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Madres, la gran tragedia de la superwoman

El otro día una amiga me pasó este enlace al blog de Fernando Plaza. Yo no lo conocía de nada, pero después de leer el post titulado “Madres, la gran tragedia de la superwoman”, me entraron ganas de darle un beso en los morros al autor, sólo por darse cuenta. Sólo por reconocerlo. Las mujeres en general y las madres en particular no somos superwoman. Y eso es una gran tragedia, porque aunque parezca que no, que lo nuestro es ser ascéticas por naturaleza, nos cansamos y nos ponemos enfermas igual que todo hijo de vecino, nos encanta sentarnos a leer un libro o a ver una película y algunas hasta somos buenas en nuestro trabajo, además de fregando los platos. Pero se nos exige más. Siempre. Y encima como algo natural, como algo que debe darse por sentado. Una mujer debe mantenerse delgada, depilada y correctamente peinada o si no se la acusa de “dejarse”. Una mujer debe trabajar ocho horas y dar lo mejor de si, y si alguna vez tiene un mal día es porque “está con la regla”. Una mujer tiene que ser la mejor madre, la mejor amante, la mejor ama de casa, la mejor amiga… porque si algo va mal es culpa suya. Si sus hijos enferman es porque no los ha abrigado bien. Si el marido la engaña es porque no le presta atención en la cama. Si tiene la casa sucia sin duda es una guarra. Pero no. Sencillamente no somos superwoman. Tenemos defectos. Nos cabreamos. No damos a basto… y aún así ahí estamos. Al pie del cañón, que es lo cuenta.

Así que aquí me tenéis, en mitad de las vacaciones, un poco indignada y rebotada con el mundo en general, en plan eriza en pie de guerra, con el deseo de que haya más hombres (no sólo padres, sino seres de género masculino de toda condición y también alguna fémina, que las he conocido de aúpa) que se lean el post de Fernado Plaza y digan: “Pero que cabrón he sido hasta ahora”.

 

 

De pediatras, vacunas y otras zarandajas

El domingo Tulga cumplió cuatro meses, por lo que hemos empezado la semana con visita al pediatra (chica jovencísima en nuestro caso, de esas que – con certeza- no son madres y usan expresiones del tipo: “A veeeeeeeer, ¿qué nos pasa hoooooooy?”, canturreadas en una octava tan alta que ya la quisiera para sí Mary Poppins). Yo iba un poco acojonada porque el último mes la pequeña estuvo algo pochuca y no había cogido nada de peso y ya veía sobrevolar sobre nosotras la alargada sombra del biberón. Pero no. Ha engordado bastante durante las vacaciones. Sigue sin ser un bebé rechoncho, pero está dentro de la absoluta normalidad (percentil 10, me ha dicho la doctora, aunque podría haberle hecho una declaración de amor a la farola porque me hago un lío morrocutudo con esas dichosas gráficas y no me entero de nada). En cualquier caso, puedo seguir con la lactancia materna a demanda cosa, que después de todo lo que pasé con la Enana, me hace mucha ilusión. A ver, que si hubiese tenido que darle a la chiquilla un bibe de refuerzo no se habría acabado el mundo, pero tenía una espinita clavada desde lo de su hermana mayor y me he sentido estupenda al saber que la cosa va bien. Después de esto la revisión siguió su curso: que si talla, perímetro cefálico, auscultación por aquí y por allá y preguntas sobre la cantidad, color y consistencia de las deposiciones del miniser, que por cierto, se puso a berrear como loca en cuanto vio la cinta métrica y ya no se calló hasta que salimos del centro de salud. Etc.

Luego llegó el turno de las vacunas y de la enfermera y ahí empezó la parte en la que casi me parto de risa. Tengo que decir que si yo le saco 10 años a mi pediatra, su enferma me saca a mi 30 y que es una de esas señoras habladoras, de la vieja escuela, que no duda en dar su opinión aunque no la quieras. Según rellenaba la cartilla de la peque con las pegatinas de las tres banderillas que iba a plantarle en el muslo me iba anunciando los futuros pasos a seguir con la criatura: “Mira, antes empezábamos a darle a los niños cereales a los cuatro meses y purés a los cinco, pero ahora la Pediatra y otros compañeros (esto lo dijo como si los susodichos compañeros pertenecieran a un club satánico, con el que ella -por supuesto- no tuviera nada que ver) piensan que es mejor empezar con la fruta a los seis meses (resoplido) y seguir sólo con lactancia hasta entonces” y me miró por encima de la montura de sus gafas como si añadiera “Tú verás…”. Yo, claro, me limité a asentir con la cabeza ¿Qué se dice en estos casos?

