Gestión de crisis

El cerebro de una madre

El Secretario General de la ONU debería ser una madre. Ni generales ni jefes de Estado: nadie gestiona mejor una crisis que una mujer con uno o varios churumbeles a su cargo. Veamos un ejemplo.

2:42 a.m. El radar interno que toda hembra humana desarrolla tras pasar por la sala de partos me saca de un profundo sueño. Un breve vistazo a la cunita que hay junto a la cama me confirma que el bebé sigue en fase REM. O sea, que es la Mayor. Agudizo el oído. Sí. Un lloriqueo bajito y ruido en el cuarto de baño. Me levanto como impulsada por un resorte y descubro a la criatura sentada en el orinal medio dormida y sollozando. “Mami, me he hecho pipí aquí” , dice señalando el pantalón del pijama. No pasa nada. Tranquilizo a la niña, cambio las sábanas, la cambio a ella, la vuelvo a meter en la cama, besito y a dormir. Tiempo empleado: 11 minutos exactos. De vuelta a mi cuarto, Tulga da señales de vida, así que aprovecho para darle de mamar antes de meterla otra vez en su cuna y dormirme como una bendita mientras me programo para que mañana me de tiempo a poner dos lavadoras.

10:15 a.m. Con la Mayor vestida, desayunada y en la guardería y la Pequeña plácidamente dormida, pongo la primera de las lavadoras y cometo el imperdonable desliz de pensar: “uy, a lo mejor me da tiempo a ducharme”. Error. Me meto en agua, me enjabono el pelo y justo cuando estoy con la cabeza llena de espuma cual cucurucho de nata, me doy cuenta de que el desagüe no traga. Es más: el agua empieza a desbordar el plato de ducha y campar a sus anchas por el cuarto de baño, empapando la alfombrilla, mis zapatillas y las pelusas que no he no he podido barrer en toda la semana ¡Mierda! Me enjuago cagando leches y cuando creo que ya nada puede ir peor, dos sonidos simultáneos me demuestran que estoy equivocada: el primero es Tulga llorando a pleno pulmón y el segundo la dichosa alarma anti-inundaciones de baño que, por si no me he dado cuenta, me avisa de mi pequeño tsunami doméstico. Gracias por el detalle, corazón.

Salgo de la ducha. A ver, pienso, por partes. Me seco someramente con una toalla y así, en bolas, calmo a Tulga lo suficiente para que los vecinos no piensen que la estoy desollando viva. Luego bajo corriendo a la cocina en busca del cubo y la fregona para, con la rapidez que dan tres años de práctica de limpiar pis de perro y potas de niña, recoger todo el agua, tender la alfombrilla chorreante y limpiar pelos del desagüe,siempre acompañada por el incansable “pipiiiiiii” de la alarma, que se deleita en torturarme los oídos. Fase dos: parar la alarma. La desmonto. La miro. La remiro. Ni puta idea de cómo funciona. Pruebo a tirar de un par de clavijas hasta que una se suelta y el pitido para ¡Aleluya!

“Bueno” me digo a mi misma “Esto ya está. Voy a secarme un poco (porque os recuerdo que estaba en pelota picada), a echarme cremita y a vestirme”. Error 2. Justo cuando estoy desenredandome el pelo suceden otras dos cosas simultáneas: Tulga vuelve a llorar y “plín” saltan los plomos. Vale. Tranquilidad. Lo primero el bebé. Otro ratito de teta y arrumacos hasta que se calma. Esta vez me pongo unas bragas y el sujetador antes de bajar a inspeccionar la caja de fusibles. La abro. Parece fácil. Levanto el pitorro que hay bajado y vuelve la luz. Me siento como McGyver, pero claro, en la vida real las cosas no son tan sencillas. Recuerdo que había puesto la lavadora y, al irse la luz, se ha quedado a medio centrifugar. La programo otra vez y listos, pienso, pero mientras estoy en ello vuelven a saltar los plomos. No me lo puedo creer. La misma clavija. La subo de nuevo, pero vuelve a bajarse a los dos minutos, lo que me lleva a suponer una relación directa entre la inundación, la alarma y jodíos plomos. Después de tirarme un buen rato secando, primero con un trapo y luego con el secador, todo el aparato por si la humedad tiene algo que ver en el tema y tras sofocar otros dos conatos de lloro del bebé, aún en bragas, tiro la toalla y le mando un mensaje a mi costillo pidiendo ayuda. S.O.S. Help me!!!! Sin embargo, el costillo está currando a todo currar y no me contesta.

¿Qué hacer? Busco en la caja de herramientas un destornillador adecuado para desmontar la parte de la alarma que aún sigue de una pieza. Lo localizo al tercer intento y tirada en paños menores en el suelo húmedo de baño doy por fin (por pura chiripa, todo hay que decirlo) con la puñetera fuente del problema. Había apagado el pitido, pero NO desconectado la alarma, que según me enteré después  hace saltar los plomos automáticamente en caso de inundación para evitar cortocircuitos. Desconecto la alarma, doy la luz y ¡tachán! todo solucionado. Disfruto del silencio cinco segundos exactos y luego, Tulga rompe a llorar. Pero eso es fácil: solo es una cosa de la que ocuparme  y además, ya llevo bragas…

14:22 p.m. El compañero de fatigas me llama desde el curro porque acaba de ver mi mensaje. Tranqui, amor, le digo. Ya está arreglado y además la ropa está tendida, la segunda lavadora puesta, el chucho paseado y la comida caliente… Eso, sí, aún no me he peinado, pero ¿alguien se ha fijado alguna vez en el pelo de general Patton? Pues eso.

 

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