Miedo a todo

Mis hijas nunca han sido cobardes. De hecho, si pecan de algo, es precisamente de lo contrario: de ser muy echás pa’lante. Sin embargo, desde hace un par de semanas Tulga le tiene miedo a todo, y cuando digo a todo, quiero decir A-T-O-D-O. Es verdad que en su escala de pavor hay prioridades, sutilmente diferenciadas por la fuerza con la que se agarra a mi pierna, pero en general mi existencia se ha convertido en un sinvivir constante… Os cuento:

De un tiempo a esta parte, la Pequeña ha desarrollado un miedo atroz a cualquier ruido fuerte, desde la batidora al cortacesped. Da igual que antes fuera capaz de subirse a la aspiradora y jugar al arre caballito mientras yo me deshacía de los pelos del chucho pegados a la alfombra. Ahora es escuchar el más ligero barullo y ponerse a gritar como si la estuvieran despellejando. La cosa sería más o menos controlable si no fuera porque el espectáculo lo monta donde sea: en la piscina, en el parque, en medio del supermercado… Oye una sirena y se pone frenética, y ahí estás tú, con un gremlin desesperado colgado del cuello, dando patadas y mordiscos a diestro y siniestro, mientras con el rabillo del ojo vigilas que la Mayor no se ahogue al tirarse al agua sin manguitos y te contorsionas como una serpiente en un esfuerzo vano de que no se te baje el bañador. Y claro, todo esto, con un miniser que no admite explicaciones ni justificaciones, y al que le importa tres pepinos y un pimiento morrón si el limpiahojas del jardinero es inofensivo o un discípulo de Satán… La única solución es desconectar lo que la altera si está en nuestra mano y si no, alejarnos cuanto sea posible del origen del estruendo.

Otra cosa que la aterra son los coches y las motos, aunque puede que yo tenga la culpa de esta fobia repentina. Al vivir en la urbanización de un pueblo minúsculo, donde el concepto de tráfico denso se traduce en uno o dos coches a la hora y, quizá, un tractor en prácticas, cuando vamos a la ciudad me pongo de los nervios cada vez que las niñas se acercan a un paso de cebra o a un semáforo en rojo. “PÁRATE AHÍ!!!! NO CRUCES!!!! DAME LA MANO!!!! CUIDADO QUE PASAN COCHES!!!”. Lo reconozco. Se me va la olla. Pero en los últimos días cada vez que Tulga ve un vehículo a motor es capaz de trepar por mi pierna a la velocidad del rayo, que ni el mismísimo Juanito Oiarzabal hace cumbre con la rapidez de esta canija, oye. El resultado es un lloriqueo constante y la petición continua de refugiarse en mis brazos, cosa que con sus casi dos años me resulta cada vez más difícil y cansado. Vamos, que no puedo con ella y eso que sigue siendo peso plumón-de-mochuelo, porque su hermana a su edad podría haber pasado por lanzadora de jabalina olímpica… Dado que no puedo convencer a la humanidad de que aparque el coche y vaya andando, he iniciado un laborioso proceso de reeducación consistente en convertirla en fan de Fitipaldi y amiga de Carlos Sainz (padre o hijo, me da igual). Ya veremos si lo consigo…

En tercer lugar es incapaz de acercarse a una persona vestida de blanco, sea pediatra, enfermera, dentista, limpiadora o técnico nuclear. Lo suyo es acción-reacción: bata blanca y berrinche al canto. Y además me mira a mí de forma acusadora, como si fuera culpa mía la indumentaria del desconocido, en plan: “Mamá, me has puesto delante a gente de poca confianza, así que ahora apechuga con las consecuencias”. Si para llevarla el otro día al centro de salud casi tengo que anestesiarla…

Para terminar a Tulga tampoco le gustan los bichos: ni caracoles, ni ranas, ni mariposas… y me escama, porque hace nada la sorprendí jugando con un par de lombrices del huerto, que no se comió de puro milagro, y ahora se echa a llorar si se cruza con una mariquita. Ampliando un poco el espectro, tampoco le entusiasman los pájaros (vistos de cerca, tipo paloma de plaza que te persigue en busca de pan. Los del cielo le molan mogollón), los gatos o los perros. Esto último me resulta incomprensible porque vive con una perra de tamaño más que considerable desde el día que nació, y a ella es capaz de tirarle de los bigotes y meterle la mano en la boca sin pestañear. Sin embargo, si ve en lontananza un chucho esmirriao, como un chiguagua o un yorkshire con su lacito en el pelo aprieta a correr hasta poner dos o tres kilómetros de por medio. Que yo pienso: “¿Acabas de arrancarle un mechón de pelos a un pastor alemán y ahora te cagas viva por esto? Venga hombre…”, pero al igual que con los ruidos cualquier razonamiento es inútil. Los “no pasa nada”, “no muerde” o “mira, mamá lo toca”, no sirven con alguien que (aún) es más irracional e instintivo que lógico y mesurado.

Sé que es  solo una fase, y que pronto pasará, lo que no quita que resulte agotador. Así que si alguien tiene experiencia en fenómenos similares y ha dado con la fórmula mágica para solucionarlos, que no sea rata y la comparta… ¡Porfiplis!

