La extraña simbiosis entre un perro y su niño

Como he dicho en alguna ocasión, tengo un perro. Bueno, una perra. Un cruce entre pastor alemán y pastor belga, esbelto y precioso, cuya principal afición es llenarme la casa de pelos. Lo adoptamos unos meses antes de naciera la Enana, cuando aún era una cachorrita, rescatándola de una finca donde la tenían encerrada en una canera a la espera de ser sacrificada. La pobre era asustadiza a más no poder. Le aterraba hasta su propia sombra. Ni que decir tiene que nunca fue el típico perro amigable que se deja acariciar por todos y lame la cara de los más pequeños con expresión de éxtasis perruno. Más bien pasó su infancia escondida tras nuestras piernas cada vez que el viento agitaba la copa de los árboles o alguien cerraba con fuerza una persiana. El compañero de fatigas dedicó muchas horas y empeño a educarla y, con el paso del tiempo, fuimos controlando su timidez. Ahora es un animal más o menos equilibrado, tranquilo y paciente que, excepto por soltar pelo a diestro y siniestro durante todas las estaciones del año, no da ningún trabajo en casa.

Parte de su educación consistió en prepararla para la llegada de la Enana, pues se trata de un perro grande que queríamos tener totalmente controlado. A medida que entraban en casa los trastos del nuevo bebé (el carrito, la ropa, los juguetes…), se los dábamos a oler para que se fuera familiarizando con ellos y le aplicábamos la versión canina del “se mira, pero no se toca” de los humanos. Una vez que di a luz, el compañero se llevó del hospital uno de los pijamitas que la pequeña había llevado puesto toda la noche y se lo dejó olfatear a placer para que conociera, al menos vía nariz, al nuevo miembro de la familia. La adaptación al bebé de una perra que aún desconfía de los extraños y que a pesar de nuestros esfuerzos continua ladrando al cartero,  fue rápida y total. Cuando nos dieron el alta, me senté en el sofá con mi hija y dejé que el chucho se nos acercara y nos echara un buen vistazo. En ese momento no prestó demasiada atención al pequeño bulto sollozante que tenía en mi regazo, pero tampoco se mostró hostil o asustada. Se limitó a mirarme como diciendo “pues tampoco es para tanto, hija” y luego se tumbó tranquilamente a nuestros pies.

A medida que la Enana crecía y empezaba a interactuar con su entorno la cosa cambió un poco. Con esa temeridad que caracteriza a los bebés, la niña empezó a tirarle de las orejas, a meterle el dedo en ojo y a gatear por encima de ella sin miramientos. Nosotros estábamos siempre ahí para evitar cualquier reacción adversa, pero excepto gimotear penosamente cuando la Enana intentó arrancarle los bigotes de cuajo, la actitud de la perra fue de paciencia infinita. Nunca tocó los juguetes de la Enana (y eso que durante una buena temporada estuvieron mezclados con los suyos), ni le gruñó o hizo el menor gesto agresivo. Toleraba a la niña y punto, aunque aún no la consideraba miembro activo de nuestra pequeña familia/manada. Eso vino después, cuando la Enana se transformó en la personita que es hoy día y decidió que la perra era tan válida como yo misma para ser objeto de su charla, para enseñarle una pegatina, para pedirle que mirara como se columpia en el jardín o darle un beso de buenas noches. El chucho pareció comprenderlo todo al instante y, así, las dos viven en perfecta armonía, juegan, se pelean, se besan y se rebozan en el suelo como si no hubiera un mañana. La Enana se preocupa si la perra vomita, quiere darle de comer cuatro o cinco veces al día (“Mamá, tiene que mirendar!!!”, es una de sus sentencias irrebatibles) y cuando vamos al veterinario le dice: “Tranquila, bonita, que el médico no hace daño. No llores”. Por su parte, ella es el único niño del planeta al que la perra considera apto para lamerle la cara, perseguir por el jardín o disputar una pelota. O sea, que el amor es mutuo.

Con Tulga tenemos buena parte del trabajo hecho y yo que me alegro. Porque la verdad no hay nada más bonito que ver jugar a un niño y su perro… o, mejor, a un perro y su niño.

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