La difícil tarea de decir “adiós”

El otro día, en el centro de salud, coincidí en la sala de espera con una mamá joven  con un bebé de 10 meses muy acatarrado. Nos saludamos educadamente, elogiamos a nuestros respectivos retoños y, tras acomodar a Tulga lo mejor que pude en su carrito, me dispuse a esperar mi turno. La chica me lanzaba miradas de reojo (éramos las únicas que había ese día para ver a la pediatra) y tras un tímido intento de conversación (Pues parece que hace frío. Uy, sí, un montón. Y la peque ¿qué tiempo tiene? ¿Cuatro meses? ¡Qué espabilada que está para su edad!), empezó a contarme la historia de su vida. Esto es algo que me ocurre con frecuencia, tengo que decirlo. Debe ser que desprendo confianza o algún tipo de feromona descatalogada, porque la gente tiene tendencia a contarme sus problemas, sus dudas y desazones sin que yo se lo pida. El caso es que me dijo que se casó hace un par de años, con su novio de toda la vida (que debió de echarse en el instituto porque no aparentaba más de 22 ó 23 años) y que antes de que naciera su hija había sufrido un aborto cuando estaba de 14 semanas. “Su corazón dejó de latir, así, sin más”, me confesó. “Ya habíamos hecho la primera ecografía y habíamos dado la noticia a todo el mundo. Y entonces se paró. La recuperación fue muy dura, pero esperamos unos meses y volvimos a intentarlo y… aquí está: mi pequeño tesoro. Pero que miedo pasé al principio…”

Yo la escuchaba muy calladita, con un ojo en Tulga y el estómago encogido. Te entiendo, le dije. No importa que no haya nacido. Era tu bebé y es muy difícil decirle adiós. A mi también me pasó y tuve suerte, porque fue mucho antes, de 8+5. Aún me estaba haciendo a la idea… y casi antes de empezar, se acabó. En ese momento asomó la pediatra y la chica entró con el bebé del catarro. Ya no volví a verla porque a mi me esperaba la enfermera y cuando salí, se había ido.

Cómo marcan estas cosas para que, muchos meses después, sientas el impulso de contárselo a una perfecta desconocida.

El bebé que perdí era muy deseado. Había tardado varios meses en llegar porque, después de la prolongada lactancia de la Enana, yo estuve sin la regla mucho tiempo. Cuando al fin me bajó (dos años exactos desde la última), era muy irregular con ciclos que iban entre los 26 y los 38 días ¡cómo para echar cuentas de nada! Por fin, en el mes de septiembre el predictor dio positivo… y qué feliz me hizo. Pedí cita a la matrona e inicié todo el proceso como unas castañuelas, aunque en el fondo sabía que algo iba mal. Instinto. Intuición. No me sentía como debía y no me sorprendió empezar a sangrar. Era el 13 de noviembre. Lo recuerdo muy bien. Dejamos a la Enana con mis padres que estaban de visita y salimos escopetados para urgencias donde llegamos a eso de las 11 de la noche. Le dije lo que me pasaba a la señora de recepción, pensando que nos enviarían directamente a urgencias ginecológicas. Pero no. Nos hicieron pasar a la sala de espera, llena hasta arriba a pesar de la hora, y aguardar durante casi tres horas nuestro turno, como está mandado.

Yo lloraba sin parar.

Cuando por fin me llamaron me atendió un residente jovencito al que le volví a explicar lo que me pasaba: “Mire, estoy embarazada de casi nueve semanas, llevo sangrando desde hace – en este momento- cuatro horas, no hace falta un título pa esto”. El chaval se lo tomó con calma, me tomó la tensión, la temperatura, me palpó la tripa, fue a consultar algo a no se quién tras una puerta y me envió otra vez a la sala de espera. Con un par.