 

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Peregrinar a Lourdes

Sólo me falta eso. Lo juro. Porque después de cinco días intentando marcar una cita con la pediatra de mis hijas aún no lo he conseguido. Os pongo en antecedentes:

Tulga lleva dos semanas con diarrea. Alaaaaa, diréis algunas. Pero, ¿por qué no la has llevado antes al médico? Pues porque si me atrevo a molestar al personal sanitario por una simple gastroenteritis, además de perder media mañana, sólo voy a conseguir una bronca del copón y la recomendación de hidratar bien a la niña, cosa que ya estoy haciendo. Así que, decidí esperar a que se le pasara “solo”. Siete días después, en vista del éxito, y de que aquello no tenía pinta de virus (la niña tiene apetito, está activa, no tiene fiebre, no vomita. Solo se me descaga viva) el viernes pedí cita por internet. Primer error. Tenía que haber llamado directamente por teléfono, pero claro, yo no sabía lo que se me venía en cima y una en su santa inocencia siguió el protocolo habitual. El sistema daba error todo el rato: metías los datos, elegías la fecha, elegías la hora, pero al darle al ok, salía un cartel diciendo sucintamente “servicio no disponible”. De nuevo, porque soy bien pensada y tiendo a considerar al mundo entero bueno por naturaleza, di por sentado que era un problema puntual y opté por esperar al día siguiente y probar de nuevo.
En el entreacto la Mayor tuvo a bien ponerse a tiritar el sábado por la noche y desarrollar una fiebre inexplicable, por eso de darle emoción al asunto. Vale. No pasa nada. Mato dos pájaro de un tiro. Me las llevo a las dos y que les den un repaso. Más intentos fallidos por internet. El fin de semana no atienden al teléfono, hay que esperar al lunes. Bueno, tampoco es para tanto.
Antes de seguir tengo que decir que el sistema de salud público del pueblo en el que vivo requiere realizar un máster de dos años con prácticas en el extranjero para pillarle el tranquillo. Os doy un curso acelerado. Digamos que vivo en Colmenarejo el Pobre,  justo al lado del Colmenarejo el Rico. Mi médico de cabecera está allí, pero la pediatra de las niñas está en el otro pueblo. Ambos ambulatorios, a su vez, dependen del centro de salud de Villapepino, ciudad sita a unos 15 kilómetros de Villapomelo, y es a ese centro al que tenemos que acudir para realizar las analíticas y cualquier consulta de urgencias, así como las visitas a la matrona. Eso sí: las urgencias pediátricas o de lactantes menores de 6 meses, directamente a pediatría del hospital comarcal, para ponértelo fácil ¿Os ha quedado claro? Ya. A mi tampoco. El caso es que el lunes a primera hora volví a llamar al ambulatorio de Colmenajero el Rico sin conseguir nada. El teléfono sonaba y sonaba sin que nadie lo atendiera y la web continuaba sin permitirme operar. Como soy una mujer de recursos, busqué el número del centro”madre” de Villapepino y allí sí, a la tercera, conseguí hablar con una dulce señorita que me informó que mi pediatra estaba de vacaciones hasta septiembre y , como no había recursos para enviar un sustituto, el ambulatorio permanecería cerrado hasta su vuelta. Con un par. “Pero yo tengo a las niñas malas, ¿dónde las llevo?”, pregunté con hilillo de voz. “Ah, no se preocupe dígame los nombres que le doy cita para pediatría en Villapomelo”. Anoté la hora, las 9:20 del día siguiente y lo di por hecho. Segundo error.

El martes, a las nueve menos cinco, las niñas y yo entrábamos en el centro de salud de Villapepino. Suelo llegar antes de la hora, porque si alguien falla, llaman al siguiente y tenía la loca esperanza de poder colarme y no aterrizar demasiado tarde en el trabajo. Esperamos un buen rato,  con mis gremlis corriendo por todos lados y cagándose (literalmente) a pares. La verdad es que no lo estaba llevando mal del todo hasta la pediatra llegó por fin a su consulta y empezó a llamar a la peña. Pasaron por delante cuatro niños y a las 9:45 nos quedamos las tres solas en la sala de espera. “Bah, ahora sí. Ahora ya nos llaman”, pensé yo. Pero no. Salió la enfermera y preguntó por un tal José Carlos, que evidentemente no estaba y luego volvió a meterse en su garita sin más. Esperé otros cinco minutos y al final, ya con la mosca detrás de la oreja, decidí llamar y entrar en el despacho. “Oiga teníamos cita a las 9:20”. Resoplido. “A ver cómo se llaman”. Se lo digo. “No están en la lista” “¿Cómo que no? Pero si llamé ayer por teléfono y me dieron cita para ambas” “Pues no están, mira” y me enseña la pantalla del ordenador. En ese momento, a la pediatra se le encendió la bombilla y me preguntó “Pero tú, ¿vienes a consulta o a revisión?” “A consulta” “Ah, pues entonces no. Ahora solo hay revisiones, las consultas son en Villapomelo”. A mi se me quedó cara de Chiquito de la Calzada “¿¿¿¿¿Comoooooooor??????” “Sí, mira esto es Villapepino (por si no te has dado cuenta), como está cerrado el chiringo de Colmenarejo el Rico, han concentrado las consultas una semana allí y otra aquí y esta semana toca allí” “Pero, pero…” “Nada, vete a Villapomelo y, si no tienen mucha gente, a lo mejor te atienden aunque se te haya pasado la cita”.

