No parece que seas madre

Así, tal cual. Fue lo primero que soltó una antigua compañera de trabajo que llevaba una buena temporada sin verme al encontrarnos esta mañana. “Si es que estás muy delgada”, añadió a modo de explicación. Yo le dediqué una sonrisa congelada y me apresuré a cambiar de tema. Pa qué liarla, pensé para mí. Y así transcurrió la mañana.
Sin embargo, por la noche, tras un largo día poniendo lavadoras, haciendo camas, recogiendo juguetes y limpiando culos, me detuve dos segundos delante del espejo y me cabreé. Como una mona. Por que, vamos a ver: ¿dónde cojones está grabado en piedra el estereotipo físico de la maternidad? ¿Por qué nos torturan (y nos torturamos) con unos ideales de belleza imposibles, solo al alcance del photoshop?

venus frente

La Venus de Willendorf, o según mi compañera, yo después de dos partos

Estoy flaca. Mucho. Quizá hasta el exceso. Y además, tras dos lactancias que suman juntas dos largos años y medio mis pechos son ahora inexistentes, ridículos, con pezones diminutos y arrugados. Vamos, que da pena verlos. A pesar de mi delgadez (me puedo contar las costillas una a una y pellizcarme el hueso del esternón sin demasiado esfuerzo), tengo celulitis en los muslos y en el culo y el vientre fláccido y con medio metro de piel sobrante. Ya puedo hincharme a hacer abdominales, hipopresivos o el pino puente con las orejas, que o paso por el quirófano o eso va a seguir ahí hasta el fin de los tiempos. Con un vestido disimulo, pero en bikini no hay por dónde cogerme. Y desnuda ni te cuento. Y, a pesar de todo, soy madre. Tengo dos hijas hermosas y lozanas, de piel morena y pelo rubio, como princesas indias, que pululan las 24 horas del día a mi alrededor.

Y también es madre mi vecina que no esconde la barriga plagada de estrías tras su primer embarazo. O mi amiga que engordó 20 kilos con el segundo y sigue con 10 puestos encima un año después. O aquella otra a la que dejaron el suelo pélvico hecho unos zorros por una mala praxis y todavía lucha contra las pérdidas de orina. Y la Pataky que en dos semanas ni se notaba que había parido mellizos. Todas somos madres, tengamos el aspecto que tengamos, y las marcas, las secuelas o el cuerpo de diosa griega naciendo de una concha en el océano que se nos haya quedado es lo de menos. Yo me cuido poco, lo justo, aunque en breve retomaré el yoga y el gimnasio, pero intento comer bien, me muevo mucho (correr detrás de dos niñas debería considerarse deporte olímpico) y trabajo todos los días (sí, aún no me he ido de vacaciones ¿se nota?). Me gusta predicar con el ejemplo y en casa hay mucha fruta, verdura, yogures y repostería casera cuando el tiempo lo permite. A pesar de ello estoy delgada. Y tengo defectos. Y no necesito que nadie me diga que no parece que soy madre.

Padres helicóptero

El otro día alguien me pasó un vídeo de Carles Capdebila, de Educar con Humor, en el que hablaba de las cosas que le habían enseñado sus hijos en los últimos 20 años.

Hubo algo que me llamó especialmente la atención, más que nada porque hasta ahora no le había puesto nombre, aunque sin duda lo había visto en vivo y en directo en más de una ocasión: los padres helicóptero. Por si hay alguna tan apampanada como yo en esto de la maternidad, diré que se trata de un espécimen bastante habitual en todos los ámbitos, aunque su presencia se multiplica a medida que los niños se hacen mayores. O sea, que hay más padres helicópteros con críos de 7 años que con bebés de 7 meses ¿Y qué son exactamente, os preguntaréis? Pues padres dispuestos a librar todas las batallas de sus hijos, y además a hacerlo en plan Rambo: sin que quede nadie vivo para contarlo…

Os pongo un par de ejemplos:

