invitar a gente a casa y eso tampoco lo llevaba bien. Además, creo que en el fondo de su corazón pensaba que no sabría qué hacer con un niño pequeño en brazos y  le asustaba que nuestra relación cambiase, que yo me perdiera en las nieblas de la maternidad o algo por estilo. Por eso, cuando me quedé embarazada no hubo muestras de alegría, ni emoción ni siquiera un poquito de apoyo. Sólo una ligera expresión de fastidio. Fue una situación extraña, pues de cara a la galería aseguraba estar entusiasmado, pero jamás quiso tocarme la tripa para notar al bebé, me acompañó a rastras a algunas de las pruebas y ni siquiera estuvo en la última ecografía.

A pesar de ello, aquellos nueve meses fueron los más felices de mi vida. Tuve un embarazo estupendo, sin apenas ninguna molestia, excepto algún mareo ocasional al principio del todo y un ligera pesadez de piernas ya en la recta final. Ni ardores de estómago, ni nauseas, ni manchas en la piel, ni hemorroides o estreñimiento. Un chollo, vamos. Hice yoga hasta el séptimo mes y trabajé hasta la semana previa al parto y si en su momento dejé ambas actividades no fue por iniciativa propia, sino porque mi madre y mi compañero de fatigas no dejaron de darme la turra, alegando que “dónde iba yo con semejante barriga”.  Cuando por fin llegó el momento, unos días antes de mi salida oficial de cuentas, tenía en casa a mis padres y a mis suegros, además de a mi compañero, lo que se traducía en un pequeño caos y en muy poca intimidad para un momento que debía ser preciado y nuestro.

El parto en sí (que ya os contaré más adelante) fue en algunos momentos Kafkiano y me dejó una herida emocional mucho más duradera que los achaques físicos. Me faltó apoyo. Me faltó fuerza. Y en general me sentí muy, muy sola los primeros meses de vida de mi Enana. El compañero estaba como ausente, más traumatizado él que yo por el nacimiento, algo celoso de la atención que le prestaba a la recién nacida y muy poco colaborador. El desapego me dolió más que la cicatriz de la episotomía y estuvo a punto de acabar con  nuestra relación. Por suerte, al final conseguimos hablar del tema, poner en claro nuestros sentimientos y a día de hoy puedo decir que mi compañero es un padre estupendo y que la Enana lo adora. Y yo también. Espero y deseo que  la nueva vida que crece en mi tripa encuentre una forma más agradable de venir al mundo. Por  ahora sé que (esta vez sí!) será muy bienvenida por todos!

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