Desequilibrios

Así estoy. Desequilibrada. Pendiente de un hilo. Inestable.

Tengo la sensación de que, en cualquier momento, voy a caer y cuando lo haga el estruendo será el mismo que armaría una secuoya estampándose contra una fábrica de panderetas. Fiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiuuuuuuuuuuuuuuu ¡PUM! Clink. Clink. Clink….

El último mes y medio ha sido durillo. Bueno. En realidad, y si me dejo paños calientes, ha sido un puto infierno. Al poco de volver de vacaciones de Navidad, tres veces más cansada que el día que me fui, la Pequeña se puso enferma. Llevaba unos días con algo de tos, pero de pronto la fiebre le subió hasta los 40 grados y al final lo que yo creía un catarro, resultó una bronquitis, acompañada de una otitis y de diez días de antibióticos junto a la bronca de la pediatra por haber tardado tanto (un día!) en llevarla a su consulta. Me tiré una semana durmiendo hora y media, retorcida en el sofá, acompañando a mi hija en su fiebre y su malestar hasta que se puso buena y volvió a su cuna.

Justo entonces la Mayor tuvo a bien abrirse la cabeza contra el estante de un supermercado, en una de las situaciones más surrealistas de mi vida: Entré sola en la tienda con las dos insurrectas, mientras el padre de las criaturas nos esperaba fuera con la perra. Iban a ser dos minutos. Lo justo para comprar un poco de pan y unos chorizos para las lentejas. Me agaché a por los chorizos y al levantarme vi un corro de gente rodeando a una niña que berreaba. Al principio no le presté atención, es más: ni se me pasó por la cabeza que la cosa fuera conmigo. Hasta que, como en una revelación, me di cuenta de que la Mayor no estaba junto al carrito. Entonces la vi con la cara llena de sangre y llamándome a gritos. Me quedé paralizada. Literalmente. Sin saber qué hacer. Y cuando reaccioné lo hice a cámara lenta, como si estuviese debajo del agua y me costara moverme. Dejé a Tulga sola, eché a correr buscando un pañuelo en el bolsillo de mi abrigo y llegué junto a la Mayor que intentó aferrarse a mi sin dejarme ver qué cojones había pasado y de dónde salía todo aquello. Otras madres que estaban de compras me explicaron lo sucedido: iba corriendo, resbaló, calló de cabeza contra una estantería, y… Yo sólo veía la sangre. Y más sangre. En el suelo. En el estante. En la cara de mi niña. Me dieron un paquete de clinex. Le limpié la herida. Las chicas de súper me llevaron a su botiquín y me dieron gasas y agua oxigenada…. Sólo entonces se me acercó una señora y me dijo: “Perdona, he cogido a la Pequeña en brazos porque estaba llorando en el carrito”. Me había olvidado de Tulga. Quise que me tragara la tierra. Salí de supermecado escoltada por las cajeras y un par de madres y en cuanto el costillo nos vio nos fuimos pitando a urgencias. Tres puntos en la frente y a vigilarla esa noche por si vomitaba, se mareaba o estaba más somnolienta de lo normal.

Volví a pasar dos días en vela. Esta vez en la cama de la Mayor: Mami, no te vayas. Mami, me duele la pupa. Mami… Al tercer día se le pasó el susto (y dejó de dolerle el golpe), y volvimos a la normalidad… durante 24 horas. Porque entonces, mi Enana, que – al parecer – aún no se había roto bastante, se cayó en el jardín y se dio un soberano porrazo en la pierna, justo debajo de la rodilla. Cuándo lo examiné (un bulto del tamaño de un huevo pequeño), me pareció sólo un golpe, pero como ella se quejaba y decía que no podía caminar, fuimos otra vez a urgencias. Aún tenía frescos los puntos de la cabeza. Pensé que llamaban a servicios sociales…

El médico me confirmó que el trastazo no tenía importancia. Me recomendó hielo local y un poco de ibuprofeno para bajar la hinchazón y, a ser posible, que la criatura no trotara en un par de días. Nos volvimos a casa y esa noche la pasé otra vez entre su cama y la mía. El caso es que, al día siguiente, tras dejar el coche en el parking para ir al colegio, se me echó a llorar y me dijo que le dolía mucho la pierna y que no podía dar un paso. La creí, claro. Cómo no iba a hacerlo. Barajé mis opciones, miré el reloj y al final decidí llevarla a cuestas al cole. Dicho así parece simple, pero no. La Enana pesa 22 kilos, alguno más con la ropa de abrigo y las botas puestas, lo que supone la mitad de mi propio peso, muerto, sobre la espalda. Acarrearla durante 15 minutos por un camino con varios tramos de escaleras, junto a mi bolso repleto de cosas, incluyendo su merienda y botella de agua, hizo que llegara al trabajo temblando como una hoja del esfuerzo. Aún no me había repuesto del todo cuando fui a recogerla y, para mi sorpresa, ya caminaba a la perfección. Al parecer lo suyo había sido un caso de mamitis aguditis. Vamos, que le molaban los mimos de mamá y no encontró otra forma de prolongarlos que quejándose de la pierna…

Eso fue el jueves. El viernes la Pequeña volvía a estar en enferma. Fiebre altísima, que no bajaba ni con un buen chute de paracetamol, temblores, piel enrrojecida. Con miedo a recibir otra bronca por tardar mucho en llevarla al médico, y teniendo en cuenta que ya era fin de semana, nos fuimos a urgencias.

