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Cuestión de pelos

Ando yo preocupadilla, bueno en realidad más bien ansiosa, porque a Tulga no termina de salirle el pelo. Que sí, que es una bobada, pero con sus ocho meses y medio sigue pelona cual bombilla y entre eso y que tira a esmirriada parece un bebé chiquitín en vez de uno ya mayorcito, con derecho a tener dientes y a ponerse de pie aferrada a los barrotes de la cuna. El resultado es que me paso el día dando explicaciones a todo quisqui de lo bien que se sienta y de lo mucho que arrastra el culo (¡que esa es otra!) para la edad que tiene y asegurando que no pasa nada porque roa una galleta o un mendrugo de pan, con su gluten y sus migas, porque hace dos meses que empezamos con la alimentación complementaria. Jolín.

Al efecto Yull Brynner contribuye además que la pelusa que le empieza a asomar es superclara y hay que mirarla con lupa para verla y que aún conserva algún pelillo oscuro de su nacimiento (en plan señor mayor, por encima de las orejas), y a mi, que me gusta un pelazo como al que más, me desespera. A ver, que no quiero liarme a ponerle horquillas y lazos a la pobre (su hermana luce melenón y a penas los lleva), pero me gustaría poder peinarla un poco en vez de limitarme a bajarle los pelines con un spray de colonia.

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Excepto por el cigarrillo, mi Tulga es clavaíta

 

Y es que en esto, como en todo, cada bebé es un mundo.

Yo he clasificado a los pimpollos en cuatro categorías capilares (en base a mi ojimétro y experiencia). A saber:

– El recién nacido «heavy metal». Esto es: bebés que nacen con greñas de serie, a lo Jimmy Page en sus tiempos mozos… De ser verdad el mito que dice que si sufres acidez de estómago durante el embarazo es porque el niño viene con pelo, las pobres madres de estas criaturas habrían acabado con los antiácidos de media España. El bebé «heavy metal» rara vez pierde la melena (o por lo menos conserva siempre una buena cantidad pelo en la cabeza) y hay que cortarle el flequillo a los 15 días de vida, para que no le tape los ojos.  Yo no he visto ningún niño rubio de esta especie, pero imagino que en Noruega habrá algunos ejemplares, aunque sea sólo por la mezcla genética entre Thor y Black Metal que se gastan en esas latitudes.

– El bebé «último mohicano», o sea, calvito por todos lados pero con una buena cresta en el medio. No sé por qué pero la mayoría de casos que conozco son de varones (a lo mejor las niñas no se sienten identificadas con este look tan agresivo). El pelo de estos pequeños suele aparecer pronto (la nuca, que es la que se queda pelona con el roce ya está sin pelo, así que tienen medio camino hecho), aunque algunos siguen manteniendo aspecto de punkys de última generación hasta bien entrado el año. Si no te empeñas en vestir al churumbel como si fuera de boda cada día, este peinado a mi no me disgusta. Hasta lo veo gracioso, fíjate.

– El diminuto «señor notario». Mi Mayor en estado puro. Me explico: bebés con calvas de hombre de mediana edad, con profesiones que los alejan de la luz de sol, como archivistas o registradores de la propiedad y a los que una imagina con gafapasta y vestidos con chaquetas de lana con olor a nicotina. Esta categoría puede presentar varias modalidades: bebé con entradas tipo Jude Law, bebé con pelo sólo en la nuca y encima de las orejas, como mi abuelo o Chanquete o bebé con cuatro pelos repartidos sin demasiado tino por todo el cráneo. Al final, muchas madres se hartan y acaban pasándoles la maquinilla a los desdichados con este tipo de pelamen. No fue nuestro caso: la Mayor tuvo que hacer la muda completa ella sola, aunque con seis meses ya no se le veía el cartón.

