Cuando los trastos ya no te caben en el armario

Pues sí. Lo confieso. Tengo un terrible problema de espacio y no por voluntad propia, que conste. Desde que nació la Enana algunos amigos, y especialmente los abuelos, se han empeñado en ser mis proveedores habituales en todo lo relativo a la pequeña, hasta el punto que para mi cumpleaños mis propios padres me enviaron ropita de bebé a modo de regalo. Qué ya jode. Porque una es madre, pero también persona y le gusta que al menos una vez al año la gente se acuerde de eso. En fin. El caso es que sin pedirlo ni desearlo me he encontrado con toneladas de zapatos, juguetes y ropa de todas las estaciones y edades a punto de causar una avalancha desde el dormitorio y el salón ¡Trastos van! ¡Apártese quien pueda!… Y no exagero ni un ápice. Al ir a guardar la ropa de invierno para dejar sitio a la de verano me he encontrado ¡con que no tengo dónde meterla! Hay cajas en todos los altillos de los armarios, bolsas en los rincones más insospechados y tres pares de triciclos, motos o lo que sean esos chismes con ruedas aparcados en el jardín… porque en el salón hay otros dos y ya no caben!!!! En serio, me va a dar algo. No es que una sea una psicópata de la limpieza y el orden (con un perro en plena fase de muda de pelo no se puede ser muy exigente), pero es que a veces es imposible caminar por la alfombra o sentarse en un sofá sin que se le clave a una un lego en el culo ¿Qué hacer entonces?

Para empezar, intentar endilgar parte de los trastos a otra madre desprevenida, en plan “Uys, Fulanita, tengo yo unas cosas de la Enana del año pasado que te van a venir de vicio para tu retoño, espera que te las doy” y entregarle una maleta de tamaño medio para su uso y disfrute en exclusiva. JuasJuasJuas ¡La madrastra de Blancanieves es una hermanita de la caridad a mi lado! El problema es que esa medida es de efecto boomerang, o sea, que tarde o temprano la pardilla… digo, la madre, acaba devolviendote la maleta, que se convierte así en un regalo envenenado. Otra opción es deshacerse definitivamente de lo que sobra, bien vendiéndolo o bien donándolo a alguna de las numerosas ONGs y entidades dedicadas a estos menesteres. Sin embargo, el compañero de fatigas se niega a que done la ropita amorosamente tejida por su madre y que a veces se ha quedado sin estrenar porque a) me la dio en la época del año equivocada y cuando por fin hizo el frío o el calor necesario, la Enana había crecido y ya no le valía o b) era tan retro, pero retro-retro, tipo niño años 50, que me sentí incapaz de hacerle eso a mi hija, por no mencionar que las medidas tomadas a ojo a veces daban como resultado jerséis de punto ombligueros y con mangas pensadas para orangutanes en vez de para mini humanos o vestidos tipo princesa, que arrastraban por el suelo y abrochaban muy malamente en la espalda. Además, asegura mi costillo, que Tulga va a aprovecharlo todo como si fuéramos a tener un bebé con brazos extralargos en 1946… que es para lo que vale esa ropa. Una que es discreta (y que además conoce la incapacidad del compañero para fijarse en los detalles) ya se ha deshecho de algunas piezas, pero aún así el volumen de trastos ha bajado poco.

Los juguetes son otro cantar, porque ahí el principal obstáculo es la propia Enana que considera hasta el último lápiz o monigote del inventario como “su tesooooroooo”, en plan Gollum del Señor de los Anillos. No hay forma de guardar nada. Hace unos meses compré una caja de plástico tamaño baúl de la Piquer donde arrojé todos aquellos peluches, muñecos y cacharros a los que llevaba tiempo sin prestar atención. Cerré la tapa y le pedí al papi que lo llevara al garaje. El susodicho no encontró el momento de hacerlo, pero la Enana, que tiene vista de águila cuando le conviene, se percató de mi maniobra y tomó al asalto la caja al grito de “¡Es míoooo, no lo guardeeeeees!” Así que ahí sigue el baúl. En medio del salón. Lleno hasta arriba.

Y lo peor de todo es que, con tanta cosas compradas, hechas o regaladas, yo a penas he podido elegir nada para mi hija. A veces voy a Carrefour y miro a las madres comprando un vestido o unas zapatillas para sus retoños y me muero de envidia, porque ya sólo falta que aumente el superavit de trastos en los armarios comprando yo misma la ropa o los juguetes que me gustan. Que manda huevos. A ver, que no soy una ingrata y agradezco la intención y el dinero ahorrado, pero es frustrante disfrazar a tu miniyo de niño antiguo o vestirlo con ropa ajena, más grande o más pequeña de lo que le correspondería por derecho, y no poder darte el gustazo de encasquetarle una camiseta de ACDC que es lo que te apetecería.

En fin. Si alguien tiene una solución para mi problema o quiere llevarse algo de lo que desborda de los cajones de mi casa, que me diga algo. Pero que se de prisa, porque a lo mejor no llego a verano sin sucumbir a los efectos perniciosos de la acumulación de trastos…

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