Adiós bebé!

Hace un par de semanas mi empresa por fin se manifestó sobre mi baja laboral y decidió concederme los días de vacaciones de los que no disfruté este verano, cuando mi médico y mi matrona decidieron enviarme a casa “a descansar” en la recta final del embarazo. El caso es que ya tengo fecha para reincorporarme al trabajo: el 10 de febrero.

Aún falta un montón. Lo sé. Pero ya siento escalofríos. No puedo evitarlo.

Cuando nació la Enana estuve de baja exactamente 16 semanas, porque en ese momento no me dejaron acumular la lactancia y no había vacaciones de ningún tipo que reclamar. Había tenido un postparto tan malo y la situación en casa era tan estresante con mi pareja, que no me importó lo más mínimo dejar al bebé unas horas en la guardería para disfrutar de un poco de libertad. O eso pensé yo el primer día. Al final de la semana había cambiado de opinión.

A ver, la criatura estaba estupendamente cuidada (el personal de mi guarde es maravilloso!), y sí, al principio sentí gratitud de poder ir al baño sin que me interrumpieran unos lloros o de tener una conversación telefónica de más de tres segundos, pero al terminar la jornada sólo quería “rescatar” a mi hija y volver a casa. Al día siguiente me costó un poco más dejarla en la guarde, y al siguiente, y al siguiente… ¿Estaba loca por sentirme de esa manera? Lo he pensado mucho y ahora sé que no. Que es normal. Había vivido pegada a ella 16 semanas, algo más de tres meses y medio, de día y de noche, y de pronto me faltaba algo: mi Enana, mi bebé. Con el tiempo y la (santa) rutina me fui adaptando al tema y dejé de mirar el reloj cada diez minutos para ver cuánto faltaba para salir del curro y de vigilar subrepticiamente a mi niña por internet (esto de que las guarderías ahora tengan cámaras está muy requetebien!). Al final, a medida que crecíamos (yo como madre y ella como hija, en vertical y en horizontal en su caso) fue todo más fácil y dejé de sentir que la abandonaba al llevarla a la guardería. También empecé perdonarme a mi misma los pequeños disfrutes cotidianos, como el tomar café con los compañeros de trabajo o aprovechar para hacer la compra antes de ir a buscarla.

Tengo que decir que la Enana me lo puso muy fácil. Es una niña muy sociable y abierta y siempre se lo ha pasado bomba en la guarde, por lo que nunca puso ningún impedimento para quedarse ni montó en cólera o lloró al dejarla. De hacerlo, habría roto mi corazoncito de cristal…

Con Tulga (algún día explicaré el porqué de este mote!) la cosa va a ser diferente. Vamos a estar juntas cinco meses completos y es un bebé mucho más fácil de llevar de lo que fue su hermana, por lo que no me siento tan agobiada ni tan cansada. A ello ha contribuido también que yo estoy mucho mejor física y mentalmente que en mi anterior postparto, recuperada del todo y sin ninguna molestia y que además ahora cuento con el apoyo y la comprensión de mi costillo, que (cuando se acuerda!) me trata como a una reina. Todo esto se traduce en que estoy más a gusto que un arbusto en mi casa y que me apetece 0 reincorporarme al trabajo y volver a la rutina. Por no mencionar el hecho de que me va a costar horrores decirle “adiós” a mi bebé. No quiero hacerlo. Es mi bebé, con casi total seguridad, el último que tenga en mi vida y no quiero perderme ni un balbuceo ni una sonrisa. No quiero tener que empezar a sacarme leche a diario para poder dársela en la guarde o recurrir a la leche de fórmula, que sé que es tan válida como la mía, pero a mi Enana la estreñía cosa mala y además cuesta una pasta que preferiría emplear en otra cosa.

Por todo esto el 10 de febrero se me antoja muy cercano y cinco meses poco tiempo para cuidar de la pequeña Tulga como ella merece.

Además, si ahora a penas doy a basto para ocuparme de las niñas, de la casa y de mi misma con cierta dignidad, no quiero ni pensar lo que será cuando me pase medio día en el curro y mi jefe me llame a horas intempestivas para solucionar ese problema de último minuto que no tiene espera para el día siguiente. Voy a estar desbordada. Lo veo venir. Y a pasar unas semanas horribles, sobre todo, cuando los viruses empiecen a hacer su aparición y caigamos todos como moscas. Sólo espero que la rutina vuelva otra vez en mi auxilio y me permita sobrevivir al “adiós” de mi bebé.

 

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