Justo en ese segundo, a las 10:04 de la mañana del martes, se me pasó el pasmo y me entró el cabreo.

“Vamos a ver, ¿me está diciendo que tengo que ir de peregrinaje con estas dos al quinto pino a ver si, por casualidad, dentro de un par de horas nos atienden? Pero si aquí no hay nadie …” “Ya, lo que pasa es que ahora solo hay revisiones. Ve a Villapomelo” “Pues va a ser que no, hermosa, porque hace una hora que tendría que estar en el trabajo y no voy a seguir paseándome por toda la provincia a ver si suena la flauta” y con un “Me cago en la Puta de Bastos”, dicho por lo bajini, cogí a mis hijas, las metí en el coche y nos largamos cagando virutas.

Que sí. Que la culpa es mía, por haber oído “Villa…” y no fijarme si era “pepino” o “pomelo”, pero todo el proceso resulta tan kafkiano que mientras conducía de vuelta me dio la llorera de pura impotencia. Sé que el sistema de salud está saturado, que ha sufrido recortes, que no se cubren las bajas y que falta material y mano de obra, pero si al final tengo que ir a urgencias del hospital con algunas de mis hijas el coste será todavía mayor para la seguridad social. Y todo, absolutamente todo, se podría haber arreglado con un poco de buena voluntad por parte de alguien: del político que decide no dejar sin atención primaria a un montón de niños durante mes y medio cubriendo las vacaciones de mi pediatra, la dirección del centro de salud advirtiendo a los usuarios con un poco de antelación de la situación (En serio. Me hubiese bastado con un simple cartel pegado en la puerta), la pediatra de Villapepino atendiendo a mis hijas en su consulta vacía o, por lo menos, llamando al ambulatorio de Villapomelo para asegurarse de que nos reciberan…. Algo. Lo que fuese. Pero no.

Y repito que la culpa es mía por no anotar bien el nombre. Por ni si quiera imaginarme que podría haber una cuarta ciudad implicada en la ecuación de nuestra rutina de salud. Que parece mentira.

Así que al final he vuelto a llamar y tengo cita para mañana a las 9:50. La Mayor ya no tiene fiebre, pero Tulga aún se va de bareta, así que la llevaré a ella.

Y luego, me iré a Lourdes.

 

 

No parece que seas madre

Así, tal cual. Fue lo primero que soltó una antigua compañera de trabajo que llevaba una buena temporada sin verme al encontrarnos esta mañana. “Si es que estás muy delgada”, añadió a modo de explicación. Yo le dediqué una sonrisa congelada y me apresuré a cambiar de tema. Pa qué liarla, pensé para mí. Y así transcurrió la mañana.
Sin embargo, por la noche, tras un largo día poniendo lavadoras, haciendo camas, recogiendo juguetes y limpiando culos, me detuve dos segundos delante del espejo y me cabreé. Como una mona. Por que, vamos a ver: ¿dónde cojones está grabado en piedra el estereotipo físico de la maternidad? ¿Por qué nos torturan (y nos torturamos) con unos ideales de belleza imposibles, solo al alcance del photoshop?

venus frente

La Venus de Willendorf, o según mi compañera, yo después de dos partos

Estoy flaca. Mucho. Quizá hasta el exceso. Y además, tras dos lactancias que suman juntas dos largos años y medio mis pechos son ahora inexistentes, ridículos, con pezones diminutos y arrugados. Vamos, que da pena verlos. A pesar de mi delgadez (me puedo contar las costillas una a una y pellizcarme el hueso del esternón sin demasiado esfuerzo), tengo celulitis en los muslos y en el culo y el vientre fláccido y con medio metro de piel sobrante. Ya puedo hincharme a hacer abdominales, hipopresivos o el pino puente con las orejas, que o paso por el quirófano o eso va a seguir ahí hasta el fin de los tiempos. Con un vestido disimulo, pero en bikini no hay por dónde cogerme. Y desnuda ni te cuento. Y, a pesar de todo, soy madre. Tengo dos hijas hermosas y lozanas, de piel morena y pelo rubio, como princesas indias, que pululan las 24 horas del día a mi alrededor.

Y también es madre mi vecina que no esconde la barriga plagada de estrías tras su primer embarazo. O mi amiga que engordó 20 kilos con el segundo y sigue con 10 puestos encima un año después. O aquella otra a la que dejaron el suelo pélvico hecho unos zorros por una mala praxis y todavía lucha contra las pérdidas de orina. Y la Pataky que en dos semanas ni se notaba que había parido mellizos. Todas somos madres, tengamos el aspecto que tengamos, y las marcas, las secuelas o el cuerpo de diosa griega naciendo de una concha en el océano que se nos haya quedado es lo de menos. Yo me cuido poco, lo justo, aunque en breve retomaré el yoga y el gimnasio, pero intento comer bien, me muevo mucho (correr detrás de dos niñas debería considerarse deporte olímpico) y trabajo todos los días (sí, aún no me he ido de vacaciones ¿se nota?). Me gusta predicar con el ejemplo y en casa hay mucha fruta, verdura, yogures y repostería casera cuando el tiempo lo permite. A pesar de ello estoy delgada. Y tengo defectos. Y no necesito que nadie me diga que no parece que soy madre.