  • Situación: parque infantil. Tarde de primavera. Protagonistas: cinco o seis niños con edades comprendidas entre los 3 y los 10 años. Hecho: Uno de los niños le quita al otro un juguete (de quién fuera el susodicho juguete o si estaba siendo usado o no por su legítimo dueño es lo de menos). Lo que hago yo: si la sangre no llega al río, dejo que mi Mayor se apañe la vida y dirima a su manera la posesión del objeto. Si la cosa se pone fea, y valorando los datos circunstanciales, le digo a mi hija que a) comparta el juguete, b) se lo devuelva a su dueño o c) nosvamosacasayamismosiseguísasílosdosypunto! (esta última es mi favorita). Lo que hace un padre helicóptero: ir hasta donde están los niños, quitarle directamente el juguete al que lo tenga, dárselo a su hijo, reñir a todos los críos del parque (tuvieran o no algo que ver en el drama en cuestión) y luego reñir a los padres por no meter en cintura a unos delincuentes juveniles en potencia. Hombre ya. En casos extremos, sobre todo si el juguete es suyo y la injusticia manifiesta, el padre helicóptero puede incluso dar por terminada la sesión de parque y marcharse todo indignado con su hijo (y el juguete).
  • Situación: partido de fútbol/carrera de obstáculos/actuación de fin de curso. Protagonistas: todos los niños apuntados a esa actividad. Hecho: el hijo del padre helicóptero mete un gol y se lo anulan/pierde la carrera porque se tropieza con una valla y/o compañero/no canta bien porque los otros niños le distraen o le quitan protagonismo. Lo que yo hago: consolar como buenamente puedo a mi hija, que además tiene muy mal perder y se lo toma a la tremenda. Decirle que lo importa es jugar y divertirse y que ya ganará (o se lucirá) la próxima vez. Lo que hace un padre helicóptero: pelearse con el arbitro, el entrenador, la profesora y hasta el director del colegio para que su churumbel no se quede sin celebrar ese gol, ganar esa carrera o despuntar en Brodway. Si para ello tiene que pisotear, insultar o tratar de mala manera a quien haga falta, lo hace. Porque su hijo, por si no lo habéis notado, es el más mejor: el más listo, el más rápido, el más alto y, por supuesto, el más guapo del mundo mundial y parte del extranjero.

Estas son sólo dos situaciones en las que un padre helicóptero puede tocarte las narices personalmente, pero en esferas más privadas, también tienen lo suyo: harán siempre los deberes de sus hijos, por su puesto, sin contar con su participación o ayuda (“quita, quita, que lo haces mal. Déjame a mi”) porque sus manualidades tienen que ser perfectas, sin una lentejuela o pegatina fuera de sitio; si el chiquillo va de excursión con el cole le hará un tercer grado a la profesora y al resto de madres para asegurarse de que a su hijo no le falte nada, aunque ello implique llevar la mochila llena hasta los topes (en vez de un bocadillo, le pondrá dos y un par de zumos por si uno se le pierde o se le cae o se lo quitan que hay mucho malandrín suelto. Y una muda de ropa, y tres chaquetas de distinto grosor y dos botellas de agua… Y no te digo si además es alérgico o intolerante a alguna sustancia, porque entonces, es posible que necesite un serpa para que le acompañe a la granja escuela). Al final de curso, los reconoceréis porque intentarán averiguar de forma más o menos discreta si algún niño ha sacado mejores notas que el suyo, alardeando siempre de los logros de su descendiente como si en vez del boletín de primero de infantil, acabaran de darle el Premio Nobel. Por otra parte, su hijo nunca, repito, NUNCA, será responsable de NADA. Si ha pegado a otro niño, será un error, una mentira cruel y absurda del supuesto agredido por puros celos de su angelito. Si ha suspendido una asignatura es sin duda que el profesor le tiene manía, porque como destaca tanto, le quiere hundir en la miseria. Si se pone enfermo se debe a que alguna malamadre ha llevado a su hijo al cole en mal estado, exponiendo a su churumbel poco menos que al ébola, y así suma y sigue.

Todo esto me lleva a pensar que, o yo soy una madre desnaturalizada, que deja que sus hijas campen a sus anchas por los parques y jardines de la ciudad, sin ningún tipo de control ni vigilancia o realmente hay gente que se agobia en extremo. Dicho lo cual, afirmo aquí y ahora, que el próximo día de San Patricio que toque celebrar, la Mayor volverá a llevar un lazo verde comprado el día de antes en el chino y no una compleja manualidad, a base goma eva y mil abalorios de tres tonalidades de verde distintas, por la sencilla razón de que prefiero pasar la noche durmiendo y las tardes jugando, en vez de de tricotando. Y si algún padre helicóptero tiene algo que decir en el grupo de wasap que se lo ahorre.