– Y, finalmente, la «bola de billar», tal que mi pobre Tulga. Un miniser puede llegar a este estadio por dos vías: o bien nace con pelusa y en sus primeras semanas la pierde toda sin que haya reemplazo (nuestro caso) o bien llega al mundo directamente peleado con sus funículos pilosos. Si a esta cabeza reluciente le añadimos que el chiquillo en cuestión no es el típico bebé gordote y lleno de michelines que dan ganas de mordisquear, sino que más bien anda escaso de carnes, al final descubres que lo que tienes entre manos no es un niño, sino un chupachús. Y eso sí que no. Por ahí no paso. Tulga es la niña del gorro. En invierno para que no se le enfríen las ideas y ahora en verano para que no se queme el coco y, aún así, su santa madre roza la desesperación. Todos los días la pongo a la luz y compruebo si hay pelo nuevo, pero no. Cuatro cosinas rubias e invisibles al ojo humano que además nacen de punta como si la cría tuviera los dedos permanentemente metidos en un enchufe. Ainssssss!!!!!

Me toca armarme de paciencia  y esperar a que finalmente la cosa mejore… Eso sí, al próximo que me diga lo mucho que se mueve la chiquilla para tener cuatro meses, me lo como. Crudo.

¿Y vosotras? ¿Alguna ha tenido algún problema capilar como este?

 

Dormir, dormir. Tal vez, soñar…

Quizá lo que peor llevo como madre es el no dormir. No dormir me mata. Y eso que tengo un aguante más que aceptable a pesar de la ausencia de cafeína en mi organismo… Llega un momento, sin embargo, en que mi última neurona dice «hasta aquí hemos llegao, bacalao» y ondea la bandera blanca. El cansancio acumulado se convierte en malhumor constante y acabo pareciéndome a un extra de The Walking Death, mientras me arrastro por la calle balbuceando: almohaaadaaaa, almohaaaadaaaa…, con la babilla colgando de la comisura de los labios y los ojos inyectados en sangre. Un horror, vamos.

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Yo, tras una mala noche…

Y es que esto del sueño del bebé da para mucho y para todos los gustos. Vaya por delante que no soy partidaria del famoso método del doctor Estivill que consiste, básicamente, en dejar que el niño berree a pleno pulmón el tiempo que sea necesario hasta que se duerma de puro agotamiento. Herramientas: una puerta cerrada y tapones para los oídos, porque la cosa puede ir para largo. Jamás, ni en los peores tiempos de la Enana, probé a dejarla llorar. Sencillamente no podía. Era superior a mis fuerzas. Entre mis vecinos conozco varios casos a los que les fue divinamente con este método: el niño lloró como un poseso un par de noches y a la que hizo tres, todos a la cama a soñar con los angelitos. Jamás se me ocurriría cuestionarles, sobre todo, porque he experimentado en mis carnes el grado de desesperación que puede generar un bebé que no deja dormir durante días, semanas o meses, pero, repito, el sistema no va conmigo.