Por lo menos en esta ocasión esperamos sólo unos minutos. Nos volvieron a llamar y el mismo residente me dijo (palabras textuales, lo prometo): “Lo tuyo es una urgencia ginecológica, te vamos a enviar a la tercera planta para que te vea la ginecóloga de urgencias” ¿En serio? ¿De verdad? No me lo puedo creer… Subimos al tercer piso, otra salita de espera, esta vez vacía, y en seguida una chica me vino a buscar para pasar a consulta. Le volví a contar lo que me pasaba y me hizo una ecografía. En cuanto miró la pantalla, asintió con la cabeza y pronunció un escueto “sí”. Luego giró el monitor para que pudiéramos verlo nosotros.

“Tienes una gestación anembrionaria y ha comenzado el proceso del aborto. Mira, ¿ves? Está el saco gestacional bien formadito, la placenta… pero no hay embrión. Ya puedes vestirte”. Empecé a llorar otra vez mientras me ponía las bragas y escuchaba que podía optar por un legrado, no sé qué pastilla o el manejo expectante, es decir, dejar que la naturaleza siguiera su curso y volver a revisión en tres o cuatro días.  Opté por lo último, claro. No veía la hora de largarme de allí. Recuerdo que en el camino de vuelta llamé a mi madre, hablé con mi costillo y, en algún momento, recogí a mi hija, pero lo único real para mi en ese rato fue un sordo y rojo dolor de corazón.

Para la que no lo sepa, un embarazo anembrionario es algo muy habitual. El óvulo se fecunda y se implanta normalmente en el útero, pero por algún motivo su desarrollo se detiene en una etapa muy temprana, a las cuatro o cinco semanas de gestación, cuando el embrión aún es demasiado pequeño para poder ser captado por un ecógrafo. Cuando a penas tiene el tamaño de un grano de arroz. Tu cuerpo tarda todavía algún tiempo en darse por enterado y sigue a lo suyo, produciendo hormonas a diestro y siniestro y acondicionando el útero para un inquilino que ya no está, hasta que de repente, una célula más espabilada que las demás se da cuenta de que Elvis ha abandonado el edificio y grita: ¡Paren las rotativas! Y allí que va. Un mini parto, con mini contracciones para desalojar los restos de la fiesta. Y a otra cosa, mariposa.

El compañero, mi madre, algunas amigas… intentaron animarme diciendo que allí no había nada, que no había bebé al que llorar, que aquello había sido poco menos que un embarazo psicológico. Pero era mi granito de arroz.

Mi duelo duró una semana, que pasé entera llorando en el sofá, en la ducha, de noche bajo las sábanas… Lloré al niño que habría sido, sus manitas, sus ojos marrones, las rodillas despellejadas, sus dientes de leche… Lloré al hermanito de mi Enana que decidió no conocernos, que se marchó casi sin haber llegado y me dejó sólo una pena oscura, como una sombra en el alma, que lavé con el sabor salado de las lágrimas. Y durante esos días me seguían diciendo que no pasaba nada, que no había existido, que no había bebé, que debía alegrarme por eso. Y al final, para dejar de oírlos, dije que sí, que vale. Que tenían razón. Que me había invitado la preñez de las puras ganas que tenía y pedí el alta a mi médico para volver al trabajo y recuperar la rutina.

A la revisión días después fui sola. Al compañero le dije que iba con mi madre y a mi madre que iba con el compañero, pero no tenía ganas de aguantar miradas ni de escuchar consuelos. Estaba de luto y punto y me apetecía un poco de respeto. Me atendió la misma ginecóloga de hacía tres noches y cuando fue a hacerme una eco para comprobar si todo iba bien, descubrió, ya con el condón en la mano, que se habían llevado el ecógrafo a otra parte. Sin pudor y sin vergüenza, me hizo bajar por las escaleras hasta monitores donde había cincuenta mujeres con sus barrigas hasta la barbilla esperando la vez, mientras a mi se volvían a caer los lagrimones en silencio, pensando en aquellos bebés y en mi malogrado granito de arroz. Que digo yo que debes estar muy acostumbrado a ver llorar a mujeres hechas y derechas para conseguir que ni si quiera te cambie el tono de voz.