Gestión de crisis II

A veces, cuando termina el día, me siento (o me desplomo) en el sofá y me digo: “Olé tú, hermosa. A este ritmo te van a nombrar casco azul honoraria con extraplusquetecagas en resolución de conflictos”. Luego me quedo frita, of course, con la boca abierta y la babilla colgando, lo que le resta heroicidad a la pose (en especial si compartes el susodicho sofá con tres muñecas, media docena de platos y cucharas de juguete y una pelota de Peppa Pig rebozada en caramelo). El caso es que la maternidad te da muchas alegrías y todo lo que quieras, pero hay momentos, amigas, en los que a una le apetecería estar en cualquier otro sitio, mayormente en el Caribe, en vez de donde se encuentra en ese momento. Os pongo tres ejemplos:

  1. El pasado invierno una amiga decidió enviarme un paquete para las niñas ¡Qué bien! ¡Qué emoción! El problema es que yo trabajo por las mañanas – que es cuando pasa el cartero – y en vez de un paquete, lo que me dejó en el buzón fue un aviso para que fuera a correos. “Sin problemas”, pensé, “Tampoco puede ser tan difícil”. Yo no lo sabía, pero en ese momento, el Destino se estaba preparando un bol de palomitas, dispuesto a descojonarse de risa un rato. Por bocachancla. Montamos una pequeña excursión familiar para ir a correos: el costillo, yo, las niñas,el perro y el carrito, todos en el coche para cubrir los 12 kilómetros que separan el pueblo de la ciudad. Aparcamos dónde pudimos (bien lejos, por cierto) y mientras mi marido se llevaba al perro a dar un paseo con un amigo, yo fui con mis hijas a correos. Primer error. No recordaba que la entrada de mi oficina tenía un magnífico tramo de escaleras, sin rampa ni nada que se le pareciera, que me hizo sentir como en el cuento del granjero que quería cruzar el río en una barca con un lobo, una gallina y un saco maíz… ¿Cómo cojones lo hago sin que se me coman la una a la otra? Le dije a la Mayor que subiera, bajé a la Pequeña del carrito, subí el carrito, y luego regresé por Tulga que empezaba a llorar con desconsuelo. Bueno, ya está, les aseguré, vamos a coger el paquete y nos vamos al parque. Despiporre general. Algarabía. Y entonces, tras la espera pertinente, me dan el paquete. Segundo error. Aquello no había por dónde cogerlo. Medía un metro y medio de largo y unos cincuenta centímetros de ancho (las niñas han usado la caja hasta antes de ayer como avión/barco/coche de carreras. No digo más). Ni haciendo un tetris digno de Gasparov podía meter semejante bulto en la rejilla del carrito, y puesto que no pesaba, decidí que lo mejor era engancharlo por un costado a la presilla de la bolsa y tirar de él como buenamente pudiera. Ahora solo quedaba bajar la escalera: niña, carrito, paquete, niña… Ale. Vamos al parque. Pero no iban a ponermelo fácil. La Pequeña quería ir caminando como su hermana y como yo no podía controlarla con los coches, los semáforos y el paquete, me negué a bajarla. Qué bastante tenía ya. Montó un pollo del 14, llorando a grito pelado por toda la calle, mientras arrastraba mi impedimenta como podía por las cuestas llenas de baches camino del parque. Para colmo un par de señoras de cierta edad  me paran en mitad de la acera y me dicen muy serias: “Oye, el niño (cambio de género garantizado con mi pelona) está llorando, ¿lo sabías?” ¡¡¡¡¡Pues claro!!!!!! No estoy sorda ¿Pero qué mierdas os pensáis? Por fin llegamos al parque, un lugar amplio, despejado, con cienes y cienes de columpios y otras maquinarias del infierno pensadas para la distracción y descalabre de los más pequeños y yo, sudando la gota gorda, solté a las fieras esperando encontrar cinco minutos de paz. Ni de coña, claro. Nada más poner los pies en el suelo de goma, la Mayor me miró muy seria y declaró: “Mamá, quiero hacer caca” ¡Mierda! (nunca mejor dicho) ¿Y qué rayos hago yo ahora? Miré a mi alrededor y sólo vi a un montón de niños con sus padres dando saltos en una explanada limpia y sin un arbusto tras el que resguardarse. De pronto recordé que a la entrada había uno de esos baños públicos que funcionan con una moneda de 20 céntimos y que parecen un módulo de la Estación Espacial Internacional caído a la tierra. Volví a meter a Tulga en el carrito (que se resistió cual anguila eléctrica), enganché el dichoso paquete y eché a corre con la Mayor en dirección al váter. Tercer error. No sé si habéis usado alguna vez este tipo de instalaciones, pero una vez que echas el duro y se abre la puerta, ésta se cierra automáticamente tras de ti, encendiendo las luces y dando intimidad al usuario. Por su puesto, yo no podía dejar sola a mi hija de cuatro años recién cumplidos en aquel chisme, sobre todo ¡porque después no iba a saber salir! Así que haciendo auténticos juegos malabares, logré trabar la puerta con el paquete, aparcar el carrito (del que Tulga se las había ingeniado para escurrirse) y meter dentro (a oscuras) a la Mayor para que hiciera “de vientre”, como dicen las abuelas. Cuando media hora después apareció el padre de las criaturas con el perro y su amigo estuve a punto de desmayarme de la emoción…