La Mayor nació con el famoso síndrome de la «cama de pinchos», o sea, no había forma humana de depositarla en un carrito, cuna o similar sin que se despertara sobresaltada y exigiera volver al cómodo y exhausto regazo de su madre. Este síndrome, además, iba acompañado por una extraña alergia: a cerrar el ojo más de dos horas seguidas, no fuera a ser que en el entretanto sucediera algo extraordinario y se lo perdiera por echar una cabezada. El resultado fue que, hasta que cumplió año y medio, yo me pasé el 80% de las noches en vela. Fueron meses de teletienda y de quedarme dormida en los sitios más inverosímiles: en el suelo de su cuarto, en el trabajo, durante la cena con unos amigos… Meses en los leí miles de blogs y de libros intentando encontrar una fórmula mágica con la que mi hija no se despertara cinco o seis veces cada noche, en los que las fantasías eróticas dieron paso a fantasear con hacer la siesta o con interpretar a la Bella Durmiente en la función de la guarde,…¡cualquier cosa que me permitiera cerrar los ojos más de cinco minutos! Me sirvió de mucho «El sueño del bebé sin lágrimas» de Elizabeth Pantley, sobre todo, para comprender que servidora no era un perro verde, que había muchas mujeres en mi situación y que la frustración, el desespero y el agotamiento existencial que sentía eran perfectamente normales Ahora la pregunta del millón: ¿Me solucionó algo? Pues no. Nada de nada. No hay milagros pa’ esto. Los consejos que da la autora en el libro, igual que los de Rosa Jové en el suyo, son muy chachis pirulis, pero poco prácticos, porque cuando la criatura dice que no quiere dormir, no quiere dormir y da igual que sigas una «rutina del sueño», que no la incites al juego, que bajes el tono de voz, de luz y de actividad o que le cantes una saeta (por la Semana Santa, digo). Al final lo único que funciona es la paciencia y dejar que el niño vaya madurando también en esto de irse a la cama ¿Que es una mierda? Pues sí, porque en esas circunstancias una haría cualquier cosa con tal dormir del tirón… Para que os hagáis una idea de mi vida en 2012 os copio aquí el diario del sueño de la Enana durante el mes de agosto (el angelito tenía por entonces unos 7 meses):

Dormida 21:15 (al pecho)

Despierta 23:40. Vuelta a dormir 00:10 (acunada)

Despierta 02:25. Vuelta a dormir 02:40 (al pecho). Falsa alarma: despierta otra vez a las 02:50. Vuelta a dormir a las 03:10.

Despierta 05:15. Vuelta a dormir 05:30 (al pecho)

Despierta 06:45. Vuelta a dormir 06:55 (acunada)

Despierta (definitivamente) 08:05

Si lo sumáis todo os dan unas 9 horas de sueño nocturno, más otras dos de sueño diurno, un total de 11 horas que a simple vista está muy bien, pero que en la práctica son la jodienda madre. Tened en cuenta que cada vez que ella se quedaba dormida yo aún tenía que volver a mi cama y hacer lo propio y había ocasiones en las que, literalmente, acababa de poner la cabeza en la almohada cuando me volvían a tocar diana.

Llegué a estar tan desesperada que una noche decidí dejarla llorar. Esperé en mi cuarto dos minutos a ver si volvía a dormirse, a ver si me perdonaba un despertar, pero su llanto sólo subía y subía de nivel y al final no lo soporté. Fui a su habitación, la saqué de la cuna y llorando yo también a moco tendido de puro agotamiento me la puse al pecho hasta que volvió a quedarse dormida ¿Cómo sobreviví? Pues metiéndola conmigo en la cama. No por eso dejó de despertarse, pero al menos yo apuraba más el tiempo entre sueño y sueño y en alguna ocasión, ya algo crecida, se llegó a buscar ella misma la teta para adormecerse sin molestarme a mi en el proceso. Luego leí que esto del colecho es una modernez y un no – sé – qué de crianza natural, pero para mi fue sencillamente mi salvación.

Con semejantes antecedentes estaba temblando ante la llegada de la pequeña Tulga, pero hete aquí que la vida da muchas vueltas y mi nuevo pimpollo me ha salido dormilón. Desde que nació se ha saltado siempre una de las tomas nocturnas, dejándome dormir cinco o seis horas seguidas sin interrupciones. Además cuando abre el ojo, mama un ratito y vuelve a quedarse dormida ipso facto por lo que no me supone un gran trastorno. Eso sí madruga una barbaridad: a las 6 y media de la mañana ya está pidiendo jarana, pero claro desde las nueve menos cuarto de la tarde son muchas horas sobando… Es más: el otro día me dio una sorpresa morrocutuda. Estaba a punto de dormirse cuando un ruido fuerte la espabiló y a pesar de mis esfuerzos al final me tocó subir con un bebé con los ojos como platos a acostar a la Mayor. Mi Enana se quedó frita bastante rápido pero Tulga decidió que, ya que estaba despierta, había que jugar, así que empezó a retorcerse en mi regazo intentando llegar a la luz que emitía el piloto nocturno de su hermana. Yo llevaba hora y media con ganas de hacer pis, y en vista de que aquello iba para largo, dejé a la peque en su cuna y me fui un momento al baño. Para mi estupor, a la vuelta la criatura estaba total caput. Sin acunar. Sin pecho. Sin llantos. Se había dormido ella solita y además en tiempo récord.