Acto seguido, nos preparamos para lo más duro de la visita: los pinchazos. La superexperimentada enfermera sin prestarle la más mínima atención a Tulga  me dice: “Dale el chupete, para entretenerla”. “No usa chupete” le contesto yo toda inocente “Como ves, se chupa el dedo. El chupete se lo ofrecí, pero le daban arcadas, así que lo dejamos”. La mujer abre la boca atónita y me suelta con sus cojonazos: “¡Pues menudo problema!” Y yo que pienso: problema, ¿para quién, bonita? ¿Para ti que consideras el chupete más ergonómico,  para mi que tendré que quitarle el vicio en el futuro (si es que es necesario y no lo deja ella sola) o para Tulga que es la mar de feliz chupándose el pulgar con verdadera fruición? Pero vamos a ver. Que tiene cuatro meses. Que no pasa nada porque se chupe el dedo. Que los chupetes son un invento reciente e igual de jorobao de erradicar que el ansia dactilar. Pero si no tiene ni dientes, ¡hombre ya! Como estoy bien educada, me guardé  mis opiniones para mi misma y la ayudé a sujetar las manitas de mi niña mientras ella la vacunaba. Confieso que estuvieron a punto de saltárseme las lágrimas cuando el llanto de Tulga pasó de ser un rebulleo de intranquilidad a un grito de puro dolor, pero me aguanté por si llorar un poquillo me acarreaba alguna observación impertinente de la enfermera. (Inciso: esta señora fue la misma que el mes pasado me preguntó si aún sentía leche en los pechos, cuando la peque no cogió peso por culpa de una bronquiolitis. Era más fácil acusarme a mi de no tener leche que pensar que  la cría no engordaba porque vomitaba con la tos y se saltaba las tomas por tener la tripa llena de mocos. Y lo peor es que yo me pasé dos días comprobando la subida de la leche en cada toma. Mierda pa ella).

Y es que, por mi experiencia, esto de los pediatras en general es bastante complejo. Si una lleva al churumbel al médico al primer estornudo la llaman histérica y si espera un par de días a ver cómo evoluciona la cosa la acusan de malamadre y de falta de interés por el bienestar del retoño. Que digo yo que habrá un término medio…

Vacaciones de las vacaciones

Necesito unos días para descansar de las vacaciones. Es triste, pero cierto. No doy más de mi. Y eso que la cosa no ha ido tan mal como esperaba. Para poneros en antecedentes, mi costillo y yo somos de puntos opuestos de la Península. Nuestras familias sólo podrían vivir más alejadas si alguno de nosotros fuese de otro planeta. Como si esto no bastase decidimos construir nuestro “nidito de amor” más o menos en el medio (un poco esquinados a la izquierda) lo que nos obliga a hacer, literalmente, miles de kilómetros en estas fechas. Además, y para rizar el rizo, nuestro hogar lleva perro incorporado, por lo que ciertos medios de transporte quedan descartados (en el tren no nos lo admiten por grande y en avión tendríamos que drogarlo y facturarlo y la verdad es que la queremos demasiado para hacerle semejante perrería… valga la redundancia). El caso es que al final nos metemos todos en el coche (con el chucho ocupando más de medio maletero) y tiramos carretera adelante, cargados de maletas y regalos, dispuestos a disfrutar de las navidades.

Y, sí, es verdad, pasar unos días en casa de mamá o de la suegra, tiene sus ventajas, no voy a negarlo, como disponer de niñeros las 24 horas del día y así poder hacer “locuras” como ir al dentista o no tener que cocinar (y pensar menús) en un par de semanas, pero también tiene inconvenientes.

Para empezar, una tiene que lidiar con el estrés derivado del cambio de rutinas que afecta a los niños pero también a los mayores: la Enana está super excitada, se acuesta más tarde pero sigue levantándose a la misma hora y, a pesar de los niñeros, la que apechuga con ella a horas intempestivas es la menda lerenda. Lo mismo puedo decir de la pequeña Tulga. Que la criatura no se ha echado una siesta en condiciones desde el 20 de diciembre. Así las tengo: quejosas y cansadas, pero dispuestas a no pegar el ojo por miedo a perderse algo de las mil cosas chachis pirulis que suceden a diario.

También está el factor “deseducoalaniñaqueyalameterástúencinturaluego, sieso”, que se da en diferente grado y con mayor o menor cabreo por mi parte en ambas casas de acogida. La pelea por el consumo excesivo de dulces y chocolates, el picoteo entre horas, las mil y una subidas a los carruseles y tiovivos festivos, la compra de globos de todos los colores y la sobre generosidad de Papá Noel y los Reyes Magos ha estado a la orden del día. También las pequeñas puñetitas cotidianas como arrebatarme a Tulga de los brazos cuando la chiquilla está tranquila, sacarla de sus casillas y devolvermela cuando está berreando a pleno pulmón para que la calme. O preguntarme directamente cuándo le voy a dar biberón o si no he probado a darle chupete para que no se chupe el dedo. O fumar cual chimenea y echar alegremente el humo en la cara de mi bebé. O tratar con brusquedad a la Enana porque irrumpe en el baño para hacer pis mientras alguien se lava los dientes. Que bastante tiene la pobre con saber dónde cojones está el orinal en cada casa que visita como para preocuparse por intimidades de ese tipo.