Padres helicóptero

El otro día alguien me pasó un vídeo de Carles Capdebila, de Educar con Humor, en el que hablaba de las cosas que le habían enseñado sus hijos en los últimos 20 años.

Hubo algo que me llamó especialmente la atención, más que nada porque hasta ahora no le había puesto nombre, aunque sin duda lo había visto en vivo y en directo en más de una ocasión: los padres helicóptero. Por si hay alguna tan apampanada como yo en esto de la maternidad, diré que se trata de un espécimen bastante habitual en todos los ámbitos, aunque su presencia se multiplica a medida que los niños se hacen mayores. O sea, que hay más padres helicópteros con críos de 7 años que con bebés de 7 meses ¿Y qué son exactamente, os preguntaréis? Pues padres dispuestos a librar todas las batallas de sus hijos, y además a hacerlo en plan Rambo: sin que quede nadie vivo para contarlo…

Os pongo un par de ejemplos:

  • Situación: parque infantil. Tarde de primavera. Protagonistas: cinco o seis niños con edades comprendidas entre los 3 y los 10 años. Hecho: Uno de los niños le quita al otro un juguete (de quién fuera el susodicho juguete o si estaba siendo usado o no por su legítimo dueño es lo de menos). Lo que hago yo: si la sangre no llega al río, dejo que mi Mayor se apañe la vida y dirima a su manera la posesión del objeto. Si la cosa se pone fea, y valorando los datos circunstanciales, le digo a mi hija que a) comparta el juguete, b) se lo devuelva a su dueño o c) nosvamosacasayamismosiseguísasílosdosypunto! (esta última es mi favorita). Lo que hace un padre helicóptero: ir hasta donde están los niños, quitarle directamente el juguete al que lo tenga, dárselo a su hijo, reñir a todos los críos del parque (tuvieran o no algo que ver en el drama en cuestión) y luego reñir a los padres por no meter en cintura a unos delincuentes juveniles en potencia. Hombre ya. En casos extremos, sobre todo si el juguete es suyo y la injusticia manifiesta, el padre helicóptero puede incluso dar por terminada la sesión de parque y marcharse todo indignado con su hijo (y el juguete).
  • Situación: partido de fútbol/carrera de obstáculos/actuación de fin de curso. Protagonistas: todos los niños apuntados a esa actividad. Hecho: el hijo del padre helicóptero mete un gol y se lo anulan/pierde la carrera porque se tropieza con una valla y/o compañero/no canta bien porque los otros niños le distraen o le quitan protagonismo. Lo que yo hago: consolar como buenamente puedo a mi hija, que además tiene muy mal perder y se lo toma a la tremenda. Decirle que lo importa es jugar y divertirse y que ya ganará (o se lucirá) la próxima vez. Lo que hace un padre helicóptero: pelearse con el arbitro, el entrenador, la profesora y hasta el director del colegio para que su churumbel no se quede sin celebrar ese gol, ganar esa carrera o despuntar en Brodway. Si para ello tiene que pisotear, insultar o tratar de mala manera a quien haga falta, lo hace. Porque su hijo, por si no lo habéis notado, es el más mejor: el más listo, el más rápido, el más alto y, por supuesto, el más guapo del mundo mundial y parte del extranjero.

Estas son sólo dos situaciones en las que un padre helicóptero puede tocarte las narices personalmente, pero en esferas más privadas, también tienen lo suyo: harán siempre los deberes de sus hijos, por su puesto, sin contar con su participación o ayuda (“quita, quita, que lo haces mal. Déjame a mi”) porque sus manualidades tienen que ser perfectas, sin una lentejuela o pegatina fuera de sitio; si el chiquillo va de excursión con el cole le hará un tercer grado a la profesora y al resto de madres para asegurarse de que a su hijo no le falte nada, aunque ello implique llevar la mochila llena hasta los topes (en vez de un bocadillo, le pondrá dos y un par de zumos por si uno se le pierde o se le cae o se lo quitan que hay mucho malandrín suelto. Y una muda de ropa, y tres chaquetas de distinto grosor y dos botellas de agua… Y no te digo si además es alérgico o intolerante a alguna sustancia, porque entonces, es posible que necesite un serpa para que le acompañe a la granja escuela). Al final de curso, los reconoceréis porque intentarán averiguar de forma más o menos discreta si algún niño ha sacado mejores notas que el suyo, alardeando siempre de los logros de su descendiente como si en vez del boletín de primero de infantil, acabaran de darle el Premio Nobel. Por otra parte, su hijo nunca, repito, NUNCA, será responsable de NADA. Si ha pegado a otro niño, será un error, una mentira cruel y absurda del supuesto agredido por puros celos de su angelito. Si ha suspendido una asignatura es sin duda que el profesor le tiene manía, porque como destaca tanto, le quiere hundir en la miseria. Si se pone enfermo se debe a que alguna malamadre ha llevado a su hijo al cole en mal estado, exponiendo a su churumbel poco menos que al ébola, y así suma y sigue.