Otra vez.

Pensé en sacarme un bono…

Me dijeron que parecía la gripe, pero que volvía a tener otitis (mismo oído, misma mierda), así que tocaba repetir ciclo de antibióticos y cuidar al miniser con mimo y dedicación unos días. Cogí la costumbre de dejar puesto Disney Channel en la tele antes de subir a la cama, porque lo único potable que ponían a partir de las dos de la madrugada era Art Atack y así me ahorraba buscar el canal con la Peque en brazos. Ese fin de semana perdí la cuenta de las noches que llevaba en vela desde Navidad…

Contra todo pronóstico, Tulga mejoró a gran velocidad y el lunes se levantó como una rosa después de dos días en los infiernos. Dios aprieta pero no ahoga, sentencié yo, que soy de natural optimista, y me fui a trabajar tan contenta. Sin embargo, dos horas después, mientras le daba a la tecla en el despacho, tuve un escalofrío. Aquello no era normal, sobre todo, porque mi lugar de trabajo serviría perfectamente para cultivar orquídeas salvajes de lo alta que está la calefacción. “Creo que estoy enferma”, le comenté a mi compañera E. “Juraría que tengo fiebre”… Y sí. La tenía, voto a Bríos. Casi 40. Y no era yo sola: la Mayor y el Costillo también habían sucumbido al virus, como en una peli apocalíptica. El resto de la semana pasó en una bruma de dolor, tos, tiritonas incontrolables y el malestar que puede provocar una fiebre que no baja de 39.5, con la salvedad de que no podía limitarme a meterme en la cama y compadecerme de mi misma porque tenía que cuidar a la Mayor y vigilar a la Pequeña, que estaba como una moto y con ganas de fiesta. En cuatro días cambié tres veces las sábanas de las camas chorreando de sudor, puse (tendí y recogí) cuatro lavadoras,  alimenté lo mejor que pude a mis hijas, fregué los platos, supe que habían ingresado a mi padre por una pulmonía, hice planes para un viaje relámpago a la otra punta de España, leí cuentos, jugué a las cartas y a las guarderías, acuné y amamanté… pero lo único que realmente quería era dormir.

Descansar.

Que me cuidaran un poco.

No tener que pensar si me quedaba arroz suficiente o algo de carne en el congelador.

Levantarme a las 12 y encontrarme un zumo de naranja y un bizcocho calentito esperando junto al paracetamol y luego volver  a una cama limpia, en una habitación ventilada por los duendes para seguir durmiendo.

Pero no.

Entonces, una noche, incapaz casi de tenerme en pie, incapaz de pensar, incapaz de respirar, perdí el equilibrio.

Llevaba 47 minutos exactos intentando ponerle el pijama Tulga, después de haber bregado con ella en la bañera, luchado para ponerle el pañal, y cambiarle un  body que se mojó por jugar con la botella de agua de su hermana, todo ello aderezado por una salva de llantos, gritos y protestas y la vocecilla aguda de la Mayor pidiendo con insistencia la cena.

Tropecé. Caí.

Llena de furia, cogí a Tulga por el bracito,  la llevé a rastras a su habitación de muy malos modos, la senté con brusquedad en la cama y le grité con toda la fuerza de mis pulmones: ¡Quédate ahí y cuando quieras ponerte el pijama ven a buscarme! Luego me encerré en el baño a llorar. Fueron sólo un par de minutos. En seguida, me sequé los ojos, le puse el pijama y la acosté.

Nunca había tratado así a mis hijas. Nunca había sido tan brusca con ellas ni había tenido ganas de pegarles una bofetada o de apartarlas de mi lado. Y me asusté porque esa no soy yo. Y si lo soy, no quiero serlo. Estaba cansada, enferma, preocupada por mi padre hospitalizado a 800 kilómetros de distancia, pero no es excusa. Nunca lo es.

En este momento peso 42 kilos, estoy mareada las 24 horas del día y tengo la mecha muy corta. Cualquier cosa hace que estalle, grite y me enfurezca como una Hidria de tres cabezas.

Es hora de parar. Necesito un respiro.  Volver a ponerme en pie. Recuperar el equilibrio.

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25 responses to “Desequilibrios”

  1. Arantxa says :

    ¿Donde vives? Voy a ayudarte. Te he leído y me he sentido yo misma superada, así que no imagino por lo que debes estar pasando… Paciencia, tranquilidad… aunque sé que estas palabras no te ayudaran mucho. Todo pasa, de verdad. ¡Un abrazo!

    • Norgwinid says :

      Muchas gracias por el ofrecimiento de verdad. Ya me siento mejor: escribir me sirve de catarsis, me permite echarlo todo fuera, sin importar si está bien, mal o regular. Hay cosas que mi marido no entiende o no comparte y que yo necesito expresar. Ese fue el origen de este blog. Desahogarme y encontrar a otras personas que escuchen. Gracias de verdad!!!!

