Lactando, que es gerundio

Sí, lo sé. Al sacar el tema de la lactancia una corre el riesgo de meterse en un berenjenal de tres pares de narices, pero no voy hablar de las ventajas de la leche materna o de las cualidades de la que sale de un frasco. Ya dejé clara mi postura al respecto en un post anterior. La verdad es que me apetecía romper algunos mitos y decir cuatro verdades de esto dar el pecho al producto de tus entrañas. Me gustaría empezar con la famosa “subida de la leche”, que en realidad debería llamarse  “el momento en que piensas que tus tetas van a reventar”, porque con el primer nombre, te imaginas un idílico escenario en el que de pronto, y por arte de magia, de tus senos empiezan a manar un dulce néctar sin más ni más. Y no. Vive Dios que no es así. La verdad es que tú estás tan a gusto, a lo mejor hasta durmiendo un rato, y de pronto te empieza a entrar a un calor insoportable en el pecho que poco a poco se va agudizando y, entonces, al intentar darte la vuelta en la cama, descubres que no puedes porque tienes las peras como melones (da igual el tamaño que tuvieran antes de ese momento, ahora son como melones!) y te duelen que no veas.

Con un poco de suerte, y si el churumbel contribuye, en un día o dos consigues librarte de ese par de zepelines que ahora tienes por pechos, pero si no es así o si  la cosa es muy bestia (yo a penas podía levantar los brazos de la inflamación!), lo mejor es tomarse un ibuprofeno y sacarse un poco de leche con un sacaleches. Así además, al reblandecer el tema un poco, le facilitamos la tarea al bebé, que es el mejor sacaleches del mercado.

Superada esa primera fase, una profana podría pensar que ya está todo hecho. Pues ni hablar del peluquín. Hasta que se regula la producción, en plan Ley de la Oferta y la Demanda, cada vez que tu hijo (¡bendito sea!), decide dormir cinco o seis horas en vez de las habituales dos o tres vuelves a tener una versión (un poco menos aguda) de la famosa subida de la leche, que además, dependiendo de si la última vez mamó de un pecho o de los dos, te puede dejar el cuerpo asimétrico, o sea, una teta más grande que la otra.

Otra cosa que nadie te cuenta (o por lo menos a mi no me lo contaron) es que tus pechos desarrollan sus propias simpatías y amistades. Me explico: normalmente, cuando das de mamar al chiquillo, por ejemplo, con la teta izquierda, la derecha, toda solidaria, empieza a gotear leche, a veces, directamente a chorrear, con lo cual o llevas tooooodooo el rato un sujetador con un disco absorbente dentro o prepárate poner perdida tu ropa y la crío porque eso no hay quien lo pare. Pero es que tus tetas no son solidarias sólo una con la otra, que después de todo se podría pensar que están en familia y todo queda en casa. No. Nuestro cerebro o nuestras hormonas o un instinto atávico hace que de repente empieces a segregar jugos, por ejemplo, al oír el llanto de un bebé (que no tiene por qué ser necesariamente el tuyo¡¡¡¡Ojo!!!!) o al pensar en tu hijo de vuelta del trabajo. Y es que a mi me ha pasado, ir en el autobús, recordar la carita de mi Enana al dejarla en la guardería y acto seguido sentir un hormigueo en los pechos y ¡boom! melones al canto.

Finalmente, y ya para terminar, está el tema de las posturas para dar el pecho. En preparación a parto, las matronas te hablan de varias de ellas: que si tumbada en la cama de lado, que si en cima del pecho, que si sentada con el codo en ángulo y bla bla bla. Todo eso está muy bien si sólo dieras de mamar a tu enanito del bosque una vez al día. Podrías mantener la postura impertérrita, igual que un monje budista intentando alcanzar el Nirvana. Sin embargo, cuando te pasas con la teta fuera la mayor parte del día (y de la noche) llega un momento en que ya no sabes como ponerte tú, ni como colocar al bebé para que no te duela el cuerpo entero. Si además das el pecho durante bastante tiempo (yo con primera hija estuve más de una año) llega un momento en que a) el crío pesa lo suyo y se te duerme el brazo, la pierna y hasta el hombro,  y b) como ya camina y balbucea, se dedica al autoservicio, o sea, que te coge por banda, te levanta el jersey y dice alegremente “mamá, teta”… y ya puedes explicarle tú lo del “ombligo con ombligo” y otras zarandajas. Es verdad que lo único que impide la formación de las dolorosas grietas en el pezón es que el niño lo coja correctamente y para eso, sobre todo al principio, es esencial una buena postura. Pero una vez que los dos os sentís cómodos con el tema, creo que lo mejor es dejarlo fluir. Be water, my friend, que decía el del anuncio.

Me dejo en el tintero el espinoso tema del destete… pero eso, mejor, para otro día.

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3 responses to “Lactando, que es gerundio”

  1. nosoyunadramamama says :

    jajajajaja, me encanta la primera!!! Lo he mencionado alguna vez en el blog, la subida de la leche es horrible!!!!!!!! calor, incapacidad para moverse, un horror!!!! tengo un post en el que cuento lo feliz que vuelvo a casa después de dar a luz por poder dormir boca abajo (ya sin barriga) y cómo me encuentro que con la subida de la leche es imposible!!!!!
    Y efectivamente, yo empapaba los dichosos discos y me veía en la calle con la ropa mojada…en fin, que lo de la lactancia no es tan bonito… aún así, con el tercero lo volveré a hacer aunque sé que terminará siendo mixta como la d elos otros dos peques…

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  1. Dos años menos un día | Mamá en el Siglo XXI - 6 marzo, 2016

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