Cosas que no les pasan a los bebés de los anuncios

Antes de ser madre, mi experiencia con bebés era limitada. Los últimos en entrar en casa fueron los hijos de mis primos y yo entonces era aún una niña, así que mis recuerdos estaban matizados tanto por los años transcurridos como por mi propia ingenuidad infantil. Imagino que a muchos les ocurrirá lo mismo, y que los bebés más próximos de su entorno son los de los anuncios de pañales, tan limpitos, tan rubios, tan para comérselos, que a uno le entran ganas de aumentar la tasa de natalidad.

Es cierto que, aunque sea por puro sentido común, uno tiene conciencia de que un bebé llora y de que a los futuros padres (más exactamente, a las futuras madres) les va a tocar pasar más de una noche de insomnio y desvelo, pero nadie, repito nadie, tiene la amabilidad de contarte todo lo demás. O sea:

– La increíble caca multidispersión, o como un bebé es capaz de hacer sus cositas y mancharse hasta la nuca. En serio. Que yo me pregunto cómo de un cuerpo tan pequeño puede salir tal cantidad de mierda. Da igual la marca de pañales que uses (super Dodots o marca blanca del Mercadona, que por cierto, no están nada mal): aquello sale desbordado por todas partes. Así que, tras coger el body y el pijama con unas pinzas mientras decides si lavarlos o directamente prenderles fuego, optas por bañar al angelito cagón en vez de gastar medio paquete de toallitas para limpiar el estropicio. Y esto, como mínimo, una o dos veces al día.

– La regurgitación, o como una madre acaba oliendo sí o sí a requesón todo el día. Porque no estoy hablando de un poquito de leche suelta, que hasta puede parecer bonito y todo: esa imagen de la señora con el bebé incorporado sobre su hombro, previamente cubierto con un paño o gasita, donde la criatura eructa con suavidad. NOOOOOOO. La pura realidad es que, tras la toma, muchas veces no consiguen echar los gases (y los restos de leche), por mucho que una lo intente y al final los sueltan cuando les peta: en tu pelo tras salir de la ducha, en el abrigo antes de salir de casa, sobre la manga de tu jersey recién estrenado…. y si tienen mucha puntería, hasta en tu canalillo. Que al terminar el día me huelo a mi misma y me entran ganas de comprobar la fecha de caducidad de mis tetas, de la peste a leche agría que llevo.

– La crisis del moco o, como diría un pediatra, “lávale las fosas nasales con suero, que es lo mejor”. Que sí, que se quedan agustito y descongestionados, pero es una santa guarrada y una tortura para ellos cuando son muy pequeños (y también cuando son grandes, qué cojones). O si no, poneros en situación: tu eres un bebé y estás ahí, tan tranquilo, bañado y recién cambiado, y de pronto llega tu madre, esa señora que es el foco de tu corta existencia, te enchufa un chisme de plástico por un agujero de la nariz y, sin mediar palabra, te suelta un chorro de agua helada que te llega hasta la garganta ¿Qué haces? Pues llorar a pleno pulmón, mientras te atragantas un poco y el suero te sale a chorro por la nariz acompañado de una buena cantidad de mocos. Porque no nos olvidemos: los mocos están ahí, cayendo por la cara de tu precioso bebé, que se retuerce de indignación y no deja que se los limpies.

Y ahora, imaginad cualquiera de las tres situaciones pero a las dos de la mañana ¿a qué mola, eh?

Otra cosa para la que nadie te prepara es para que tu hijo se convierta en todo un señor notario. La metamorfosis suele producirse uno o dos meses después de nacer, cuando la pelusilla con la muchos niños nacen empieza a caerse (o mejor dicho, a quedarse pegada en el cabecero de la cuna y del cochecito donde rozan la cabeza) y acaban calvos por un lado y melenudos por otro. Como Iñaki Anasagasti, sólo que con más babas. Vale, es cierto, hay criaturas que nacen con un pelazo y que no experimentan este fenómeno, pero a la mayoría les pasa como a mis hijas, que es que da penica verlas. Sobre todo, si el tema “pelos” va acompañado del tema “granos”, es decir, esa especie de acné infantil que algunas madres llaman “engordaderas” y que convierten la cara, cabeza y cuello de los bebés en una paella valenciana. Los granos se van solos, es cierto. Pero son superantiestéticos, hasta el punto de que yo tuve que pasar a blanco y negro alguna de la fotos de la Enana para que por lo menos se disimularan las rojeces.

A pesar de todo, es en estos primeros meses cuando sonríen por primera vez y cuando dicen su primer “aguuuuú” o “ajooo” y nos dejan embobados hasta con su chapoteo en la bañera. Y entonces da igual que tu niña parezca un señor mayor o que hayas tenido que poner seis lavadoras. Al final ¡están para comérselos!

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4 responses to “Cosas que no les pasan a los bebés de los anuncios”

  1. nosoyunadramamama says :

    Pues sí, nadie dijo que fuera fácil tener churumbeles, ni limpio…pero todo se magnifica cuando es tu hijo, del ajeno no enteras ni de la mitad!! Tema pelo???? tremendo, de ahí que muchas decidan rapárselo para que no parezcan frailes franciscanos!!

  2. Mamadichosa says :

    Ay oma! Que descojone leyendote…es que está mañana he vivido un episodio de caca multidispersión y es tal cual lo cuentas! Tenia caca hasta en el pelo…no sé como puñetas lo ha hecho. Claro como lo hace una vez al día luego es una explosión!lo de cortarle el pelo lo dice mi marido pero yo no me atrevo. Es muy pequeña!
    Ojala hablaran más de la realidad de tener un crio. Quizás si te lo cuentan se te quitan las ganas de tenerlos. Un beso!!!

    • Norgwinid says :

      Jajaja. Es que en lo anuncios te lo pintan todo muy bonito, pero la cruda realidad es otra… Lo de rapar la cabeza al chiquillo lo hace mucha gente, yo la verdad es que tampoco me atreví y ahí sigue la Pequeña: pelona perdida!

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