Vacaciones de las vacaciones

Necesito unos días para descansar de las vacaciones. Es triste, pero cierto. No doy más de mi. Y eso que la cosa no ha ido tan mal como esperaba. Para poneros en antecedentes, mi costillo y yo somos de puntos opuestos de la Península. Nuestras familias sólo podrían vivir más alejadas si alguno de nosotros fuese de otro planeta. Como si esto no bastase decidimos construir nuestro “nidito de amor” más o menos en el medio (un poco esquinados a la izquierda) lo que nos obliga a hacer, literalmente, miles de kilómetros en estas fechas. Además, y para rizar el rizo, nuestro hogar lleva perro incorporado, por lo que ciertos medios de transporte quedan descartados (en el tren no nos lo admiten por grande y en avión tendríamos que drogarlo y facturarlo y la verdad es que la queremos demasiado para hacerle semejante perrería… valga la redundancia). El caso es que al final nos metemos todos en el coche (con el chucho ocupando más de medio maletero) y tiramos carretera adelante, cargados de maletas y regalos, dispuestos a disfrutar de las navidades.

Y, sí, es verdad, pasar unos días en casa de mamá o de la suegra, tiene sus ventajas, no voy a negarlo, como disponer de niñeros las 24 horas del día y así poder hacer “locuras” como ir al dentista o no tener que cocinar (y pensar menús) en un par de semanas, pero también tiene inconvenientes.

Para empezar, una tiene que lidiar con el estrés derivado del cambio de rutinas que afecta a los niños pero también a los mayores: la Enana está super excitada, se acuesta más tarde pero sigue levantándose a la misma hora y, a pesar de los niñeros, la que apechuga con ella a horas intempestivas es la menda lerenda. Lo mismo puedo decir de la pequeña Tulga. Que la criatura no se ha echado una siesta en condiciones desde el 20 de diciembre. Así las tengo: quejosas y cansadas, pero dispuestas a no pegar el ojo por miedo a perderse algo de las mil cosas chachis pirulis que suceden a diario.

También está el factor “deseducoalaniñaqueyalameterástúencinturaluego, sieso”, que se da en diferente grado y con mayor o menor cabreo por mi parte en ambas casas de acogida. La pelea por el consumo excesivo de dulces y chocolates, el picoteo entre horas, las mil y una subidas a los carruseles y tiovivos festivos, la compra de globos de todos los colores y la sobre generosidad de Papá Noel y los Reyes Magos ha estado a la orden del día. También las pequeñas puñetitas cotidianas como arrebatarme a Tulga de los brazos cuando la chiquilla está tranquila, sacarla de sus casillas y devolvermela cuando está berreando a pleno pulmón para que la calme. O preguntarme directamente cuándo le voy a dar biberón o si no he probado a darle chupete para que no se chupe el dedo. O fumar cual chimenea y echar alegremente el humo en la cara de mi bebé. O tratar con brusquedad a la Enana porque irrumpe en el baño para hacer pis mientras alguien se lava los dientes. Que bastante tiene la pobre con saber dónde cojones está el orinal en cada casa que visita como para preocuparse por intimidades de ese tipo.

Y, bueno. La lista podría ser más larga, pero estoy demasiado cansada para hacerme mala sangre y, en el fondo, prefiero quedarme con lo bueno: con la felicidad de mi hija mayor en su primer día de Reyes “consciente”, con los ratos tan “estupendos”, como dice ella, que ha pasado con sus abuelos y con su tía o con el placer de compartir mesa con personas que quieres un año más. Eso sí: me pesan los kilómetros, el sueño acumulado, el hacer y deshacer maletas y las futuras lavadoras y planchas que me esperan agazapadas en casa. En realidad, necesito unas vacaciones de la vacaciones, tumbarme un par de noches en el sofá y, a lo mejor, un masaje de pies. Por lo menos aún me falta un mes para volver al trabajo… porque si mañana me tocara ir a currar probablemente le habría pedido otra cosa a los Reyes!

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