«Nena, aquí hay gato encerrado. No cantes victoria todavía», pensé yo, que a estas alturas estoy escaldada como los pollos. Me quedé un rato a la puerta de su habitación, esperando oírla en cualquier momento. Pero no. Las dos estaban en el séptimo cielo… ¡y yo en el noveno!

Tulga sigue compartiendo mi cama, porque cuando se despierta a las dos de la mañana me resulta más cómodo meterla conmigo que quedarme sentada con la teta al aire en mitad del invierno a esperar a que se duerma. Vaga que es una… y con poco espíritu de mártir. La barrera que nos prestó hace tres años mi antigua vecina M. aún es un imprescindible de mi dormitorio y lo seguirá siendo mientras la peque no duerma del tirón (Ains, cuántas cosas tuyas tengo todavía!!!!). Yo por ahora soy aceptablemente feliz: la Enana, tras unos meses dando guerra by celos, ya duerme otra vez toda la noche y mi bebé es una buena chica que no pretende que su madre se gaste todo el sueldo en crema antiojeras ¿Qué más puedo pedir?  Pues dormir. Dormir… ¡y tal vez, soñar! ¡Felices vacaciones de Pascua a todas!

Echo de menos mi «bombo»

Hace unos años, cuando estaba embarazada de la Enana, me encontré con una compañera de trabajo que acababa de reincorporarse a su puesto después de la baja por maternidad. Hablamos durante un rato y al final me dijo algo que en ese momento no entendí y que hasta me pareció absurdo: «Uff, no sabes cómo te envidio y como añoro estar embarazada». Yo me quedé patidifusa, sobre todo, porque sabía que había pasado un mal embarazo, con riesgo de aborto y en reposo absoluto casi hasta el tercer trimestre y no comprendía por qué, teniendo a su bebé recién nacido en brazos, echaba de menos el estadio anterior.

Sin embargo, debe de haberseme fundido un plomo o a lo mejor es que, después de seis meses de teta, por fin estoy ovulando, porque el otro día me sorprendí a mi misma echando de menos mi «bombo». Es ridículo. Es inexplicable. Pero ahí está. Y es que hace unas semanas mi mejor amiga me dijo que, por fin, tras muchos años y varias fecundaciones in vitro, estaba esperando un hijo (y por partida doble!). Yo me alegré tantísimo que se me salía la felicidad por las orejas y si no me puse a dar saltos en cuanto lo supe fue porque estaba en el curro y en medio de una conversación sesuda en otro idioma que requería toda mi atención. Desde entonces hemos intercambiado llamadas y mil millones de wasaps en los que hablamos un poco de todo: qué síntomas son normales en el primer trimestre, qué puede y qué no puede comer, que es lo que le espera un poco más adelante… Y mientras hablamos a menudo me sorprendo tocándome la barriga y pensando en lo que me gustaría que volviera a estar llena con otro niño (o en mi caso, seguro que niña) in progress.

