Gestión de crisis II

A veces, cuando termina el día, me siento (o me desplomo) en el sofá y me digo: “Olé tú, hermosa. A este ritmo te van a nombrar casco azul honoraria con extraplusquetecagas en resolución de conflictos”. Luego me quedo frita, of course, con la boca abierta y la babilla colgando, lo que le resta heroicidad a la pose (en especial si compartes el susodicho sofá con tres muñecas, media docena de platos y cucharas de juguete y una pelota de Peppa Pig rebozada en caramelo). El caso es que la maternidad te da muchas alegrías y todo lo que quieras, pero hay momentos, amigas, en los que a una le apetecería estar en cualquier otro sitio, mayormente en el Caribe, en vez de donde se encuentra en ese momento. Os pongo tres ejemplos:

  1. El pasado invierno una amiga decidió enviarme un paquete para las niñas ¡Qué bien! ¡Qué emoción! El problema es que yo trabajo por las mañanas – que es cuando pasa el cartero – y en vez de un paquete, lo que me dejó en el buzón fue un aviso para que fuera a correos. “Sin problemas”, pensé, “Tampoco puede ser tan difícil”. Yo no lo sabía, pero en ese momento, el Destino se estaba preparando un bol de palomitas, dispuesto a descojonarse de risa un rato. Por bocachancla. Montamos una pequeña excursión familiar para ir a correos: el costillo, yo, las niñas,el perro y el carrito, todos en el coche para cubrir los 12 kilómetros que separan el pueblo de la ciudad. Aparcamos dónde pudimos (bien lejos, por cierto) y mientras mi marido se llevaba al perro a dar un paseo con un amigo, yo fui con mis hijas a correos. Primer error. No recordaba que la entrada de mi oficina tenía un magnífico tramo de escaleras, sin rampa ni nada que se le pareciera, que me hizo sentir como en el cuento del granjero que quería cruzar el río en una barca con un lobo, una gallina y un saco maíz… ¿Cómo cojones lo hago sin que se me coman la una a la otra? Le dije a la Mayor que subiera, bajé a la Pequeña del carrito, subí el carrito, y luego regresé por Tulga que empezaba a llorar con desconsuelo. Bueno, ya está, les aseguré, vamos a coger el paquete y nos vamos al parque. Despiporre general. Algarabía. Y entonces, tras la espera pertinente, me dan el paquete. Segundo error. Aquello no había por dónde cogerlo. Medía un metro y medio de largo y unos cincuenta centímetros de ancho (las niñas han usado la caja hasta antes de ayer como avión/barco/coche de carreras. No digo más). Ni haciendo un tetris digno de Gasparov podía meter semejante bulto en la rejilla del carrito, y puesto que no pesaba, decidí que lo mejor era engancharlo por un costado a la presilla de la bolsa y tirar de él como buenamente pudiera. Ahora solo quedaba bajar la escalera: niña, carrito, paquete, niña… Ale. Vamos al parque. Pero no iban a ponermelo fácil. La Pequeña quería ir caminando como su hermana y como yo no podía controlarla con los coches, los semáforos y el paquete, me negué a bajarla. Qué bastante tenía ya. Montó un pollo del 14, llorando a grito pelado por toda la calle, mientras arrastraba mi impedimenta como podía por las cuestas llenas de baches camino del parque. Para colmo un par de señoras de cierta edad  me paran en mitad de la acera y me dicen muy serias: “Oye, el niño (cambio de género garantizado con mi pelona) está llorando, ¿lo sabías?” ¡¡¡¡¡Pues claro!!!!!! No estoy sorda ¿Pero qué mierdas os pensáis? Por fin llegamos al parque, un lugar amplio, despejado, con cienes y cienes de columpios y otras maquinarias del infierno pensadas para