Las secuelas físicas de ser madre

Como ya he dicho en algún otro momento, tengo un cuerpo la mar de agradecido, que se recupera a la velocidad del rayo sin que tenga que prestarle demasiada atención. Eso no impide que después de un embarazo y un parto todo siga “en su sitio” ni mucho menos. A ver. Que nadie se asuste. Parir un bebé no te convierte en el monstruo de Frankestein, pero lo cierto es que para bien o para mal dejas de ser la misma persona. En mi caso, de lo que más me costó reponerme fue de la dichosa episotomía que me practicaron a traición y sin que me enterara. Ni una estría, ni un kilo de más, ni una triste hemorroide. Sólo el corte (y sus seis puntos correspondientes) en mis partes más íntimas. Mi cuerpo se portó como un campeón y la herida sanó rápido, sin infecciones ni problemas, pero la cicatriz me picó y me dolió durante meses. Sí. He escrito bien. Meses. Yo estaba totalmente respuesta de mis 48 de horas de parto y mis nueve meses de embarazo en menos de una semana, pero pené una estación completa por culpa del corte que me hizo un ginecólogo sin avisar. El mismo corte que me provocó una hemorragia y una anemia que, gracias a mis genes de oro puro, me curé en un mes… y eso que se me olvidó tomar la mitad de las pastillas de hierro que me recetó el médico. Durante un tiempo, las relaciones sexuales fueron molestas y, por primera vez en mi vida, tuve recurrir a lubricantes artificiales. Probé a darme masajes en la cicatriz con aceite de rosa mosquetá y otros productos naturales, pero al final fue el tiempo lo que curó definitivamente la herida y me permitió recuperar la normalidad.

Todo aquello me hizo preguntarme si el resultado hubiese sido otro de haber dejado hacer el trabajo a mi cuerpo, sin intermediarios. A lo mejor si no hubiese sido primeriza y hubiese aguantado más tiempo en casa, hubiese llegado con más fuerza a paritorio y no hubiese hecho falta ni epidural, ni ventosa ni (¡por Dios!) la dichosa episotomía. Es posible que mi estupendo cuerpo, que se cura solo la mayor parte de las veces, sin necesidad de medicinas ni reposos, se hubiese hecho cargo de traer a la Enana a este mundo sin un rasguño, dejándome lista para seguir con mi vida en un pispás.

En cualquier caso, sé que puedo darme con un canto en los dientes porque hay mujeres que lo pasan bastante peor que yo. Incontinencia, flacidez, sobrepeso, infecciones, depresión, pérdida de cabello, estrías… son cosas más habituales de lo que se cree y de las que nadie dice ni pío. Una especie de pudor, no sé si femenino o directamente machista, impide hablar de los lados oscuros de la maternidad. Es como si  tuviéramos que ser como las famosas de las revistas, que salen dos días después de dar a luz maquilladas y peripuestas del hospital, caminando como princesas en vez de medio espatarradas como hacemos todas y que tres semanas después de haber traído a famosín al mundo pueden enfundarse de nuevo en su vestido de noche de la talla 36. Sin pestañear.

No somos superwomans (ni nosotras ni las famosas) y hasta la más suertuda ha experimentado alguna de las secuelas que trae consigo esto de ser madre, aunque sea en leve grado. Luego todo se olvida, es verdad, porque tienes a una criatura dulce y tierna que requiere tu atención constante las 24 horas del día y que te recuerda por qué mereció la pena pasar por todo aquello… e incluso repetir la experiencia. Ahora que Tulga está en camino quizá haga algo que no hice la primera vez: preparar un plan de parto y conseguir que se respete, intentar dejar hacer a mi cuerpo (que sabe mejor que nadie lo que le conviene como me ha demostrado en más de una ocasión), informarme bien de todo, no tener miedo…  Ya os contaré el resultado el próximo mes de septiembre.

Ah, por cierto: ¡Tulga, es una niña!

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  1. Dos años menos un día | Mamá en el Siglo XXI - 6 marzo, 2016

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