Vamos a ver, alma de cántaro, tienes un bebé de seis meses que, aunque duerme como un ceporro, tiene la sana costumbre de levantarse todos los días a las 6 de la mañana y una niña de tres años que requiere toooooda tu atención ¿en serio te planteas traer otro churumbel al mundo? Hombre ya… Que sí, que es absurdo, que ni siquiera me caben tres sillas de niño en el coche, pero miro a Tulga que ya ha empezado con los purés, que se da la vuelta como una campeona y hace todos los esfuerzos del mundo por sentarse ella sola y no puedo evitar pensar que se acabó. Que es mi último bebé. Y echo de menos mi «bombo». A lo mejor es porque no pude disfrutar del todo este último embarazo, primero por el miedo a sufrir un aborto que me acompañó hasta las 12-13 semanas y luego, en el tercer trimestre, por culpa del dichoso tiroides y de un endocrino cabrón que, primero me acusó de no haber ido a su consulta nada más preñarme como si yo tuviera una bola de cristal para deducir que me fallaban las meninges y que después tuvo a bien comentar que, por mi desidia, Tulga podía nacer sorda, ciega o con retraso mental… eso si no tenía antes un parto prematuro y se iba todo a cagar patatillas. Y claro, pues disfrutar, disfrutar, no disfruté… Sólo quería que Tulga naciera para comprobar que estaba todo en orden, que estaba sana y así poder ir a mentarle la madre al endocrino con toda tranquilidad.

No sé si esto de añorar el embarazo es algo que nos pasa solo a las piradas o es algo más generalizado, pero de verdad que me gustaría saberlo… porque, seamos sinceras, el estado de buena esperanza no es tan idílico como lo pintan y no nos olvidemos que después toca parir, y aunque sea con epidural o en un parto exprés como el último que tuve, la cosa duele un huevo. Eso sí, viendo las fotos de este verano, con una panza de 35 semanas tengo que decirlo: el embarazo me sienta de maravilla!

Mitos, fantasías y realidades sobre los recién nacidos y bebés en general

Cuando Tulga aún hacía de las suyas dentro de mi barriga, dediqué una entrada a los mitos más habituales que existen sobre el embarazo. Pensé que una vez parida, dejaría de escuchar cuentos e historias varias sobre mis circunstancias, pero resulta que no. También hay mucha leyenda urbana sobre los bebés y hasta la frutera que te pesa las manzanas en Carrefour tiene un montón que decir al respecto. Así que allí va: mi particular repaso a los distintos mitos sobre los recién nacidos que me han salido al paso los últimos tres años.

El baño, diario. Bueno, sí. Depende. Existe la creencia ampliamente extendida de que el baño nocturno relaja a los bebés, pero es mentira. Hay críos que no soportan estar a remojo, que se ponen de los nervios, lloran y se retuercen como anguilas, por lo que al final del baño en lugar de un churumbel relajado tienes un gremlin histérico que dice que te duermas tú y que a él le des un paseo, si eso. A esto hay que añadir que, hasta que empiezan a gatear, los bebés no se manchan, ni sudan ni tienen grasa en el pelo por lo que someter innecesariamente a semejante tortura diaria a un miniser hidrofóbico resulta ridículo. Con un remojón rápido dos veces por semana van que chutan… y si además el baño lo haces coincidir con el día que se caga hasta las orejas, pues mejor. Dos pájaros de un tiro. Esa fue mi estrategia con la Enana, que era más partidaria de lavarse como los gatos que como los seres humanos. Por su puesto ni se me ocurrió bañarla de noche, porque si ya me costaba que cogiera el sueño por las buenas, intentar que cerrara el ojo después del disgusto del agua era impensable. Su hermana, en cambio, es feliz cual renacuajo en la bañera hasta el punto de dejar de llorar en cuanto se siente sumergida en el agua tibia… así que, todas las noches seguimos nuestro pequeño ritual de inmersión, estableciendo una rutina de sueño que la Mayor nuca tuvo. Dos notas más sobre esto del baño: 1) si tu bebé tiene la piel sensible y delicada NO uses jabón. Da igual lo que diga la publicidad de la marca o lo mucho que cueste el producto. Cualquier jabón será siempre más irritante que el simple agua clara. Lo mismo te digo de las colonias y perfumes. 2) El aceite de bebés es un invento del diablo. He dicho. Tu ves el anuncio de la señora sonriendo a un niño hermosote mientras le aplica el mejunje por todo el cuerpo con una caricia limpia y sin mácula, pero la realidad es otra: tu hijo se agita y se mueve sin parar, mientras el aceite gotea por todas partes (la toalla, tu ropa, su carita…) y se extiende cual mantequilla untuosa y desagradable. Puaj! El resultado es bueno, es cierto y muchos niños tienen la piel seca y les viene bien un extra de hidratación ¿Qué hacer entonces? Pues en mi caso hay dos posibles respuestas: dale un masaje con una buena cremita y olvídate del aceite. Si la crema es decente, el efecto será el mismo. O, un momento antes de sacarlo del agua, echa un chorrito de aceite en la bañera (si la criatura tiene pelo, intenta levantarle la cabeza para que no acabe pareciendo Mario Conde). Luego lo secas directamente y listos.