  2. Antes de pasar al segundo episodio quiero dejar constancia de mi rutina diaria, eso que hago de lunes a viernes, a veces medio dormida y sin prestar demasiada atención a los detalles. Salgo de casa a las 8 de mañana, dejo a la Pequeña en la guardería del pueblo y enfilo la autovía con la Mayor hasta la ciudad. Dejamos el coche en un parking concertado con mi empresa, que está a unos 12 minutos andando del colegio de mi hija y donde no suele haber problemas de plaza, al menos que llegues pasadas las 10, cuando cuelgan el cartel de “completo”. Como los niños de infantil salen a las 13:50 y a mi no me da tiempo a llegar, la madre de otro niño recoge a mi princesa y me espera los minutos que hagan falta en la puerta del colegio. Además, porque ella es así de simpática y agradable, nos ahorra el paseo hasta el parking y nos acerca en su coche ¿Fácil, no? El problema viene cuando, por cualquier motivo, una se sale de la línea… Y siendo madre te acabas saliendo sí o sí. Aquel día se nos hizo tarde porque teníamos cita con la pediatra a primera hora y cuando quisimos llegar a la ciudad eran cerca de las 10. Para no atrasar más la cosa, y consciente de que ir al parking a aquellas horas era un viaje perdido, decidí dejar el coche al lado del cole, en zona azul. Puse todas las monedas que tenía en el parquímetro, dejé a la niña en clase pidiendo mil disculpas a la profesora por interrumpirla y corrí (literalmente) hasta mi despacho. “Vale, guapa, recuerda que dentro de dos horas tienes que ir a echar otro par de euros en el chistófano”, me dije mientras encendía el ordenador. Y eso fue todo ¿Os acordasteis vosotras? Ya. Pues yo tampoco. A las dos, flotando feliz en mi inercia, fui a buscar a la Mayor, que hacía carreras con el hijo de mi amiga en un parque cercano, nos subimos en su coche y nos bajamos en el parking contentas y felices. Sin embargo, cuando fui a echar mano del tiquet para pagar no lo encontré por ningún lado. Me salí de la fila, puse el bolso bocabajo y a punto estuve de ir hasta el coche a ver si lo había olvidado dentro. Justo entonces, mientras llamaba al ascensor, me acordé ¡La zona azul! Me cago en mi puta calavera… Llevé a la Mayor al trote de vuelta al colegio, mientras ella preguntaba cada dos pasos: “Pero mamá, ¿por qué volvemos? Si ya se han ido todos los niños…”. Y sí: allí estaba. Mi coche. Y la multa, claro. Una multa que me cascaron, por lo que pude leer, por 10 míseros minutos. Porca miseria
  3. Y ya para terminar quiero contaros mi última mañana de lunes. El primer día de la semana ya de por sí suele ser estresante pero este se ha coronado por todo lo alto. Tengo que decir que mis suegros están en casa, de visita, lo que altera ligeramente nuestras rutinas (entre otras cosas porque el cuarto de invitados suele estar colonizado por la plancha y tres montañas de juguetes que ahora se encuentran apiñados en los espacios más inverosímiles). Todo empezó a las 6:30 de la mañana, así, con alegría, cuando Tulga decidió que ya había dormido bastante y que lo sentía mucho si yo opinaba lo contrario. Bastante mosqueada me levanté de la cama, le cambié el pañal y me desnudé para meterme en la ducha. Nada más salir, y todavía en pelota picada, mi hija la Pequeña se empeñó en hacer pis en el váter. Vale. No hay problema, ponte aquí corazón… Pero no. Tenía que ser en el baño del pasillo, en el que usan mis suegros, y allí que fue con el culo al aire, mientras yo la perseguía como mi madre me trajo al mundo y chorreando agua. Joder. Ahora solo falta que se levante mi suegro… Recurriendo casi a una llave de yudo, logré ponerle de nuevo el pañal y aproveché un despiste para terminar de secarme y encasquetarme la ropa interior. Acababa de meter el dedo en el bote de crema cuando apareció la Mayor con los ojos legañosos. La envié al baño a hacer pis mientras Tulga se subía al regazo de su padre, despierto con tanto jolgorio y le obligaba a sentarse en la cama de su hermana, para leer un cuento. Venga. Bah. Esta es la buena, pensé, ahora puedo vestirme… Pero no. La Mayor volvió del baño desnuda de cintura para abajo y con cara compungida. Debía ser el Día Internacional del nudismo y yo sin enterarme…. “¿Qué te pasa, cariño?” “Que me he hecho pipí en el pijama…” “Pero ¿dónde? ¿Camino del baño?” “No en la cama…”. Volé a su cuarto, levanté a padre e hija y tiré con fuerza del edredón para descubrir que sí, que efectivamente, se había meado en la cama. Bueno, calma. Quité las sábanas, vestí a la Mayor, terminé de vestir a la Pequeña y al volver al dormitorio descubrí que mi marido se había encerrado en nuestro baño. Olé tú. Bajamos a desayunar, yo sin peinar y a medio encremar, y con una mala leche que me la pisaba. No había dado ni medio mordisco a la magdalena cuando Tulga se levantó, se quitó (OTRA VEZ) el pañal y corrió al baño al grito de “Cacaaaaa”. Fui con ella, claro, para asegurarme de que no metía el vestido en el orinal más que nada, y tras 10 minutos de reloj sentada allí, canturreando con alegría, dijo: “No sale” y se levantó. Fui a buscar un pañal limpio. Tardé 5 segundos. Puede que cuatro. Y cuando volví se había hecho caca en el suelo. Como además está superestreñida aquello era un conjunto de bolitas duras como piedras, desperdigadas por todos lados, ante cuya visión mi Mayor exclamó: “Mira mamá, Tulga ha cagado aceitunas!!!!!”. Yo no sabía si reírme o llorar. Si es que para mi el trabajo es un remanso de paz…