la distracción y descalabre de los más pequeños y yo, sudando la gota gorda, solté a las fieras esperando encontrar cinco minutos de paz. Ni de coña, claro. Nada más poner los pies en el suelo de goma, la Mayor me miró muy seria y declaró: “Mamá, quiero hacer caca” ¡Mierda! (nunca mejor dicho) ¿Y qué rayos hago yo ahora? Miré a mi alrededor y sólo vi a un montón de niños con sus padres dando saltos en una explanada limpia y sin un arbusto tras el que resguardarse. De pronto recordé que a la entrada había uno de esos baños públicos que funcionan con una moneda de 20 céntimos y que parecen un módulo de la Estación Espacial Internacional caído a la tierra. Volví a meter a Tulga en el carrito (que se resistió cual anguila eléctrica), enganché el dichoso paquete y eché a corre con la Mayor en dirección al váter. Tercer error. No sé si habéis usado alguna vez este tipo de instalaciones, pero una vez que echas el duro y se abre la puerta, ésta se cierra automáticamente tras de ti, encendiendo las luces y dando intimidad al usuario. Por su puesto, yo no podía dejar sola a mi hija de cuatro años recién cumplidos en aquel chisme, sobre todo ¡porque después no iba a saber salir! Así que haciendo auténticos juegos malabares, logré trabar la puerta con el paquete, aparcar el carrito (del que Tulga se las había ingeniado para escurrirse) y meter dentro (a oscuras) a la Mayor para que hiciera “de vientre”, como dicen las abuelas. Cuando media hora después apareció el padre de las criaturas con el perro y su amigo estuve a punto de desmayarme de la emoción…
  2. Antes de pasar al segundo episodio quiero dejar constancia de mi rutina diaria, eso que hago de lunes a viernes, a veces medio dormida y sin prestar demasiada atención a los detalles. Salgo de casa a las 8 de mañana, dejo a la Pequeña en la guardería del pueblo y enfilo la autovía con la Mayor hasta la ciudad. Dejamos el coche en un parking concertado con mi empresa, que está a unos 12 minutos andando del colegio de mi hija y donde no suele haber problemas de plaza, al menos que llegues pasadas las 10, cuando cuelgan el cartel de “completo”. Como los niños de infantil salen a las 13:50 y a mi no me da tiempo a llegar, la madre de otro niño recoge a mi princesa y me espera los minutos que hagan falta en la puerta del colegio. Además, porque ella es así de simpática y agradable, nos ahorra el paseo hasta el parking y nos acerca en su coche ¿Fácil, no? El problema viene cuando, por cualquier motivo, una se sale de la línea… Y siendo madre te acabas saliendo sí o sí. Aquel día se nos hizo tarde porque teníamos cita con la pediatra a primera hora y cuando quisimos llegar a la ciudad eran cerca de las 10. Para no atrasar más la cosa, y consciente de que ir al parking a aquellas horas era un viaje perdido, decidí dejar el coche al lado del cole, en zona azul. Puse todas las monedas que tenía en el parquímetro, dejé a la niña en clase pidiendo mil disculpas a la profesora por interrumpirla y corrí (literalmente) hasta mi despacho. “Vale, guapa, recuerda que dentro de dos horas tienes que ir a echar otro par de euros en el chistófano”, me dije mientras encendía el ordenador. Y eso fue todo ¿Os acordasteis vosotras? Ya. Pues yo tampoco. A las dos, flotando feliz en mi inercia, fui a buscar a la Mayor, que hacía carreras con el hijo de mi amiga en un parque cercano, nos subimos en su coche y nos bajamos en el parking contentas y felices. Sin embargo, cuando fui a echar mano del tiquet para pagar no lo