Ponle crema en el culete con cada cambio de pañal. Nooooooo. Maaaaaal. Si haces eso acabarás causándole al pequeñajo una irritación que antes no tenía. Si el niño tiene la piel lisa y sin erupciones no hace falta ponerle nada, basta con limpiarle bien y listos. Las cremas solo humedecen la piel, que es lo que acaba por provocar la irritación. Entonces, ¿cuándo usar la crema? Pues cuando el bebé  esté irritado de verdad, o sea, cuando tenga la piel de la zona roja o con granitos. En ese caso, lo mejor es usar una pasta al agua en vez de la típica crema para bebés. A mi la que mejor resultado me ha dado ha sido la Eryplast 45 (y no, no me paga la marca. Es mi humilde opinión ;P), capaz de hacer milagros incluso cuando la situación ya es desesperada. Poco después de empezar con los dientes las cacas de mi Enana se volvieron más ácidas y la pobre acabó con el culo como el trasero de un mandril. ¡Que mal lo pasó, la pobre! ¡Hasta yagas tuvo! Recuerdo que lloraba de dolor cada vez que se hacía caca, porque le abrasaba la piel y no había forma de limpiarla sin que se desesperara. Yo hasta entonces había usado la típica crema de supermercado, que al ponerla es resbaladiza y que en estos casos no hace absolutamente nada. Me fui a la farmacia y pedí consejo. Pasé por varias marcas y al final, me quedé con Eryplast. Es la que estoy usando ahora con Tulga y de momento su culito está estupendo. Ya veremos que pasa cuando comience con los dientes…

Si no hace caca, le ayudamos un poquito. Que conste que lo que voy a decir a continuación se aplica sólo a los bebés alimentados con lactancia materna exclusiva. Para los que tiran de biberón es otro cantar. Como ya he dicho en alguna parte, unos de los temas de conversación  favoritos de todas las madres del mundo es la cantidad, color y aspecto general de la caca que hacen sus hijos. No entiendo por qué, pero es así. El paso por la sala de partos nos vuelve escatológicas… Las cacas de un lactante (después del engrudo negro del meconio que hacen nada más nacer) son casi líquidas, grumosas, de color amarillo mostaza y – sorprendentemente- huelen bien… o todo lo bien que puede oler un excremento, se entiende. Es muy normal que los que sólo toman pecho hagan caca después de cada toma, o sea, unas 5 ó 6 veces al día. Ahí es . Es como si no pudieran meter nada en ese cuerpo tan pequeño sin sacar algo primero. Con semejante panorama, cuando de repente un bebé que manchaba pañales con alegría deja de hacerlo durante varios días, o incluso un par de semanas,  es normal que la mamá correspondiente se ponga de los nervios ¿Le pasará algo? Llora. Eso es que está incómodo. Habrá que darle una ayudita… Y aquí empieza toda la mitología sobre el estreñimiento del lactante, que va desde el típico supositorio de glicerina a estimularle el ano con cualquier cosa (un termómetro, el dedo y ¡hasta el tallo de una hoja de geranio!¡Que me lo han recomendado vivamente, lo juro por Snupy!). Pero, no. No le pasa nada. Niente. El crío está feliz de la vida. Y, por supuesto, no necesita que le obliguen a hacer nada. La leche materna se digiere muy bien y a veces, sobre todo en épocas de crecimiento, se aprovecha toda. En otras palabras: no hay caca, porque no hay desperdicio. Ningún pediatra le va a dar la más mínima importancia al hecho de que un bebé de pecho lleve varios días sin evacuar, así que es importante que las mamás tampoco se la demos. Eso sí: cuando finalmente haga lo suyo, probablemente se ponga hasta la bandera. ¡Aviso a navegantes!

