De pediatras, vacunas y otras zarandajas

El domingo Tulga cumplió cuatro meses, por lo que hemos empezado la semana con visita al pediatra (chica jovencísima en nuestro caso, de esas que – con certeza- no son madres y usan expresiones del tipo: “A veeeeeeeer, ¿qué nos pasa hoooooooy?”, canturreadas en una octava tan alta que ya la quisiera para sí Mary Poppins). Yo iba un poco acojonada porque el último mes la pequeña estuvo algo pochuca y no había cogido nada de peso y ya veía sobrevolar sobre nosotras la alargada sombra del biberón. Pero no. Ha engordado bastante durante las vacaciones. Sigue sin ser un bebé rechoncho, pero está dentro de la absoluta normalidad (percentil 10, me ha dicho la doctora, aunque podría haberle hecho una declaración de amor a la farola porque me hago un lío morrocutudo con esas dichosas gráficas y no me entero de nada). En cualquier caso, puedo seguir con la lactancia materna a demanda cosa, que después de todo lo que pasé con la Enana, me hace mucha ilusión. A ver, que si hubiese tenido que darle a la chiquilla un bibe de refuerzo no se habría acabado el mundo, pero tenía una espinita clavada desde lo de su hermana mayor y me he sentido estupenda al saber que la cosa va bien. Después de esto la revisión siguió su curso: que si talla, perímetro cefálico, auscultación por aquí y por allá y preguntas sobre la cantidad, color y consistencia de las deposiciones del miniser, que por cierto, se puso a berrear como loca en cuanto vio la cinta métrica y ya no se calló hasta que salimos del centro de salud. Etc.

Luego llegó el turno de las vacunas y de la enfermera y ahí empezó la parte en la que casi me parto de risa. Tengo que decir que si yo le saco 10 años a mi pediatra, su enferma me saca a mi 30 y que es una de esas señoras habladoras, de la vieja escuela, que no duda en dar su opinión aunque no la quieras. Según rellenaba la cartilla de la peque con las pegatinas de las tres banderillas que iba a plantarle en el muslo me iba anunciando los futuros pasos a seguir con la criatura: “Mira, antes empezábamos a darle a los niños cereales a los cuatro meses y purés a los cinco, pero ahora la Pediatra y otros compañeros (esto lo dijo como si los susodichos compañeros pertenecieran a un club satánico, con el que ella -por supuesto- no tuviera nada que ver) piensan que es mejor empezar con la fruta a los seis meses (resoplido) y seguir sólo con lactancia hasta entonces” y me miró por encima de la montura de sus gafas como si añadiera “Tú verás…”. Yo, claro, me limité a asentir con la cabeza ¿Qué se dice en estos casos?

Acto seguido, nos preparamos para lo más duro de la visita: los pinchazos. La superexperimentada enfermera sin prestarle la más mínima atención a Tulga  me dice: “Dale el chupete, para entretenerla”. “No usa chupete” le contesto yo toda inocente “Como ves, se chupa el dedo. El chupete se lo ofrecí, pero le daban arcadas, así que lo dejamos”. La mujer abre la boca atónita y me suelta con sus cojonazos: “¡Pues menudo problema!” Y yo que pienso: problema, ¿para quién, bonita? ¿Para ti que consideras el chupete más ergonómico,  para mi que tendré que quitarle el vicio en el futuro (si es que es necesario y no lo deja ella sola) o para Tulga que es la mar de feliz chupándose el pulgar con verdadera fruición? Pero vamos a ver. Que tiene cuatro meses. Que no pasa nada porque se chupe el dedo. Que los chupetes son un invento reciente e igual de jorobao de erradicar que el ansia dactilar. Pero si no tiene ni dientes, ¡hombre ya! Como estoy bien educada, me guardé  mis opiniones para mi misma y la ayudé a sujetar las manitas de mi niña mientras ella la vacunaba. Confieso que estuvieron a punto de saltárseme las lágrimas cuando el llanto de Tulga pasó de ser un rebulleo de intranquilidad a un grito de puro dolor, pero me aguanté por si llorar un poquillo me acarreaba alguna observación impertinente de la enfermera. (Inciso: esta señora fue la misma que el mes pasado me preguntó si aún sentía leche en los pechos, cuando la peque no cogió peso por culpa de una bronquiolitis. Era más fácil acusarme a mi de no tener leche que pensar que  la cría no engordaba porque vomitaba con la tos y se saltaba las tomas por tener la tripa llena de mocos. Y lo peor es que yo me pasé dos días comprobando la subida de la leche en cada toma. Mierda pa ella).

Y es que, por mi experiencia, esto de los pediatras en general es bastante complejo. Si una lleva al churumbel al médico al primer estornudo la llaman histérica y si espera un par de días a ver cómo evoluciona la cosa la acusan de malamadre y de falta de interés por el bienestar del retoño. Que digo yo que habrá un término medio…

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