El duro proceso de adaptación

El 11 de septiembre a las ocho y cuarto de la tarde venía al mundo mi segunda hija, un poquito antes de lo previsto (menos mal que dejé preparados los trastos!) y con tantas prisas que casi no llegamos al hospital. Las contracciones empezaron después de comer, sobre las cuatro de la tarde y en un ratín pasaron de ser cada siete minutos a venir casi seguidas. Dejamos a la Enana al cuidado de los abuelos y salimos escopetados, pensando dónde demonios dejar el coche con todos los alrededores del hospital en obras y los aparcamientos hasta la bandera. Tan mal vimos la cosa y tan apurada iba yo, que el padre de la criatura me soltó en Urgencias y él se fue a ver dónde podía aparcar el trasto. Los de Urgencias me miraron y por primera vez en mi vida los vi moverse a gran velocidad: “Déjame el DNI, no te preocupes. ¡Fulanita! Corre, llama al ascensor y acompaña ahora mismo a esta señora a paritorio ¡Pero corre ya!”. Y yo casi sin aliento, subiendo en el ascensor mientras Fulanita me pregunta si venía sola: No, mi marido está aparcando el coche. “Uy, pues la lleva clara. Si no se da prisa me parece que se lo pierde”.

La matrona que me recibió puso cara de susto al verme, me hizo a pasar a un cuartito, me pidió que me quitar la ropa y tras un ligero vistazo a mis partes bajas constató que ya estaba casi dilatada del todo y movilizó a todo el personal. El compañero llegó corriendo. Me vio ya tumbada mientras dos enfermeras se esforzaban por cogerme una vía y sacarme sangre todo a la vez y la matrona gritaba a no se quien que preparara el paritorio. “Voy a romperte la bolsa”, me dijo “¿Tienes ganas de empujar?”, le dije que sí, ya lo estaba haciendo, y ella me ordenó que soplase, que teníamos que pasar a paritorio. Casi no le dio tiempo ni de vestirse. Mi compañero sonreía, con sorpresa. Di tres empujones y de pronto le oigo decir: “¡Tulga ya está aquí!”. Yo pienso: ¿tan pronto? Si a penas me ha dolido… Y me ponen a mi bebé en cima, toda chiquitita y llorona. Mi pequeña, mi niñita. A penas habían pasado 25 minutos desde entré en Urgencias. Tan rápido fue todo que se rompió la clavícula izquierda al nacer. Pero en seguida cogió el pecho y yo estaba prácticamente como nueva al darnos de alta dos días después.

Tenía muchas ganas de volver a casa, de presentar a la recién nacida a su hermana y me sorprendió su forma de hablarle, imitando la voz nasal que se nos pone a los adultos cuando nos dirigimos a un bebé: “Ay, hermanita, que pequiñita eres”. También me dejó pasmada lo primero que me dijo a mi: “Mamá ¿Y tu barriga?”. Durante un día entero fui muy feliz.

Luego aterricé en la dura realidad. Con dos pares de abuelos metidos en casa, cada uno con su idiosincrasia particular y sus suceptibilidades, y una niña de dos años y medio que de pronto se convirtió en la Increíble Cosa Cambiante del Pantano me encontré apabullada por las circunstancias. El compañero tenía que ir al trabajo y a mi me tocó además hacerme cargo de todo el papeleo (con mi empresa metiendo prisa para que consiguiera la baja maternal tal que ya, pero sin darme el documento que me hacía falta para ir a la Seguridad Social). Además Tulga, al margen de la clavícula rota había nacido con una pequeña fosita sacra, justo en cima del culete y me tocó volver al Hospital dos veces: primero a hacerle una ecografía con 5 días de vida y después a ver a la pediatra, para que me dijera si estaba todo correcto. “Todo bien”, me confirmó “a la espera de lo del tiroidoes. Ya sabes que aunque salga negativo habrá que repetirle la prueba, no?”. Pues no. No lo sabía.

Y la Enana montando pollos por todo en casa: porque todavía falta mucho para su cumpleaños, porque quiere merendar tres veces, porque no quiere irse a la cama, porque yo no me callo cuando ella me lo ordena, porque no quiere ir a la guarde… Hace dos días se hizo pis encima por primera vez desde que le quité el pañal. Sé que no fue un descuido, porque llevaba diez minutos preguntándole si quería ir al baño y ella asegurando que no, que el baile de san Vito que se traía entre manos era pura gimnasia. Así que lo hizo a posta. Por alguna razón que no llego a comprender del todo. Igual que no entiendo que vuelva a despertarse un par de veces por las noches (casi más que su hermana, que de momento es una bendita), sólo para pedirme que le lea un cuento a las tres de la mañana, o que pretenda que yo le de comer, cuando hasta ahora la pelea era por comerse ella sola hasta la sopa…

Sé que todo requiere un periodo de adaptación y que mi pequeña princesa acaba de verse destronada, pero yo le presto toda mi atención, igual que antes, ya que su hermanita me deja. Juego, le preparo el bocadillo, le leo cuentos… y me fastidia que los llantos y las pataletas sean solo conmigo. Además la presencia abuelil no contribuye demasiado. Me agobia más que me ayuda y me impide establecer rutinas y desenvolverme como me gustaría, porque hay que estar pendiente de cuatro adultos, que además se sienten ofendidos si a las 9 de la noche les insinúas que estás cansada y que te gustaría que te dejaran un rato tranquila…

Y ahora una pregunta ¿hasta cuándo dura esto? ¿Los hermanos mayores tardan mucho en dejar de estar celosos? ¿Los abuelos deciden volver a sus casas algún día? ¿Mis antiguos vaqueros volverán a entrarme en el culo? Preguntas sin repuesta de una madre al borde de un ataque de nervios…

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