      • Arantxa says :

        Poquito a poco… Son días que todos tenemos y necesitamos echarlo, como tu dices, sin tener en cuenta si está bien o mal o regular. ¡Un abrazo!

  2. mamaymaestraentierradenadie says :

    Uff tranquila, necesitarías delegar en alguien, para que te ayuden no puedes pedirle ayuda a alguien de la familia?
    Amiga tranquila porque vas a caer muy malita y tus niñas te necesitan, lo que sea ya sabes, besitos reina y cuidate mucho.

    • Norgwinid says :

      Dentro de unos días vendrá mi suegra al rescate… Ahora sólo me queda terminar de recuperar fuerzas (y cruzar los dedos para ningún otro virus se cruce en nuestro camino). También estoy pensando en atar a la Mayor, para que deje de caerse! No sé, no sé…

  3. anigv says :

    Muchísimo ánimo, ya sé que es fácil decirlo desde fuera pero seguro que sacas fuerza de donde no las tienes por esas dos hijas increíbles que tienes. Un abrazo fuerte y ojalá que tu padre se reponga lo antes posible 😘😘

  4. Soymadreyahoraque says :

    Ánimo corazón. No te dejes llevar por el desánimo y el cansancio y cuidate que te necesitan. Muchos Besos!!!

  5. Blogsermadres says :

    Sólo con leerte se aprecia la angustia que sientes. Eres una supermujer y una gran madre; sólo hay que leerte. Tu cuerpo y tu mente necesitan descansar un poco y te lo están pidiendo a gritos. Pide ayuda a quien pueda dártela, cuídate mucho y mímate. Si tu no estás bien, tus niñas tampoco lo estarán. Mucho ánimo guapa.

    • Norgwinid says :

      A veces es difícil pedir ayuda, porque la familia está lejos, porque vives en el culo del mundo (como nosotros. Justo al lado del Quinto Pino y de donde San Juan perdió el gorro). De todas formas, gracias por los ánimos (y por lo de supermujer!!! Que en este momento soy más bien superpiltrafa!!!).

  6. Paloma Iraizoz says :

    ¡Mucho, mucho ánimo! Si tienes alguna amiga en tu ciudad llámale y pídele que te eche una mano.
    Un abrazo fuerte

  7. nosoyunadramamama says :

    Ánimo reina!!!! lo sé, cuesta creerlo, pero todo acabará pasando!!! de verdad, no te autoflageles, a veces hay que gritarles, no pasa nada! ellos saben que sigues estando ahí para lo que necesiten, ellos ven que también eres humana, que no eres perfecta, que no siempre puedes llegar a todo!!! los niños tiene que saberlo!!! Así que cuídate!

  8. lilmgc says :

    Madre mía, eso es un annus horribilis en toda regla, tienes todo el derecho a pegar un grito y decir que estás cansada, no te hagas mala sangre por eso, además seguro q las peques ya ni se acuerdan. Espero que todo mejore pronto, un fuerte abrazo.

  9. almademami says :

    Pufff, despues de una racha así por algun lado había que explotar. Ser madre es lo mejor del mundo pero es verdad q es taaaan demandante q nos olvidamos de nosotras mismas y hasta de ser personas y estallamos y es lo mas normal del mundo. Desahogarse y ser conscientes de lo q nos pasa sirve para no pagarlos con nuestros nenes q los pobres no tienen culpa de nada. ¡Y pide ayuda! A tu marido, tu madre o una amiga, q aunq sea te den media horita y te sentiras como nueva! Todo mi animo y, aunq ahora no lo parezca, pasará, ya verás. Un besote grande, guapa!

    • Norgwinid says :

      El problema es que una no puede cogerse una “baja de madre”, no es posible decir: “Mirad, chicas, me siento fatal, hoy no me pidáis cuentos, ni cambios de pañal ni cenas, que estoy para el arrastre”. Ainssss

  10. mamacaotica says :

    Madre mía, que estrés!

    Eres una superwoman! Entiendo perfectamente que explotaras, es que es muy difícil aguantar todo eso y seguir como una rosa, y quien lo consiga que nos explique el secreto.

    Estoy aquí para lo que necesites!
    Un besote enorme!

  11. mamiaprendiz says :

    Muchos ánimos!! Te entiendo perfectamente, a veces da la sensación de que todo se acumula y al trabajo de intentar ser madre se suma tener que cuidar de ti, porque las súper madres también tienen derecho a enfermar!! Me alegro de que tu padre esté mejor y de que todo haya vuelto un poco más a la normalidad. Un besazo.

    • Norgwinid says :

      Muchas gracias. Lo peor es que todo el mundo ha mejorado menos yo, que sigo sin levantar cabeza. He pasado del virus de la gripe a otro virus, llámalo X, y el resultado es que llevo dos semanas con fiebre alta y sin pegar ojo… que ayer la Mayor me decía: “mamá, ¿qué es esto morado que tienes en el ojo?”. Pues una ojera del copón!!!!!

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