Lo dicho. Me van a hacer Casco Azul honoraria. Con máster en resolución de conflictos. Y si no, al tiempo…

Lo que perdiste en el camino… — Princesas y Princesos

 

Es la primera vez que comparto el post de otra persona. Pero hoy, hace dos años, habría nacido el bebé que perdí.

Hoy.

Ahora.

Deberíamos estar soplando las velas…

Al leer a Princesas y Princesos se me saltaron las lágrimas, tonta que es una, y por eso quería compartirlo… La tristeza, la alegría, la vida de un soleado día de junio.

“Lo que perdiste en el camino. Aquello que habías hallado… Y tu? Qué has perdido? Duele Es así. Duele. Todos los días escucho, leo, comparto las emociones de mujeres que perdieron un hijo, un bebé, que abortaron. Y todas se disculpan. Se disculpan por llorar, por sentir, por expresar su pérdida. Y guardamos con mimo…”

a través de Lo que perdiste en el camino… — Princesas y Princesos

Mitos sobre la lactancia (o que no decir a una madre que está dando el pecho)

Como sabéis me he metido de lleno en la campaña de #BloguerasxLaLactancia, para ser más exactos en el equipo capitaneado por mamá bocachancla, porque sí, porque me pierden las buenas causas, sobre todo si para echar una pata basta con apretar un botón. Tal que así:

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Venga, bah, haz un click, que no cuesta trabajo…

El caso es que meditando sobre el tema, me fijé en que unos de los objetivos de la campaña era, literalmente, “derribar mitos y falsas creencias sobre la lactancia y el hecho de amamantar”. “¡Ay, nena!”, pensé dando saltitos de júbilo, “¡esto es lo tuyo! Venga, arremángate y ponte a darle a la tecla…”

Y es que después de los dos años y medio que me he pasado con la teta fuera dando el pecho a mis hijas, creo que estoy capacitada para enumerar las chorradas que circulan por ahí sobre la lactancia materna. Así que, viejas del visillo del mundo, estas son algunas cosas que NO hay que decir NUNCA a una madre que está amamantando a su hijo.