El niño que duerme del tirón. Como las meigas, haberlos hailos, el problema es encontrarlos! Las suertudas que consiguen que su bebé no abra el ojo en toda la noche son las menos. Lo habitual es que un miniser se despierte (y mucho) hasta pasado el año. La frecuencia, duración y cabreo que desarrolle en cada despertar va a depender de la criatura y en esto, sí que sí, no hay dos niños iguales. No importa que sean hermanos, o incluso gemelos. Para muestra un botón: la Mayor, hasta que la desteté, nunca durmió más de dos horas seguidas, ni de día ni de noche. Es más. A veces se despertaba cada hora o hora y media y lloraba desconsolada hasta la siguiente toma, sin nada que la calmase, lo que me hizo pasar noches enteras en vela, viendo la teletienda y cagándome en mis muelas. Cuando dejó el pecho, empezó a despertarse sólo un par de veces y en horarios fijos (a las 12 y a las 3.30) y a partir de los 18 meses me regaló algunas noches del tirón, que se convirtieron en la tónica general poco antes de los dos años. Y entonces voy y me preño otra vez. Si es que soy masoca… Por suerte, Tulga en esto del dormir ha salido mejor que su hermana. Prácticamente desde que nació ha dormido cinco horas seguidas de noche (es decir que puedo acostarla a las 12 y yo roncar cual angelito hasta las cinco de la mañana). Es más, por regla general, se queda otra vez frita tras tomar el pecho, lo que me permite descansar entre seis y siete horas cada noche. No es mucho, dirán algunas, pero para mi, y con mis precedentes es un lujo asiático. La Mayor, viendo que su madre no desarrollaba con su hermana las mismas ojeras que con ella, decidió ponerle remedio y a las dos semanas de volver del hospital con el nuevo miembro de la familia volvió a las andadas y empezó a llamarme a voz en grito dos, tres y hasta cuatro veces por noche para que fuera a contarle cuentos, darle agua o simplemente dormir con ella. Resultado: he vuelto a las noches en vela, a no dormir más de 30 minutos seguidos y llorar por las esquinas mi mala estrella. La ventaja es que como ya no es un bebé se puede razonar con ella y hasta «negociar» en los despertares, por lo que últimamente vuelvo a dormir más o menos seis horitas por noche. Y me doy con un canto en los dientes!