Todo esto me lleva a pensar que, o yo soy una madre desnaturalizada, que deja que sus hijas campen a sus anchas por los parques y jardines de la ciudad, sin ningún tipo de control ni vigilancia o realmente hay gente que se agobia en extremo. Dicho lo cual, afirmo aquí y ahora, que el próximo día de San Patricio que toque celebrar, la Mayor volverá a llevar un lazo verde comprado el día de antes en el chino y no una compleja manualidad, a base goma eva y mil abalorios de tres tonalidades de verde distintas, por la sencilla razón de que prefiero pasar la noche durmiendo y las tardes jugando, en vez de de tricotando. Y si algún padre helicóptero tiene algo que decir en el grupo de wasap que se lo ahorre.

Gestión de crisis II

A veces, cuando termina el día, me siento (o me desplomo) en el sofá y me digo: “Olé tú, hermosa. A este ritmo te van a nombrar casco azul honoraria con extraplusquetecagas en resolución de conflictos”. Luego me quedo frita, of course, con la boca abierta y la babilla colgando, lo que le resta heroicidad a la pose (en especial si compartes el susodicho sofá con tres muñecas, media docena de platos y cucharas de juguete y una pelota de Peppa Pig rebozada en caramelo). El caso es que la maternidad te da muchas alegrías y todo lo que quieras, pero hay momentos, amigas, en los que a una le apetecería estar en cualquier otro sitio, mayormente en el Caribe, en vez de donde se encuentra en ese momento. Os pongo tres ejemplos:

