Las tribus del parque

Parece increíble, pero existen… Y lo peor es que una no se da cuenta de ello hasta que procrea por primera vez y decide llevar a su retoño a probar suerte con el tobogán y subeybaja. En su inocencia, la inexperta madre llega al parque de su barrio, pueblo o urbanización arrastrando el carrito cargado de aguas, pañales, meriendas y juguetes, dispuesta a dejar triscar un rato a la prole y, a ser posible, sentarse en un banco y hablar con personas adultas para variar, pero nanai. No es tan fácil. Cada parque tiene sus particulares tribus de madres y resulta complejo incorporarse a alguna así, por las buenas.

Por un lado, están las madres con niños mayores (entre 7 y 10 años), que se conocen desde que dieron a luz, se invitan a los cumpleaños de las criaturas y se saben al dedillo todo lo relativo a la APA, clases extraescolares  y cursillos de inglés. Las posibilidades de que una individua con un bebé o un niño pequeño se incorpore a ese grupo son prácticamente nulas. Con suerte te saludarán al llegar y en verano dirán alguna monería de tu retoño, del tipo: “Pero cuanto ha crecido esta niña…”, y ahí se acabó lo que se daba.

La madre primeriza mira entonces a su alrededor y descubre (oh! albricias!) a otra tribu algo más apartada, con pequeños oligoelementos de edad similar al suyo así que se arrima a ver si la cosa funciona. Ni pensarlo. Aquí pueden darse varios casos: mamás con más de un niño que comparten las dichas y desdichas de las familias plurihijales, adoran las comparaciones (aunque estén mal), y tienen que doblar esfuerzos para mantener el descontrol del parque dentro de unos límites razonables, lo que no siempre les deja tiempo para sentarse en el banco a charlar. Mamás que se conocen de la preparación al parto, de la guardería o de la escalera y que se saben de corrido sus idas y venidas (a menudo compartidas), organizan baby showers, hallowines y fiestas del Día de la Habichuela Colorá y nunca te van a invitar a esa chocolatada de otoño celebrada en el garaje de una de ellas y que tan bien te sentaría. Y por último, mamás atléticas y deportistas, con bicis con portabebés y carritos adaptados para el running, que quedan – además de para ir al parque – a dar paseos por el campo, participar en carreras populares con la prole y similares. Y ahí o te vas al decatlón y te equipas como una campeona para seguirles el ritmo o estás fuera.

¿Qué hacer? Pues poca cosa: soltar al enano entre las distintas maquinas infernales que alguien tuvo a bien llamar “columpios” y esperar que la naturaleza siga su curso. O sea, que te la líe parda. Bien pegando a otro niño, bien disputándose la primacía de tirarse por el tobogán o discutiendo por un juguete al que ninguno había hecho el más mínimo caso hasta ese momento. Eso te da pie a charlar con la madre (en raras ocasiones, padre) del menor en conflicto y con un poco de suerte iniciar una ligera relación que, con el tiempo, y si coincidís con frecuencia, puede dar lugar a una nueva tribu. La de las madres que están hasta las narices. He dicho.

 

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