El principio de todo II

En mi entrada anterior comenté un poco por encima como había sido el parto de la Enana. Hoy me gustaría hablaros de él con más detalle por tres razones: en primer lugar, porque ese fue (efectivamente) el principio de todo, el día en que me convertí en madre y mi universo se puso patas arriba. En segundo lugar, porque las emociones que experimenté entonces me marcaron profundamente y me llevaron a buscar a otras madres para que me contarán su propia experiencia. Y por último, aunque no menos importante, porque me da la gana. Es decir, es algo que deseo compartir, que quiero contar, que necesito manifestar y esta es la mejor manera que se me ocurre de hacerlo. Así que ahí va.

Aunque salía de cuentas el dos de febrero, la noche del 28 de enero empecé a tener contracciones. Al principio muy suaves y espaciadas (de hecho, me metí en la cama e intenté dormir un poco), pero a medida que avanzaba la madrugada la cosa se fue haciendo más intensa, hasta que a eso de las 9 de la mañana, y con contracciones cada 5 minutos, decidí que era el momento. Desperté a mi compañero de fatigas, nos duchamos, cogimos los trastos y salimos para el hospital. Tan feliz que iba yo, segura de aguantar todo el proceso como una jabata. Aing, que verde estaba, Dios mío…

El ginecólogo de guardia me examinó, así, un poco como con desgana, y tras unos intensos cinco segundos de estudio, dictaminó que aunque el cuello del útero estaba borrado, yo no había empezado a dilatar, por lo que me mandó con los prógromos a mi casa. Nada más llegar busqué en el diccionario qué demonios era eso de los prógromos (porque en el hospital, explicaciones de las justas, claro) y descubrí que eran unas contracciones preparatorias al parto, que podían prolongarse durante días ¡Días! Madre del amor hermoso… Pasé todo el día 29 con contracciones más o menos regulares, cada 7, cada 6 o cada 5 minutos. Conseguí dormitar unos minutos en el sofá, beber un té y poco más y por la noche empezó lo bueno. El dolor que hasta ese momento había sido en la barriga, parecido a un cólico de la regla pero más fuerte, se trasladó a mi espalda, a la zona lumbar y triplicó la intensidad. Con cada contracción sentía como si me partieran la columna vertebral con un hacha sin filo y oxidada, que me daban ganas de buscarle al que fuera una sierra mecánica para que acabara de una vez. Esa noche ni siquiera intenté dormir.  Las respiraciones de la preparación al parto estaban más que olvidadas y aunque las hubiese recordado creo que me hubiesen servido para poco más que mentarle los muertos a mi matrona. A las 9 de la mañana (así soy yo, no me gusta molestar a la gente a horas intempestivas, si puedo evitarlo…), ya no aguantaba más, así que le pedí a mi suegra que me llevara otra vez a urgencias (el compañero de fatigas andaba en el curro desde las ocho, el pobre).  Y de esta forma nos plantamos las dos en el hospital, yo con una navaja albaceteña entre los dientes dispuesta a conseguir como fuera la epidural de la que había renegado todo el embarazo, que manda huevos.

Un nuevo examen de partes bajas: esta vez sí había empezado a dilatar, pero a penas un centímetro (y yo creo que era casi de regalo, por no volver a mandarme a casa). Me ingresaron, me desbragaron y me vistieron con una bata que, por suerte, se abrochaba por delante y no por detrás. Mi suegra debió avisar a mi compañero de fatigas porque una hora después entró, todo demudado, como a punto de vomitar y se sentó conmigo. Esa mañana me atendió una de las pocas personas que fue amable conmigo durante todo el proceso, un chico joven, no sé si  matrón, enfermero o gine que se compadeció de mi, me trajo una pelota de pilates e intentó explicarle al fantasma aterrado del futuro padre cómo aliviar el dolor con un masaje de espalda. También me dijo que no podían ponerme la epidural hasta que hubiese dilatado por lo menos cinco o seis centímetros y que intentase relajarme cuanto pudiera. No pude, claro. El dolor iba en aumento y la cosa avanzaba muy despacio. El compañero de fatigas poco hacía a parte de mirarme con angustia.

A eso de las siete de la tarde las fuerzas vivas del hospital dieron su visto bueno para ponerme  la anestesia. Mientras avisaban al especialista, llegó una enfermera biroja con un tubo larguísimo y me informó tranquilamente de que iba a ponerme un enema. Yo le dije que ya venía con todo hecho de casa (cosa además que era cierta) y que gracias, pero no, gracias y ella me amenazó entonces, con alegría y entusiasmo, que sin enema no había epidural. A aquellas alturas yo me habría arrancado el brazo derecho con tal de que me aliviaran un poco el dolor así que la dejé hacer. En mi vida me había puesto un enema, pero cuando empecé a notar el líquido entrando por mi vagina supuse que algo no iba bien. Intenté decírselo a la biroja, pero lo único que conseguí fue un gruñido y un “aprieta el culo que se sale todo”. Finalmente logré aclararle a la buena señora que se estaba equivocando de agujero y con un “anda, si es que tienes todo muy junto, casi no hay diferencia”, dejó zanjando el asunto. Olé. Y olé. Entre retortijones y contracciones pasé los siguientes diez minutos que se me hicieron eternos antes de que, cual ángel de la guarda, viniera a buscarme el anestesista y por fin me pusieran la epidural.

Fueron las dos mejores horas que recuerdo desde empezara todo la noche del 28 de enero. Seguía sintiendo las contracciones, pero suaves y lejanas y la espalda me había dejado de doler. Intenté descansar (recodad que llevaba prácticamente dos días sin dormir!), y hasta conseguí relajarme ¡Qué poco duró lo bueno! Pero como este post ya me está quedando muy largo, mejor dejo el final para próxima semana ¡Así os dejo a todas con la intriga!

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