  1. El pasado invierno una amiga decidió enviarme un paquete para las niñas ¡Qué bien! ¡Qué emoción! El problema es que yo trabajo por las mañanas – que es cuando pasa el cartero – y en vez de un paquete, lo que me dejó en el buzón fue un aviso para que fuera a correos. “Sin problemas”, pensé, “Tampoco puede ser tan difícil”. Yo no lo sabía, pero en ese momento, el Destino se estaba preparando un bol de palomitas, dispuesto a descojonarse de risa un rato. Por bocachancla. Montamos una pequeña excursión familiar para ir a correos: el costillo, yo, las niñas,el perro y el carrito, todos en el coche para cubrir los 12 kilómetros que separan el pueblo de la ciudad. Aparcamos dónde pudimos (bien lejos, por cierto) y mientras mi marido se llevaba al perro a dar un paseo con un amigo, yo fui con mis hijas a correos. Primer error. No recordaba que la entrada de mi oficina tenía un magnífico tramo de escaleras, sin rampa ni nada que se le pareciera, que me hizo sentir como en el cuento del granjero que quería cruzar el río en una barca con un lobo, una gallina y un saco maíz… ¿Cómo cojones lo hago sin que se me coman la una a la otra? Le dije a la Mayor que subiera, bajé a la Pequeña del carrito, subí el carrito, y luego regresé por Tulga que empezaba a llorar con desconsuelo. Bueno, ya está, les aseguré, vamos a coger el paquete y nos vamos al parque. Despiporre general. Algarabía. Y entonces, tras la espera pertinente, me dan el paquete. Segundo error. Aquello no había por dónde cogerlo. Medía un metro y medio de largo y unos cincuenta centímetros de ancho (las niñas han usado la caja hasta antes de ayer como avión/barco/coche de carreras. No digo más). Ni haciendo un tetris digno de Gasparov podía meter semejante bulto en la rejilla del carrito, y puesto que no pesaba, decidí que lo mejor era engancharlo por un costado a la presilla de la bolsa y tirar de él como buenamente pudiera. Ahora solo quedaba bajar la escalera: niña, carrito, paquete, niña… Ale. Vamos al parque. Pero no iban a ponermelo fácil. La Pequeña quería ir caminando como su hermana y como yo no podía controlarla con los coches, los semáforos y el paquete, me negué a bajarla. Qué bastante tenía ya. Montó un pollo del 14, llorando a grito pelado por toda la calle, mientras arrastraba mi impedimenta como podía por las cuestas llenas de baches camino del parque. Para colmo un par de señoras de cierta edad  me paran en mitad de la acera y me dicen muy serias: “Oye, el niño (cambio de género garantizado con mi pelona) está llorando, ¿lo sabías?” ¡¡¡¡¡Pues claro!!!!!! No estoy sorda ¿Pero qué mierdas os pensáis? Por fin llegamos al parque, un lugar amplio, despejado, con cienes y cienes de columpios y otras maquinarias del infierno pensadas para la distracción y descalabre de los más pequeños y yo, sudando la gota gorda, solté a las fieras esperando encontrar cinco minutos de paz. Ni de coña, claro. Nada más poner los pies en el suelo de goma, la Mayor me miró muy seria y declaró: “Mamá, quiero hacer caca” ¡Mierda! (nunca mejor dicho) ¿Y qué rayos hago yo ahora? Miré a mi alrededor y sólo vi a un montón de niños con sus padres dando saltos en una explanada limpia y sin un arbusto tras el que resguardarse. De pronto recordé que a la entrada había uno de esos baños públicos que funcionan con una moneda de 20 céntimos y que parecen un módulo de la Estación Espacial Internacional caído a la tierra. Volví a meter a Tulga en el carrito (que se resistió cual anguila eléctrica), enganché el dichoso paquete y eché a corre con la Mayor en dirección al váter. Tercer error. No sé si habéis usado alguna vez este tipo de instalaciones, pero una vez que echas el duro y se abre la puerta, ésta se cierra automáticamente tras de ti, encendiendo las luces y dando intimidad al usuario. Por su puesto, yo no podía dejar sola a mi hija de cuatro años recién cumplidos en aquel chisme, sobre todo ¡porque después no iba a saber salir! Así que haciendo auténticos juegos malabares, logré trabar la puerta con el paquete, aparcar el carrito (del que Tulga se las había ingeniado para escurrirse) y meter dentro (a oscuras) a la Mayor para que hiciera “de vientre”, como dicen las abuelas. Cuando media hora después apareció el padre de las criaturas con el perro y su amigo estuve a punto de desmayarme de la emoción…
  2. Antes de pasar al segundo episodio quiero dejar constancia de mi rutina diaria, eso que hago de lunes a viernes, a veces medio dormida y sin prestar demasiada atención a los detalles. Salgo de casa a las 8 de mañana, dejo a la Pequeña en la guardería del pueblo y enfilo la autovía con la Mayor hasta la ciudad. Dejamos el coche en un parking concertado con mi empresa, que está a unos 12 minutos andando del colegio de mi hija y donde no suele haber problemas de plaza, al menos que llegues pasadas las 10, cuando cuelgan el cartel de “completo”. Como los niños de infantil salen a las 13:50 y a mi no me da tiempo a llegar, la madre de otro niño recoge a mi princesa y me espera los minutos que hagan falta en la puerta del colegio. Además, porque ella es así de simpática y agradable, nos ahorra el paseo hasta el parking y nos acerca en su coche ¿Fácil, no? El problema viene cuando, por cualquier motivo, una se sale de la línea… Y siendo madre te acabas saliendo sí o sí. Aquel día se nos hizo tarde porque teníamos cita con la pediatra a primera hora y cuando quisimos llegar a la ciudad eran cerca de las 10. Para no atrasar más la cosa, y consciente de que ir al parking a aquellas horas era un viaje perdido, decidí dejar el coche al lado del cole, en zona azul. Puse todas las monedas que tenía en el parquímetro, dejé a la niña en clase pidiendo mil disculpas a la profesora por interrumpirla y corrí (literalmente) hasta mi despacho. “Vale, guapa, recuerda que dentro de dos horas tienes que ir a echar otro par de euros en el chistófano”, me dije mientras encendía el ordenador. Y eso fue todo ¿Os acordasteis vosotras? Ya. Pues yo tampoco. A las dos, flotando feliz en mi inercia, fui a buscar a la Mayor, que hacía carreras con el hijo de mi amiga en un parque cercano, nos subimos en su coche y nos bajamos en el parking contentas y felices. Sin embargo, cuando fui a echar mano del tiquet para pagar no lo encontré por ningún lado. Me salí de la fila, puse el bolso bocabajo y a punto estuve de ir hasta el coche a ver si lo había olvidado dentro. Justo entonces, mientras llamaba al ascensor, me acordé ¡La zona azul! Me cago en mi puta calavera… Llevé a la Mayor al trote de vuelta al colegio, mientras ella preguntaba cada dos pasos: “Pero mamá, ¿por qué volvemos? Si ya se han ido todos los niños…”. Y sí: allí estaba. Mi coche. Y la multa, claro. Una multa que me cascaron, por lo que pude leer, por 10 míseros minutos. Porca miseria
  3. Y ya para terminar quiero contaros mi última mañana de lunes. El primer día de la semana ya de por sí suele ser estresante pero este se ha coronado por todo lo alto. Tengo que decir que mis suegros están en casa, de visita, lo que altera ligeramente nuestras rutinas (entre otras cosas porque el cuarto de invitados suele estar colonizado por la plancha y tres montañas de juguetes que ahora se encuentran apiñados en los espacios más inverosímiles). Todo empezó a las 6:30 de la mañana, así, con alegría, cuando Tulga decidió que ya había dormido bastante y que lo sentía mucho si yo opinaba lo contrario. Bastante mosqueada me levanté de la cama, le cambié el pañal y me desnudé para meterme en la ducha. Nada más salir, y todavía en pelota picada, mi hija la Pequeña se empeñó en hacer pis en el váter. Vale. No hay problema, ponte aquí corazón… Pero no. Tenía que ser en el baño del pasillo, en el que usan mis suegros, y allí que fue con el culo al aire, mientras yo la perseguía como mi madre me trajo al mundo y chorreando agua. Joder. Ahora solo falta que se levante mi suegro… Recurriendo casi a una llave de yudo, logré ponerle de nuevo el pañal y aproveché un despiste para terminar de secarme y encasquetarme la ropa interior. Acababa de meter el dedo en el bote de crema cuando apareció la Mayor con los ojos legañosos. La envié al baño a hacer pis mientras Tulga se subía al regazo de su padre, despierto con tanto jolgorio y le obligaba a sentarse en la cama de su hermana, para leer un cuento. Venga. Bah. Esta es la buena, pensé, ahora puedo vestirme… Pero no. La Mayor volvió del baño desnuda de cintura para abajo y con cara compungida. Debía ser el Día Internacional del nudismo y yo sin enterarme…. “¿Qué te pasa, cariño?” “Que me he hecho pipí en el pijama…” “Pero ¿dónde? ¿Camino del baño?” “No en la cama…”. Volé a su cuarto, levanté a padre e hija y tiré con fuerza del edredón para descubrir que sí, que efectivamente, se había meado en la cama. Bueno, calma. Quité las sábanas, vestí a la Mayor, terminé de vestir a la Pequeña y al volver al dormitorio descubrí que mi marido se había encerrado en nuestro baño. Olé tú. Bajamos a desayunar, yo sin peinar y a medio encremar, y con una mala leche que me la pisaba. No había dado ni medio mordisco a la magdalena cuando Tulga se levantó, se quitó (OTRA VEZ) el pañal y corrió al baño al grito de “Cacaaaaa”. Fui con ella, claro, para asegurarme de que no metía el vestido en el orinal más que nada, y tras 10 minutos de reloj sentada allí, canturreando con alegría, dijo: “No sale” y se levantó. Fui a buscar un pañal limpio. Tardé 5 segundos. Puede que cuatro. Y cuando volví se había hecho caca en el suelo. Como además está superestreñida aquello era un conjunto de bolitas duras como piedras, desperdigadas por todos lados, ante cuya visión mi Mayor exclamó: “Mira mamá, Tulga ha cagado aceitunas!!!!!”. Yo no sabía si reírme o llorar. Si es que para mi el trabajo es un remanso de paz…