encontré por ningún lado. Me salí de la fila, puse el bolso bocabajo y a punto estuve de ir hasta el coche a ver si lo había olvidado dentro. Justo entonces, mientras llamaba al ascensor, me acordé ¡La zona azul! Me cago en mi puta calavera… Llevé a la Mayor al trote de vuelta al colegio, mientras ella preguntaba cada dos pasos: “Pero mamá, ¿por qué volvemos? Si ya se han ido todos los niños…”. Y sí: allí estaba. Mi coche. Y la multa, claro. Una multa que me cascaron, por lo que pude leer, por 10 míseros minutos. Porca miseria
  3. Y ya para terminar quiero contaros mi última mañana de lunes. El primer día de la semana ya de por sí suele ser estresante pero este se ha coronado por todo lo alto. Tengo que decir que mis suegros están en casa, de visita, lo que altera ligeramente nuestras rutinas (entre otras cosas porque el cuarto de invitados suele estar colonizado por la plancha y tres montañas de juguetes que ahora se encuentran apiñados en los espacios más inverosímiles). Todo empezó a las 6:30 de la mañana, así, con alegría, cuando Tulga decidió que ya había dormido bastante y que lo sentía mucho si yo opinaba lo contrario. Bastante mosqueada me levanté de la cama, le cambié el pañal y me desnudé para meterme en la ducha. Nada más salir, y todavía en pelota picada, mi hija la Pequeña se empeñó en hacer pis en el váter. Vale. No hay problema, ponte aquí corazón… Pero no. Tenía que ser en el baño del pasillo, en el que usan mis suegros, y allí que fue con el culo al aire, mientras yo la perseguía como mi madre me trajo al mundo y chorreando agua. Joder. Ahora solo falta que se levante mi suegro… Recurriendo casi a una llave de yudo, logré ponerle de nuevo el pañal y aproveché un despiste para terminar de secarme y encasquetarme la ropa interior. Acababa de meter el dedo en el bote de crema cuando apareció la Mayor con los ojos legañosos. La envié al baño a hacer pis mientras Tulga se subía al regazo de su padre, despierto con tanto jolgorio y le obligaba a sentarse en la cama de su hermana, para leer un cuento. Venga. Bah. Esta es la buena, pensé, ahora puedo vestirme… Pero no. La Mayor volvió del baño desnuda de cintura para abajo y con cara compungida. Debía ser el Día Internacional del nudismo y yo sin enterarme…. “¿Qué te pasa, cariño?” “Que me he hecho pipí en el pijama…” “Pero ¿dónde? ¿Camino del baño?” “No en la cama…”. Volé a su cuarto, levanté a padre e hija y tiré con fuerza del edredón para descubrir que sí, que efectivamente, se había meado en la cama. Bueno, calma. Quité las sábanas, vestí a la Mayor, terminé de vestir a la Pequeña y al volver al dormitorio descubrí que mi marido se había encerrado en nuestro baño. Olé tú. Bajamos a desayunar, yo sin peinar y a medio encremar, y con una mala leche que me la pisaba. No había dado ni medio mordisco a la magdalena cuando Tulga se levantó, se quitó (OTRA VEZ) el pañal y corrió al baño al grito de “Cacaaaaa”. Fui con ella, claro, para asegurarme de que no metía el vestido en el orinal más que nada, y tras 10 minutos de reloj sentada allí, canturreando con alegría, dijo: “No sale” y se levantó. Fui a buscar un pañal limpio. Tardé 5 segundos. Puede que cuatro. Y cuando volví se había hecho caca en el suelo. Como además está superestreñida aquello era un conjunto de bolitas duras como piedras, desperdigadas por todos lados, ante cuya visión mi Mayor exclamó: “Mira mamá, Tulga ha cagado aceitunas!!!!!”. Yo no sabía si reírme o llorar. Si es que para mi el trabajo es un remanso de paz…

