La obsesión por el peso

Esta entrada va de algo que suele quitar el sueño a toda madre reciente y que se resume en dos preguntas:

a) ¿Mi bebé está comiendo lo suficiente?

y b) ¿Cuándo voy a volver a entrar en mis pantalones?

En el primer caso las dudas asaltan especialmente a aquellas mamis que, como yo, dan lactancia materna exclusiva a sus retoños, o sea, que no tienen  forma de saber cuántos mililitros de leche se echan al buche en cada toma. La angustia se hace aún mayor si la criatura (como el 90% de los bebés de teta) no sigue un ritmo regular, es decir, que no pide de comer cada tres horas exactas, a lo que la madre, sobre todo si es primeriza, suele reaccionar con bastante preocupación ¿Lo despierto para ofrecerle leche? ¿Sí? ¿No? Oh, duda cruel… Si a esto se añade la moda pediátrica de pesar cada 15 días a los niños que no tiran de biberón (control de peso que llaman), no es de extrañar que algunas marcas infantiles intenten endilgar a las más despistadas aparatos como esta estupenda báscula pesa bebés.

Entiendo perfectamente la preocupación, pero si sirve de algo mi experiencia, no hay que obsesionarse. Para empezar los críos nacen sin reloj de pulsera por lo que no saben si piden de comer cada dos, tres o cuatro horas. Cuando tienen hambre lo dejan clarito y cristalino y ya está. Así de simple. Es la famosa lactancia a demanda, que yo veo la cosa más natural del mundo. Es cierto que no podemos saber si nuestro hijo ha mamado una cantidad determinada, pero hay signos que nos indican que la cosa va por buen camino. Por ejemplo, si al comer le vemos mover activamente la mandíbula o incluso la oreja, es que está haciendo un buen trabajo. También si moja el pañal varias veces al día y hace sus caquitas con fruición. Vamos, que si sale, es que algo entra digo yo. A veces, especialmente cuando son muy chiquitines y nuestros pechos aún no se han regulado, se les puede oír hasta tragar o derramar un poco de leche por la comisura de la boca al soltar el pezón… que es que están para comérselos!

Si a esto se añade que la ropa le empieza a quedar pequeña a las dos semanas de venir al mundo, no hace falta ninguna báscula para saber que el chiquillo está comiendo. Además, los pechos de la mujer son una herramienta la mar de sabia, no hay madres sin leche porque se produce a demanda, así que cuando más chupetee el chiquitín, más habrá para luego. Mi consejo: intentad disfrutar de estos momentos, que pasan volando. Dad el pecho siempre que lo pida o se le vea intranquilo, y aprovechad para relajaros también: ved la tele, leed un libro, escuchad música…. Seguro que no vais a encontrar mejor momento a lo largo del día. O simplemente mirad como mamá el bebé, que ya de por si es algo que a mi siempre me ha trasmitido mucha calma.

La segunda pregunta (¿cuándo voy a entrar en mis pantalones?) también quita el sueño a más de una. Si se ha cogido mucho peso durante el embarazo luego cuesta un montón soltarlo, especialmente si se da el pecho, porque la lactancia da un hambre que no veas. La tripa también tarda un tiempo en volver a su sitio y está así como abombada y blandurria en el mejor de los casos, con la famosa línea alba aún muy marcada y visible. El resultado es que las primeras semanas tienes la sensación de seguir medio preñada, con la incomodidad de que no entras en tu ropa habitual, pero tampoco te vale la premamá.

En mi caso durante el embarazo de Tulga he cogido unos 9 kilos y medio. En dos semanas dejé por el camino 7, pero aún me quedan unos tres bien asentados en mi culo y en mis caderas, que por cierto, después de dos partos están mucho más grandes y redondas que antes de quedarme embarazada. Como aún no he terminado la cuarentena (casi, casi, pero faltan unos días), y no tengo el visto buena d e la matrona no he empezado a hacer ejercicio y eso ha contribuido a que siga con mis kilos de más y a que esté de humor de perros por tener que tirar de leggins y camisas sueltas en vez de mi vaqueros de siempre y mis bonitas faldas. Que ya estoy harta, jolín. Dicho esto, igual que en el caso anterior, tampoco hay que obsesionarse con recuperar la forma en seguida. Que no somos Elsa Pataky y no nos esperan en la alfombra roja… vamos, por lo menos a mi no. Alguna vez he leído que esto de tener un hijo implica cambios en el cuerpo de la mujer durante 18  meses: 9 meses dentro, 9 meses fuera, o sea, que por lo menos tenemos que darnos ese plazo para volver a vernos como siempre.

Bien pensado, después de tooodooo lo se estira la piel del vientre y los pechos, del útero que multiplica su tamaño y empuja al resto de nuestros órganos para hacer hueco y de los músculos que se distienden y sueltan para permitir que saquemos algo del tamaño de un melón por un agujero del tamaño de un limón, deberíamos darnos con un canto en los dientes si sólo tardamos unos meses en recuperar la forma. A comer equilibrado y a hacer un poco de ejercicio (lo que nos dejen los peques y nos permita el cuerpo) y si a alguien no le gusta, que no mire.

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2 responses to “La obsesión por el peso”

  1. T®e says :

    Es cierto, en mi caso hasta los 9 meses no he podido ponerme mis vaqueros. Mi bebe engordaba con teta 1 kg al mes al principio. Ahora unos gramos, pero no se le ve desnutrido, vaya. No lo pesábamos más que una vez al mes, y si le ves la cara y el cuerpo yo creo que sin báscula puedes ver si va bien o no,😊

    • norgwinid says :

      Si es que a los chiquillos se les ve si están bien alimentados! Tengo una foto de mi hija mayor con unos seis meses desnudita para tomar un baño, en la que parece un pequeño Buda… Y aún andaba con lactancia exclusiva!

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