No quiero ser una mamá que grita

Pues no. No quiero. Me horroriza convertirme en una de esas mujeres que se comportan como el doctor Jeckyll y Mister Hide o como Hulk con un empacho de comida mexicana… con todos mis respetos para la comida mexicana. Y aún así tengo que confesarlo: grito. Me enfado. Pongamos un ejemplo. Lunes, 07.15 de la mañana. La Enana se levanta con el pie izquierdo y decide hacerse nudista y una vez quitado el pijama y el pañal se dedica a correr en pelota picada por la habitación, en pleno mes de enero, gritando a pleno pulmón: “Ropa no, ropa nooooo!!!!!”. Qué hacer. Primer intento: me esfuerzo por engatusarla, le digo lo guapa que va a estar con su camiseta rosa y sus zapatos nuevos, que después nos vamos a tomar el desayuno y a ver unos dibus en la tele. No funciona, ir en bolas es más divertido qué demonios. Nudismo 1, mamá 0. Segundo intento: la riño y la amenazo, le aseguro que o viene a vestirse en seguida o esa tarde no hay parque ni merienda rica, que se queda en casa comiendo plátanos a lo sumo. Pero “la tarde” es un concepto difuso, difícil de precisar, que de momento no le afecta, así que nudismo 2, mamá 0. Tercer intento: Son las 07:25, tenemos que salir de casa a las 08:00, 08.10 como muy tarde y empiezo a ponerme nerviosa, así que me enfado. Y subo el tono. Ven aquí ahora mismo o te vas enterar, etcétera, etcétera. Y es en ese momento, con una criatura dando saltos en cueros a las siete y media de la mañana de un lunes cualquiera, cuando se produce la transformación. Comienza a latirme una vena en el cuello, me pongo verde, y aún a riesgo de despertar al compañero que aún ronca y a medio vecindario, grito. Un montón. Por fin la Enana se detiene. Me mira estupefacta un par de segundos y acto seguido se echa a llorar. Normal. Su mami acaba de convertirse en La Masa, y eso asusta a cualquiera. Ahora ya puedo vestirla, pero mientras le limpio los mocos con una toallita, me siento fatal. Y entonces, le pido disculpas, le digo que mamá lo siente, que no quería gritar, pero que llegamos tarde a la guarde y al trabajo y que necesito que me haga caso. La abrazo, le prometo que esa tarde iremos al parque y le pido que se porte bien. Ella dice: sí, mamá. Y lo olvida todo. Pero yo no. Me prometo a mi misma no volver a gritarle, pero no sirve de nada.

He leído en algunos blogs y webs dedicadas a la crianza natural que hay que respetar la evolución de los niños, darles libertad, no imponer normas restrictivas y enseñar con el ejemplo. Estoy totalmente de acuerdo con esos principios. Son mi objetivo, mi mantra si se prefiere, pero ¿cómo cojones te las arreglas si trabajas fuera de casa ocho horas al día, no tienes asistenta que te ayude con las mil lavadoras, planchas y pelos de perro pegados a la alfombra y “los abuelos” están a miles de kilómetros y no pueden echar una mano? Entiendo que en un mundo ideal, sin prisas, donde el dinero y el llegar a fin de mes no son un problema, donde siempre hace buen tiempo, nunca estamos enfermos ni cansados, y todos hemos dormido a pierna suelta, una podría tener más paciencia, dejar libertad a los enanos para expresarse mediante la desnudez y no gritar para que hagan caso y vengan vestirse. Pero no es así. Sé que está mal. Lo siento en los huesos, en lo más profundo de mi alma, pero no es así. Al final se acaba gritando y poniendo castigos porque no puedes llegar tarde al trabajo todos los días, porque no hay jefes tan comprensivos para entender que lo mejor es dejar que el niño se exprese dando vueltas en pelotas media hora antes de salir de casa, porque les da igual que tengas la gripe (o que la tengan tus hijos), que lleves dos días durmiendo 3 horas y porque a ellos no se les han quemado las lentejas o las galletas por ir a cambiar un pañal y descubrir que: a) se han acabado las toallitas, b) el objeto del cambio de pañal ha aprovechado que ibas a buscar otro paquete con el que limpiarle el trasero para hacerse pis en la alfombra y c) te has tirado media hora convenciéndole de que se tumbe en el suelo para poder abrocharle el pañal limpio en condiciones.

Dicho todo esto, lo reitero: No quiero ser una mamá que grita.

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4 responses to “No quiero ser una mamá que grita”

  1. mamiaprendiz says :

    Como me ha gustado tu post. Esá claro lo que queremos, aunque a veces por el camino se nos olvide porque te entiendo, hay días y momentos en los que ser paciente es un ejercicio casi quimérico. Un beso grande y seguro que lo estás haciendo genial.

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  1. Propósitos de Año Nuevo | Mamá en el Siglo XXI - 2 enero, 2016

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