Lo dicho. Me van a hacer Casco Azul honoraria. Con máster en resolución de conflictos. Y si no, al tiempo…

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10 responses to “Gestión de crisis II”

  1. nosoyunadramamama says :

    uffff, es agotador, toooodo!!! yo llevo con ellos de vacaciones unos días y hoy ya tenido que pegar voces, y mira que me propongo no hacerlo, pero nada, el mayoy y mediano andan a la gresca por cualquier chorrada y me pongo d elos nervios! en fin, tranquilidad y paciencia!

    • Norgwinid says :

      Si lo de “Tranquilidad y paciencia” es mi mayor mantra… Lo que pasa es que la octava vez que tengo que mediar en una disputa entre las dos insurrectas, el mantra se va a cagar patatillas!!! Ains, si esto es lo que tiene…

  2. Roselles says :

    Suerte que ahora estoy sola, porque me estoy descojonando a lagrima viva XD Me encanta como explicas tus peripecias! Dónde hay que firmar para que te concedan el Casco Azul? Desde luego hay que tomárselo con humor y desahogarse porque si no nos volvemos majaretas.
    Yo llevo dos semanas con un resfriado del copón y ahí, al pie del cañón. Estuve dos días sin ir a trabajar porque no podia con mi alma y encima mi madre me dice que si iba a aprovechar para limpiar la casa. Claro, cuando el médico te dice “dos días en cama” quiere decir “a ver si arreglamos esa leonera al que llamas hogar”.
    Vale, admito que lo hice. Hice lavadoras, tendí y ordené ropa, ordené el comedor, el rincón de la niña con sus millones de juguetes y su habitación. Estaba deseando volver al trabajo.
    Propongo el hashtag #todassomoscascoazul

    • Norgwinid says :

      Jajaja, si es que esto del “reposo” no está pensado para las madres… A mi también me mandaron reposar en un par de ocasiones este invierno-primavera, y aún estoy intentando hacerlo!!!!! Lo que yo digo: el trabajo es mi spa!!!!

  3. almademami says :

    Vaya par de liantas q tienes en casa!! Nunca ir a recoger un paquete a correos fue tan animado jaja a la próxima pídete tú pasear al perro XD. Ya si encima metes en la ecuación el control de esfínteres es emoción añadida!! Leyéndote a ti madre mía, tiemblo de lo que me queda por pasar XD Espero tomármelo como mínimo con la mitad de humor que tu!! jajaj Ánimo, piénsalo si no fuese por esos raticos que nos dan, nuestros blogs serían mucho más serios y aburridos jajaja un besote!

    • Norgwinid says :

      Jajajaja. Yo me lo tomo con humor ahora, pero en el mientras tanto… se me llevaban todos los demonios!!!!!! Y me limité a elegir los tres casos que me parecieron más curiosos, porque similares los tengo a cientos!!! Si es que nos parece complicado atender a un bebé, que en el fondo no puede hacer nada más que comer, dormir y quejarse a diversos decibelios! Lo difícil viene cuando desarrollan autonomía motora ¡e ideas propias!

  4. Mamadichosa says :

    Lo cuentas con tanta gracia que me rio muchísimo leyendote. Pero luego… lo pienso y más de una vez perderia los nervios… por que lo de entrar en el baño de tu casa y ver el mojón plantado en el suelo después de todo lo que cuentas debe ser para tirarse al suelo y no levantarse nunca.
    Me encanta tu sentido del humor al contarlo. Un abrazo y feliz verano!!!jajajaa!

    • Norgwinid says :

      Pues gracia no hace, no, sobre todo a las 8 de mañana, y cuando tienes que salir corriendo al trabajo y al cole! Más de una vez he dejado el vomito, el pis o la secreción correspondiente donde estaba con el pensamiento de “esta tarde ya si eso…” De todas formas, intento tomármelo siempre con humor, porque si no me volvería loca!!
      Besos

  5. Aprendemos con mamá says :

    Mucho ánimo!! Yo tengo tres pequeños y me tienen loca también jajajaja es una pasada! Lo del pipi en la cama aquí estoy cambiando sábanas a menudo. Bonita paciencia… 🙂

    • Norgwinid says :

      La verdad es que yo me puedo dar con un canto en los dientes, porque desde que despañalé a la Mayor, se ha hecho pis en la cama dos o tres veces… En algo tenía que tener suerte!!!!

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