  1. “Ese niño se ha quedado con hambre… ¿estás segura de que tienes leche?”. A ver ¿Por dónde empiezo? Un bebé, y en especial un recién nacido, no sabe hablar. O sea. No puede decir: “Mamá, colega, dame un bocata de jamón, que esto de la teta está bien para los corderos pero no es para mi”. Entonces ¿cómo sabes – más allá de toda duda – que la criatura llora porque no está satisfecha? Lo normal es que tenga gases, que esté incomodo porque no puede hacer caca o simplemente que quiere seguir  en brazos un rato, que tampoco pasa nada. No hay  que arrojar al crío en la cuna nada más darle de comer. No es obligatorio. Con esta premisa, cuestionar a una madre sobre su capacidad para alimentar a su  hijo no sólo es una falta de sentido común, sino que puede acabar con una lactancia perfectamente sana y funcional. Los casos reales en los que una mujer no tiene leche son raros y suelen deberse a motivos médicos, así que asumamos de una vez que el 98% de las hembras humanas del planeta están capacitadas para dar de mamar a sus hijos. Ya es chiripa que te topes justo con la que tiene un problema clínico sin diagnosticar… Respuesta que hay que dar a la vecina del quinto cuando te suelte una perla como esta: “Leche tengo a litros ¿quieres probar?”. Si te dice que sí, que se haga mirar lo suyo primero…
  2. “¿Otra vez está mamandoooooo? Pero si acaba de comer…”. Ya. Sí. Es lo que se conoce como lactancia a demanda. En otras palabras: dar teta al niño cada vez que la pide, sin mirar el reloj ni ponernos horarios, lo que significa que la cantinela de “cada tres horas y 15 minutos en cada pecho” no sirve. Por lo menos para la inmensa mayoría de los churumbeles. Un bebé puede tirarse una hora mamando sin problemas y volver a pedir teta 40 minutos después. Es normal. Es lógico. Está aprendiendo a succionar de forma eficiente y efectiva (luego 10 minutos le sobran y le bastan para sacar la ración que le corresponde). Si no se pone al niño al pecho cada vez lo que pide, la producción de leche, que se regula precisamente con la demanda, puede verse comprometida. Esta cuestión ha puesto fin a muchas lactancias de manera prematura así que, si la carnicera del super, tu suegra o la enfermera de pediatría (mismamente) se escandalizan por el hecho de que tu hijo se alimenta cuándo tiene hambre y no cuando “toca”, le dices: “Es que lo estoy cebando para convertirlo en luchador de sumo ¿no te has enterado de que es el deporte del futuro?”. Y te despides con una reverencia. Sayonara, baby.
  3. “Tienes que comer mucha miga de pan/leche/levadura de cerveza/pollo con patatas para tener más leche”. Hay miles de mitos sobre alimentos que, en teoría, estimulan la producción de leche en las madres, pero son solo eso: mitos. Da igual lo que comas, la leche que produzcas dependerá, como ya he dicho, de las veces que pongas al pecho a tu hijo: cuando más chupe, más leche habrá. Incluso en situaciones de emergencia, en las que las que la madre no puede alimentarse a sí misma de forma adecuada (como durante un conflicto bélico o en situaciones de hambruna), seguirá produciendo leche, sacada de sus reservas corporales, para dar de comer a su bebé. Solo una desnutrición severa acabaría por “secar” un pecho lactante. Ahora, si tu quieres beberte seis litros diarios de cerveza 0,0 por si las moscas, daño no te va a hacer.  Como mucho, harás más pis… En cuanto a la respuesta a semejante sugerencia gastronómica la mía fue: “Ah, ¿pero las galletas de chocolate no valeeeeen?”, dicha con los ojos llenos de inocencia angelical.
  4. “¿Aún le das el pecho? Pero si ya tiene seis meses…”. Un momento: no mezclemos churras con merinas. Parece que en cuanto un niño empieza con la alimentación complementaria hay que destetarle cagando virutas, como si ambas cosas fuesen incompatibles. Y no. La leche materna debe seguir siendo la base de su dieta, aunque ya coma otras cosas. Las lactancias prolongadas siguen siendo una rara avis, y parece que las madres que las practicamos tenemos que justificarnos por dar el pecho a niños con dientes (“es que come muy mal”, “no le gusta el biberón”, “la voy a destetar pronto”). Si alguien se escandalizaba por verme amamantar a Tulga con 12, 15 o 18 meses normalmente no contestaba, me limitaba a sonreir y a encogerme de hombros. Aunque alguna vez me quedé con ganas de soltar: “Le voy a dar teta hasta que vaya a la universidad, a ver si así evito que se de al calimotxo, ¿cómo lo ves?”.
  5. “Te está usando de chupete”. El pecho no sólo es alimento: es amor y consuelo, y sí, a veces un bebé o un niño mama por razones distintas al hambre o la sed. Pero eso no es malo. Es otra forma de calmar a nuestros hijos (igual que darles un chupete de verdad, de los de plástico, solo que este no se pierde, no se mancha y no hay que esterilizarlo). Si a la madre no le importa ¿por qué tiene que importarle a su prima la de Cuenca? En cuando la propietaria de la teta se canse, seguro que encuentra la forma de poner fin a ese “uso indebido” de su anatomía. Mientras tanto, la respuesta es: mis pezones son míos y los empleo como quiero.
  6. “A partir de cierta edad la leche materna ya no les alimenta”. Uffff. Si esto fuera verdad, mi hija no habría sobrevivido a su primera infancia porque ha habido temporadas (estando enferma sobre todo) en que la única cosa que aceptaba era mi teta. Y no me refiero a un día o dos, sino hasta a dos semanas enteras sin tomar otra cosa. Ni una galleta, ni un trozo de pan. Nada. Niente. La leche se va adaptando a las necesidades alimenticias del bebé, tanto durante la toma como a lo largo de tiempo, por eso al principio de la toma la leche es más clara, para calmar la sed, y al final es más espesa y grasa para llenar el buche. Nunca le digas a una madre que su leche ya no “vale”, “está aguada” o le hace “más mal que bien” a su hijo. Y si lo haces asume que la respuesta puede ser: “Lee un poco e infórmate del tema antes de abrir la boca”.