Mi niño empezó a caminar a los siete meses y a hablar a los diez. Que no te digo yo que no, que probablemente tu hijo sea un superdotado, pero no es lo normal. Cuando se tiene un churumbel y una empieza a ir a las revisiones periódicas con su pediatra, éste (o ésta) te acribilla a preguntas a las que muchas veces no sabes qué contestar: ¿se mira las manos? ¿Se agarra los pies? Si lo tumbas boca abajo ¿hasta dónde levanta la cabeza? ¿Acostado, gira la cadera? ¿Sonríe? ¿Balbucea? ¿Hace el pino puente con las orejas? Pues mire usté, llevo dos días sin ducharme, hoy he dormido tres horas, no tengo ropa limpia que ponerme y la última comida caliente que recuerdo fue antes del parto, así que si le soy sincera, no me he fijado… Vamos a ver, son las etapas normales del desarrollo del bebé, por las que todos, antes o después pasan y no hay que agobiarse. Si a tu hijo le han salido los colmillos con cuatro meses es normal. Si no tiene dientes hasta el año, también. Si camina con diez meses, te compadezco… quiero decir, ¡qué bien!, que decidió esperar a los 15, ¡enhorabuena! Cada niño, lo repito, es un mundo. Una galaxia. Un universo completo. Hay unos tiempos más o menos establecidos para cada cosa, pero eso no significa que si el fruto de tus entrañas no se ha sentado él solito el mismo día que cumplió los seis meses no vaya a hacerlo nunca. Hay que darle al crío un margen de maniobra, que estas cosas no son automáticas. Quizá lo que más preocupa a los padres es el tema del habla: si el chiquillo dice algo más que papá y mamá y cuándo empieza a decirlo. Mi consejo es no agobiarse: algunos arranca antes que otros y si ya han comprobado que el pequeño oye bien y no tiene ningún otro problema fisiológico, pues déjalo tranquilo que cuando tenga algo que decir ya lo dirá.

En fin. Que ojalá los niños en vez de un pan debajo del brazo trajeran un libro de instrucciones, porque eso nos ahorraría muuuuchos problemas ¿O no?

 

«No lo cojas en brazos que se malcría»

Pues sí. Parece ser hay un número exacto de minutos al día en los que puedes acunar a tu hijo sin peligro de reacciones adversas. Pasado ese tiempo, se encienden todas las alarmas: ¡Peligro, peligro! ¡Alerta, alerta! ¡Niño en proceso de convertirse en tirano! Cuando nació la Enana tuve que escuchar en infinidad de ocasiones la dichosa frase que da título a este post, procedente de familiares, amigos, vecinos e incluso perfectos desconocidos que me cruzaba por la calle, como si todo el mundo, incluyendo personas que en su vida han cogido en brazos a un bebé, supieran más que yo de lo que convenía a mi hija. La verdad es que nunca me planteé si era bueno o malo cogerla mucho en brazos. Desde que nació estuvo en mi regazo siempre que lo necesitó o me lo pidió, sin límite de tiempo y sin excusas. Es cierto que, sobre todo algunas noches, podía ser extenuante y que a medida que la niña crecía, se me hacía más difícil acarrearla de un lado a otro (una no es especialmente fuerte ni musculosa y a partir de los 7 kilos empecé a parecerme al Jorobado de Notredame). Pero eso no impidió que estuviera a todas horas en mis brazos y no parece «malcriada». Hay tardes en el parque en las que sólo se acuerda de mi cuando quiere beber agua o se ha hecho daño al caerse de un columpio. Si eso es tiranía no quiero saber qué es democracia. A medida que ha pasado el tiempo, y aunque aún tiene sus pequeños ataques de «mamitis», la Enana se ha ido haciendo más independiente y autónoma:  juega ella sola o con los niños del parque, ve los dibujos en la tele tan tranquila, come ella sola, se duerme en su cama… Y todo, a pesar de que la mimé, la abracé y la cogí en brazos todo lo que quise y un poquito más. Durmió con nosotros en la cama hasta que dejó el pecho y mientras mi espalda lo permitió, me acompañó por toda la casa metida en su fular, bien pegadita a mi corazón. Ahora soy yo la que a veces le pido un beso o un abrazo (¡que me da encantada!, todo hay que decirlo), y la que le acaricia la cabeza o un piececito mientras ve la tele, aún a riesgo de que de me suelte un «mamá, déjame tranquila», como la otra tarde.

El lugar de un bebé son los brazos de su madre (y de su padre. Y de sus abuelos) y si alguien cree que es mejor que pasen el día metidos en un cesto, debería comprarse un gato persa… o tampoco, que a lo mejor se le sube al regazo para pedir una caricia y se le malcría.

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