Lo dicho. Me van a hacer Casco Azul honoraria. Con máster en resolución de conflictos. Y si no, al tiempo…

Lo que perdiste en el camino… — Princesas y Princesos

 

Es la primera vez que comparto el post de otra persona. Pero hoy, hace dos años, habría nacido el bebé que perdí.

Hoy.

Ahora.

Deberíamos estar soplando las velas…

Al leer a Princesas y Princesos se me saltaron las lágrimas, tonta que es una, y por eso quería compartirlo… La tristeza, la alegría, la vida de un soleado día de junio.

“Lo que perdiste en el camino. Aquello que habías hallado… Y tu? Qué has perdido? Duele Es así. Duele. Todos los días escucho, leo, comparto las emociones de mujeres que perdieron un hijo, un bebé, que abortaron. Y todas se disculpan. Se disculpan por llorar, por sentir, por expresar su pérdida. Y guardamos con mimo…”

a través de Lo que perdiste en el camino… — Princesas y Princesos

Mitos sobre la lactancia (o que no decir a una madre que está dando el pecho)

Como sabéis me he metido de lleno en la campaña de #BloguerasxLaLactancia, para ser más exactos en el equipo capitaneado por mamá bocachancla, porque sí, porque me pierden las buenas causas, sobre todo si para echar una pata basta con apretar un botón. Tal que así:

boton-alarma

Venga, bah, haz un click, que no cuesta trabajo…

El caso es que meditando sobre el tema, me fijé en que unos de los objetivos de la campaña era, literalmente, “derribar mitos y falsas creencias sobre la lactancia y el hecho de amamantar”. “¡Ay, nena!”, pensé dando saltitos de júbilo, “¡esto es lo tuyo! Venga, arremángate y ponte a darle a la tecla…”

Y es que después de los dos años y medio que me he pasado con la teta fuera dando el pecho a mis hijas, creo que estoy capacitada para enumerar las chorradas que circulan por ahí sobre la lactancia materna. Así que, viejas del visillo del mundo, estas son algunas cosas que NO hay que decir NUNCA a una madre que está amamantando a su hijo.