Y hasta aquí mi colección particular de mitos sobre la lactancia. Seguro que vosotras tenéis algunos más! Ahora solo os queda votar a nuestro equipo y echar una mano a Acción contra el Hambre y las personas que nos necesitan en la región del Sahel. Vamos, chicas, que esto es la leche!!!!!!

#bloguerasxlalactancia – Esto es la leche

Me acabo de unir a un equipo. De fútbol no. De madres ¿A qué mola? Sobre todo porque es por una buena causa. Mi capitana (¡susordenes!) es Mamá Bocachancla, una mujer extraordinaria con la que he descubierto que tengo mucho en común y a la que deseo todo éxito del mundo en esta campaña. Y es que cuantas más seamos, más podremos hacer. Os cuento:

La ONG Acción contra el Hambre y Madresfera se han unido en el proyecto “Blogueras por la lactancia”, una iniciativa en la que 15 equipos de blogueras lo darán todo con el objetivo de conseguir fondos para fomentar la lactancia y luchar contra la desnutrición en países del Sahel.

¿En qué consiste blogueras por la lactancia?

Muy fácil: durante los próximos dos meses (junio y julio)  15 equipos de blogueras –con el apoyo de Madresfera y Acción contra el Hambre– se retarán para ver quién recauda más fondos para:

  • Promover la lactancia materna exclusiva.
  • Recuperar lactancias abandonadas por situaciones de estrés postraumático en babytents (entornos creados para amamantar con tranquilidad y serenidad).
  • Mantenimiento de la lactancia aunque el niño esté enfermo.
  • Derribar mitos y falsas creencias sobre la lactancia y el hecho de amamantar.

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Nuestro equipo se llama: ¡ESTO ES LA LECHE! – #BloguerasxLaLactancia. Si quieres colaborar y, de paso, hacernos ganar el reto sólo tienes que pinchar aquí. Nos buscas, haces tu donativo (el que puedas o quieras) y ya está ¡Los niños (y las madres) de esta zona deprimida de África te lo agradecerán!

Ah, y si quieres cotillear, las otras integrantes del equipo son:

 

¡Vamos, chicas, que esto es la leche!

 

 

“Te vas a hacer un estropicio” y otras perlas de madre

Lo confieso: a veces empleo con mis hijas el tipo de frases lapidarias que antes de ser madre jamás pensé usaría ¿Alguna vez, en vuestro lejano pasado prematernal  dijisteis “nunca voy a hacer/decir/dejar de hacer lo que sea cuando los churumbeles lleguen a mi vida? Yo sí, y ahora la vida me ha dado un “zasca” en toda la cara, por bocachancla.

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Mira, este “Zasca” no lo había pensado…

Y es que el otro día me sorprendí a mi misma gritándole a la Mayor, con un montón de exclamaciones y otros signos de puntuación, la siguiente perla del mar Caribe: “¡¡¡¡¡DÉJATE YA LA COSTRA DE LA RODILLA QUE TE VAS A HACER UN ESTROPICIO!!!!!!”. A ver, a ver. Un poco de calma ¿En serio semejante sentencia ha salido de mis labios? ¿Un estropicio? Por favor…

Tras aquel episodio, decidí hacer un repaso mental a todas esas frases que siendo niña escuché una y mil veces de mi madre y que juré que jamás, never, en los días de mi vida, emplearía con mis propios hijos…. Ains, lo que hace el desconocimiento de causa….