Todo estaba estupendo, me dijo, el aborto había sido limpio y completo. Debía esperar un ciclo menstrual entero y luego podía volver a intentar quedarme embarazada. Le di las gracias y me fui y esperé que ella nunca tuviera que pasar por lo mismo o que por lo menos encontrara más empatía que yo en la colega que le llevara el asunto.

A veces, como el otro día en la consulta del pediatra, recuerdo a ese bebé al que todo el mundo restó importancia por ser demasiado pequeño para salir en la foto y se me hace un nudo en la garganta. Y es que, un año después, todavía me cuesta decirle “adiós”, despedirme y asumir que nunca le veré la cara. Es cierto que, por suerte, volví a concebir en seguida (tras la primera regla después del aborto) y que Tulga vino al mundo perfecta y bonita. Y todos los días la miro. Y pienso. Y sonrío.

Adiós, granito.

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9 responses to “La difícil tarea de decir “adiós””

  1. Diario de una Mami says :

    Se me caen los lagrimones leyéndote. No te conozco personalmente, pero te mando un abrazo fuerte. Y un besito para Tulga. 🙂

  2. nosoyunadramamama says :

    qué duro!!!!conozco demasiados caso a mi alrededor, por desgracia es tan frceunete!!! Yo tuve un susto a las 8 semanas en el tercer embarazo, sangré y di por hecho que lo había perdido. Tardé unas horas en ir a urgenias por cuestiones laborales y allí me dijeron q todo estaba bien… Era la primera vez que sangraba en un embarazo y vaya susto… Estuve varias horas con una pena tremenda porque pensaba q lo había perdido…
    En fin, es un trago muy duro el q pasaste!

    • norgwinid says :

      Pues sí, menudo susto. Tengo entendido que sangrar un poco en el primer trimestre es normal, pero aún así el miedo no te lo quita nadie. Por suerte, ahí tienes a Gabriel para alegrarte el día! Besos

  3. lilmgc says :

    Me ha conmovido mucho tu historia y he de decir que me parece tremendamente injusto decir que no había bebé o que no había existido, ¿pero qué tipo de consuelo es ese? tu positivo no había sido inventado, tu cuerpo mismo te lo estaba diciendo. Tienes derecho a estar triste y sentir su pérdida, tu hijo ha estado contigo durante semanas. Por otra parte, me alegro de que hayas podido ser madre después de esa experiencia, no se olvida pero ayuda a seguir adelante. Un beso.

    • norgwinid says :

      Muchas gracias! Sí la verdad es que tuve suerte y ahora tengo a mi niñita conmigo haciéndome muy feliz, pero me cuesta decir adiós al que se quedó por el camino. Para mi era muy real y no encontrar apoyo me resultó muy duro. Sé que la gente (incluso la muy cercana) lo hace con buena intención y para levantarte el ánimo, pero me hubiese bastado con un abrazo y un “lo siento mucho”.

  4. Isa says :

    Como te entiendo , yo pasé por un anembrionario , y es tal esa pena, que no se puede llegar a describir, después tuve espontáneo, pero hoy en día tengo a mis mellis, después de un embarazo también movidito… Me he sentido muy identificada contigo. Un beso

    • Norgwinid says :

      Para mi lo peor de la pena fue la incomprensión y la falta de apoyo. No había bebé. No se ha perdido nada. No tienes derecho a estar triste… Eso me lo dijo mi suegra, mi marido, alguna amiga… Mi padre se pasó tres días repitiendo: Pero si aún puedes tener otro. Y yo no quería otro. Yo quería ese bebé, que era real, que existía, aunque fuera por poco tiempo. En fin. Gracias por pasarte por aquí!

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