  1. “Ese niño se ha quedado con hambre… ¿estás segura de que tienes leche?”. A ver ¿Por dónde empiezo? Un bebé, y en especial un recién nacido, no sabe hablar. O sea. No puede decir: “Mamá, colega, dame un bocata de jamón, que esto de la teta está bien para los corderos pero no es para mi”. Entonces ¿cómo sabes – más allá de toda duda – que la criatura llora porque no está satisfecha? Lo normal es que tenga gases, que esté incomodo porque no puede hacer caca o simplemente que quiere seguir  en brazos un rato, que tampoco pasa nada. No hay  que arrojar al crío en la cuna nada más darle de comer. No es obligatorio. Con esta premisa, cuestionar a una madre sobre su capacidad para alimentar a su  hijo no sólo es una falta de sentido común, sino que puede acabar con una lactancia perfectamente sana y funcional. Los casos reales en los que una mujer no tiene leche son raros y suelen deberse a motivos médicos, así que asumamos de una vez que el 98% de las hembras humanas del planeta están capacitadas para dar de mamar a sus hijos. Ya es chiripa que te topes justo con la que tiene un problema clínico sin diagnosticar… Respuesta que hay que dar a la vecina del quinto cuando te suelte una perla como esta: “Leche tengo a litros ¿quieres probar?”. Si te dice que sí, que se haga mirar lo suyo primero…
  2. “¿Otra vez está mamandoooooo? Pero si acaba de comer…”. Ya. Sí. Es lo que se conoce como lactancia a demanda. En otras palabras: dar teta al niño cada vez que la pide, sin mirar el reloj ni ponernos horarios, lo que significa que la cantinela de “cada tres horas y 15 minutos en cada pecho” no sirve. Por lo menos para la inmensa mayoría de los churumbeles. Un bebé puede tirarse una hora mamando sin problemas y volver a pedir teta 40 minutos después. Es normal. Es lógico. Está aprendiendo a succionar de forma eficiente y efectiva (luego 10 minutos le sobran y le bastan para sacar la ración que le corresponde). Si no se pone al niño al pecho cada vez lo que pide, la producción de leche, que se regula precisamente con la demanda, puede verse comprometida. Esta cuestión ha puesto fin a muchas lactancias de manera prematura así que, si la carnicera del super, tu suegra o la enfermera de pediatría (mismamente) se escandalizan por el hecho de que tu hijo se alimenta cuándo tiene hambre y no cuando “toca”, le dices: “Es que lo estoy cebando para convertirlo en luchador de sumo ¿no te has enterado de que es el deporte del futuro?”. Y te despides con una reverencia. Sayonara, baby.
  3. “Tienes que comer mucha miga de pan/leche/levadura de cerveza/pollo con patatas para tener más leche”. Hay miles de mitos sobre alimentos que, en teoría, estimulan la producción de leche en las madres, pero son solo eso: mitos. Da igual lo que comas, la leche que produzcas dependerá, como ya he dicho, de las veces que pongas al pecho a tu hijo: cuando más chupe, más leche habrá. Incluso en situaciones de emergencia, en las que las que la madre no puede alimentarse a sí misma de forma adecuada (como durante un conflicto bélico o en situaciones de hambruna), seguirá produciendo leche, sacada de sus reservas corporales, para dar de comer a su bebé. Solo una desnutrición severa acabaría por “secar” un pecho lactante. Ahora, si tu quieres beberte seis litros diarios de cerveza 0,0 por si las moscas, daño no te va a hacer.  Como mucho, harás más pis… En cuanto a la respuesta a semejante sugerencia gastronómica la mía fue: “Ah, ¿pero las galletas de chocolate no valeeeeen?”, dicha con los ojos llenos de inocencia angelical.
  4. “¿Aún le das el pecho? Pero si ya tiene seis meses…”. Un momento: no mezclemos churras con merinas. Parece que en cuanto un niño empieza con la alimentación complementaria hay que destetarle cagando virutas, como si ambas cosas fuesen incompatibles. Y no. La leche materna debe seguir siendo la base de su dieta, aunque ya coma otras cosas. Las lactancias prolongadas siguen siendo una rara avis, y parece que las madres que las practicamos tenemos que justificarnos por dar el pecho a niños con dientes (“es que come muy mal”, “no le gusta el biberón”, “la voy a destetar pronto”). Si alguien se escandalizaba por verme amamantar a Tulga con 12, 15 o 18 meses normalmente no contestaba, me limitaba a sonreir y a encogerme de hombros. Aunque alguna vez me quedé con ganas de soltar: “Le voy a dar teta hasta que vaya a la universidad, a ver si así evito que se de al calimotxo, ¿cómo lo ves?”.
  5. “Te está usando de chupete”. El pecho no sólo es alimento: es amor y consuelo, y sí, a veces un bebé o un niño mama por razones distintas al hambre o la sed. Pero eso no es malo. Es otra forma de calmar a nuestros hijos (igual que darles un chupete de verdad, de los de plástico, solo que este no se pierde, no se mancha y no hay que esterilizarlo). Si a la madre no le importa ¿por qué tiene que importarle a su prima la de Cuenca? En cuando la propietaria de la teta se canse, seguro que encuentra la forma de poner fin a ese “uso indebido” de su anatomía. Mientras tanto, la respuesta es: mis pezones son míos y los empleo como quiero.
  6. “A partir de cierta edad la leche materna ya no les alimenta”. Uffff. Si esto fuera verdad, mi hija no habría sobrevivido a su primera infancia porque ha habido temporadas (estando enferma sobre todo) en que la única cosa que aceptaba era mi teta. Y no me refiero a un día o dos, sino hasta a dos semanas enteras sin tomar otra cosa. Ni una galleta, ni un trozo de pan. Nada. Niente. La leche se va adaptando a las necesidades alimenticias del bebé, tanto durante la toma como a lo largo de tiempo, por eso al principio de la toma la leche es más clara, para calmar la sed, y al final es más espesa y grasa para llenar el buche. Nunca le digas a una madre que su leche ya no “vale”, “está aguada” o le hace “más mal que bien” a su hijo. Y si lo haces asume que la respuesta puede ser: “Lee un poco e infórmate del tema antes de abrir la boca”.

Y hasta aquí mi colección particular de mitos sobre la lactancia. Seguro que vosotras tenéis algunos más! Ahora solo os queda votar a nuestro equipo y echar una mano a Acción contra el Hambre y las personas que nos necesitan en la región del Sahel. Vamos, chicas, que esto es la leche!!!!!!

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