  1. En el número 5 está la celebérrima: “Ponte la chaqueta que vas a coger frío”. Para empezar, el frío no se coge, por Dios. No  es un bolígrafo que se te han caído al suelo. El frío está ahí, sin más, jodiendo la marrana, en el ambiente y lo vas a notar aunque no hagas el más mínimo esfuerzo por “cogerlo”. En segundo lugar, puede que tú estés sentada en un banco e o hasta apoyada en el tronco de un árbol controlando el percal, pero es casi seguro al 100 por 100 que la criatura de tus entretelas, a la que quieres encasquetarle la chaqueta en cuestión, está sudando como un pollo y al borde del colapso. Frío no tiene, por lo menos mientras sus pulsaciones no bajen un poco. Así que be water my friend. Hasta aquí la teoría ¿Qué hago yo? PUES PONERLES LA CHAQUETA. Para que no me cojan frío, eso sí.
  2. En cuarto lugar, y dicha con cierto tiembre de mala leche, se encuentra la frase: “¿Cómo que no está? Como vaya para allá y lo encuentre os vais a enterar”. Los objetos parecen tener la extraña capacidad de esconderse de los niños (y a veces, de los padres) que los buscan, casi hasta el punto de hacerme sospechar que poseen aviesas intenciones. Basta que tengas un poco de prisa para que nadie, repito, NADIE, encuentre por ninguna parte las llaves del coche, el calcetín izquierdo o la mochila de la guardería. Ya puedes tener a un regimiento de la Guarda Civil y al CSI Miami peinando tu casa que lo que sea que necesites no va a aparecer hasta que TÚ en persona vayas a buscarlo. Debe ser una habilidad que surge de manera espontánea cuando te conviertes en madre, porque sino no lo entiendo.
  3. Si os soy sincera nunca pensé que la frase que ocupa el tercer puesto saldría por mi boca, pero me he sorprendido oyendomela a mi misma en más de una ocasión: “Terminate la leche que estás creciendo”. Ay, Virgen Santa ¿pero tú te escuchas, mujer? ¿Qué pasa? ¿Que si la Mayor se deja un culín de leche en el baso va a empezar a menguar? Que parece que los mililitros de leche ingeridos son directamente proporcionales a los centímetros que va a crecer ese mes ¡Relájate! ¡Dale un margen de maniobra! ¡No le sueltes esa perla!… aunque, bueno, si se toma la leche mejor, ¿no?
  4. La medalla de plata de este ranking de frases absurdas es todo un clásico, hasta el punto de que las Maris tienen un blog con un título similar (si no lo conoces, pincha aquí, que es de mucho molar): me refiero, como no podía ser de otra forma, a ” ¡Ni peros, ni peras!”. Esto es algo que dice toda madre del Multiverso cuando: a) está hasta el moño de dar razones por las que es imposible seguir comiendo galletas o b) se ha quedado sin argumentos válidos para NO ir al parque. Tengo que aclarar que la frase en cuestión puede variar un poco en función de la madre y el momento. Basta con cambiar el género de la última palabra empleada por nuestro querubín para que tenga el mismo peso que la original. Por ejemplo: “Ni mamá ni memé”, “ni vengo ni venga”, “ni poco ni poca”, y así hasta el infinito. Creo que solo una palabra terminada en consonante nos podría hacer parar… O no. Que no hay que subestimar la desesperación de una progenitora en estos casos.
  5. Y ya para terminar, el Chanel nº 5 de las frases maternales, aquella que me juré por mis muelas que no formaría parte de mi vocabulario, el: “Porque lo digo yo”. A ver, no es que recurra a esta sentencia todos los días, pero tengo que confesar, que en estos cuatro años y medio de maternidad se me ha escapado en más de una ocasión. Me suena taaaaaaaaaaaan mal, que cuando me oigo a mi misma con la cantinela, en seguida reculo y acabo dando más explicaciones de las que habría dado en un primer momento. Soy así de boba. Pero es que si no soy capaz de derrotar en un enfrentamiento dialéctico a una niña de cuatro años ¿qué cojones va a ser mi cuando tenga 17? Me va a comer por una pata. Lo estoy viendo. Por eso me estoy entrenando, para cuando me toque explicar por qué NO va a ir al Pingüinos con el Richar en su moto, vestida de cuero y con mi tarjeta de crédito…

¿Y vosotras? ¿Algún otro clásico que añadir?

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