Papá Noel, Mickey Mouse y el Hombre del Saco

Hoy quiero hablar del extraño fenómeno, digno de Íker Jiménez, que se produce cuando un señor disfrazado se aproxima a un miniser cualquiera. Ya puede ir vestido de payaso, Olentzero o Naranjito el resultado es el mismo: un pavor desmedido. Y yo me pregunto ¿a santo de qué? Vale que alguno de los Reyes Magos avistados estas navidades dejaba mucho que desear, pero de ahí a que un niño prefiriera comer un plato de brócoli al vapor a sentarse en las rodillas de un repartidor de regalos media un abismo.

Mi experiencia personal en este campo empezó hace bien poco, la pasada Navidad.Como todos los años mi Enana tenía fiesta en la guardería, a la que los padres estábamos invitados. Nunca había podido asistir porque es en horario laboral, pero este mes de diciembre aún disfrutaba de mi baja por maternidad y me apetecía hacer acto de presencia. Es más, el día de antes, toda emocionada, le había preguntado a la criatura: “Cariño, ¿te gustaría que mamá fuese contigo mañana a la guarde?”. Y ella toda digna me había espetado: “Noooo. Tú vete a trabajar, que tienes que ganar dinero para comprarme cosas bonitas”. Si es que tengo una hija que vale un Potosí… En fin. El caso es que llegado el día allí que fui yo, con la peque colgada en su mochila y la Mayor embutida cual chorizo en un traje de pastorcita comprado a toda prisa en Carrefour.

El programa consistía en beso de los niños a un papi disfrazado de Papá Noel, con entrega de bolsa de gusanitos y villancico perpetrado, quiero decir, cantado por los infantes armados de panderetas para deleite de sus progenitores… todo ello bien apretujaditos en el hall de entrada, pasando suficiente calor como para incubar huevos en los bolsillos del abrigo. Nada más empezar percibí que la mayoría de los críos miraba de reojo al Santa Claus de pega, sin fiarse demasiado, pero entusiasmada como estaba por ver actuar a mi hija no le di importancia. La profe pidió entonces un voluntario para sentarse en las rodillas de Papá Noel y, como no, para mi vergüenza a mi Enana le faltó tiempo para levantarse del suelo y de un brinco encaramarse en todo lo alto. Foto va. Gusanitos vienen. Un besito y el siguiente que son 20 niños… Pero, hete aquí que tras la intervención estelar de mi churumbel ningún compañero se atrevió a seguir sus pasos. Los padres carraspearon inquietos. La profe, consciente de que no se podía alargar mucho aquello, cogió a un niño al azar y le dijo: “Ale, Fulanito, a besar a Papá Noel”.  Y entonces vino lo bueno, porque Fulanito se negó a salir a escena y demostró su disconformidad llorando a pleno pulmón, al grito de “Noooooo, no quiero, no quierooooooo….”. Para mi estupor, tuvieron que obligar (literalmente) al resto de los niños a acercarse al padre disfrazado. Ninguno quería hacerlo, ni siquiera a pesar del soborno de los gusanitos. Y es que la prioridad de los padres era hacer la foto sí o sí y parecía no  importarles que sus hijos pasaran un mal rato dando un beso a un señor a quien no querían besar y por el que, indudablemente, sentían autentico terror. Cuando terminó por fin la ronda y la profesora hubo limpiado unos cuantos mocos, cantaron el villancico que habían estado preparando y luego se fueron a su aula a seguir la mañana. Yo me marché porque la peque quería teta, aunque muchos padres se quedaron un rato más hablando entre ellos y comentando la jugada.

En casa, pensé que nunca se me ocurría forzar a mi hija a hacer algo que no quiere por el simple hecho de tener una foto que colgar en facebook… y, para que negarlo, me sentí orgullosa de que mi Enana fuera la única valiente y echá pá’ lante de toda la guardería, capaz de cualquier cosa con tal de llevarse las chucherías a casa. Sin embargo, un par de meses después mi heroína encontró la horma de su zapato.

A principios de febrero el alcalde del pueblo en el que vivo decidió que había que recuperar la festividad de San Blás. Yupi. Festivo local, guardería cerrada, chocolatada popular y esas cosas. Al menos tuvo la brillante idea de dedicar un día a los niños y montar un tinglao a cubierto (que con la rasca que cae por estos lares, se agradece en extremo) lleno a rebosar de castillos hinchables, juegos de ordenador, monitores haciendo globos con forma de espada y sombrero y mucho jaleo. Así que allí pasé mi último día de baja maternal, con la Mayor saltando sin parar de castillo en castillo durante cuatro horas y la Pequeña babeandome el mei tai y haciendo toda la vida social que puede permitirse un bebé de cinco meses. El caso es que a eso de las seis de la tarde alguien anunció la inminente llegada de Mickey Mouse al evento, provocando gran revuelo entre la chiquillería local, empezando por mi Enana, a la que tuve que cazar al vuelo para que no saliera a la calle descalza y sin abrigo a recibir al dichoso ratón de Disney. Sin embargo, para mi sorpresa, cuando el chaval disfrazado de Mickey por fin entró en el pabellón, mi hija corrió a esconderse detrás de mis piernas y se negó a salir de allí. Un par de niños ya lloraban sin consuelo ante la insistencia de sus padres de que fueran a hacerse una foto con el ratoncillo de marras.

“Cariño” dije yo  “¿No quieres ver a Mickey Mouse? ¿No te apetece darle un abrazo? Con todo lo que te gusta verlo en la tele…”. La Enana se retorcía como una anguila para no quedar expuesta al señor disfrazado mientras repetía con un hilo de voz: “No, no quiero”. Como todos sus amigos estaban ya rodeando a Mickey y no tenía ganas de aguantar lloros a posteriori por no tener la misma foto que los demás, le volví a preguntar: “¿Estás segura? No te va hacer nada, en serio”. Lo meditó un par de segundos y al final accedió a acercarse, pero sólo lo justo para poder tocarle la cola y poco más. Cuando salimos le pregunté si le había dado miedo, pero ella muy digna, me dijo que no, que se había escondido a mi espalda “para dejarle sitio para pasar, mami. Que había mucha gente…”. Olé mi niña.

Resumiendo: por alguna razón, ante personas disfrazadas, los críos se cagan. Da igual que sea Papá Noel, Mickey Mouse o el Hombre del Saco. Algo no les cuadra y prefieren poner tierra de por medio. En el fondo, yo creo que son más listos que nadie o ¿a caso un adulto se fiaría de un tío que se le acerca a darle un achuchón vestido de rata gigante? Pues eso.

 

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