Y, bueno. La lista podría ser más larga, pero estoy demasiado cansada para hacerme mala sangre y, en el fondo, prefiero quedarme con lo bueno: con la felicidad de mi hija mayor en su primer día de Reyes “consciente”, con los ratos tan “estupendos”, como dice ella, que ha pasado con sus abuelos y con su tía o con el placer de compartir mesa con personas que quieres un año más. Eso sí: me pesan los kilómetros, el sueño acumulado, el hacer y deshacer maletas y las futuras lavadoras y planchas que me esperan agazapadas en casa. En realidad, necesito unas vacaciones de la vacaciones, tumbarme un par de noches en el sofá y, a lo mejor, un masaje de pies. Por lo menos aún me falta un mes para volver al trabajo… porque si mañana me tocara ir a currar probablemente le habría pedido otra cosa a los Reyes!

Adiós bebé!

Hace un par de semanas mi empresa por fin se manifestó sobre mi baja laboral y decidió concederme los días de vacaciones de los que no disfruté este verano, cuando mi médico y mi matrona decidieron enviarme a casa “a descansar” en la recta final del embarazo. El caso es que ya tengo fecha para reincorporarme al trabajo: el 10 de febrero.

Aún falta un montón. Lo sé. Pero ya siento escalofríos. No puedo evitarlo.

Cuando nació la Enana estuve de baja exactamente 16 semanas, porque en ese momento no me dejaron acumular la lactancia y no había vacaciones de ningún tipo que reclamar. Había tenido un postparto tan malo y la situación en casa era tan estresante con mi pareja, que no me importó lo más mínimo dejar al bebé unas horas en la guardería para disfrutar de un poco de libertad. O eso pensé yo el primer día. Al final de la semana había cambiado de opinión.

A ver, la criatura estaba estupendamente cuidada (el personal de mi guarde es maravilloso!), y sí, al principio sentí gratitud de poder ir al baño sin que me interrumpieran unos lloros o de tener una conversación telefónica de más de tres segundos, pero al terminar la jornada sólo quería “rescatar” a mi hija y volver a casa. Al día siguiente me costó un poco más dejarla en la guarde, y al siguiente, y al siguiente… ¿Estaba loca por sentirme de esa manera? Lo he pensado mucho y ahora sé que no. Que es normal. Había vivido pegada a ella 16 semanas, algo más de tres meses y medio, de día y de noche, y de pronto me faltaba algo: mi Enana, mi bebé. Con el tiempo y la (santa) rutina me fui adaptando al tema y dejé de mirar el reloj cada diez minutos para ver cuánto faltaba para salir del curro y de vigilar subrepticiamente a mi niña por internet (esto de que las guarderías ahora tengan cámaras está muy requetebien!). Al final, a medida que crecíamos (yo como madre y ella como hija, en vertical y en horizontal en su caso) fue todo más fácil y dejé de sentir que la abandonaba al llevarla a la guardería. También empecé perdonarme a mi misma los pequeños disfrutes cotidianos, como el tomar café con los compañeros de trabajo o aprovechar para hacer la compra antes de ir a buscarla.

Tengo que decir que la Enana me lo puso muy fácil. Es una niña muy sociable y abierta y siempre se lo ha pasado bomba en la guarde, por lo que nunca puso ningún impedimento para quedarse ni montó en cólera o lloró al dejarla. De hacerlo, habría roto mi corazoncito de cristal…

Con Tulga (algún día explicaré el porqué de este mote!) la cosa va a ser diferente. Vamos a estar juntas cinco meses completos y es un bebé mucho más fácil de llevar de lo que fue su hermana, por lo que no me siento tan agobiada ni tan cansada. A ello ha contribuido también que yo estoy mucho mejor física y mentalmente que en mi anterior postparto, recuperada del todo y sin ninguna molestia y que además ahora cuento con el apoyo y la comprensión de mi costillo, que (cuando se acuerda!) me trata como a una reina. Todo esto se traduce en que estoy más a gusto que un arbusto en mi casa y que me apetece 0 reincorporarme al trabajo y volver a la rutina. Por no mencionar el hecho de que me va a costar horrores decirle “adiós” a mi bebé. No quiero hacerlo. Es mi bebé, con casi total seguridad, el último que tenga en mi vida y no quiero perderme ni un balbuceo ni una sonrisa. No quiero tener que empezar a sacarme leche a diario para poder dársela en la guarde o recurrir a la leche de fórmula, que sé que es tan válida como la mía, pero a mi Enana la estreñía cosa mala y además cuesta una pasta que preferiría emplear en otra cosa.

Por todo esto el 10 de febrero se me antoja muy cercano y cinco meses poco tiempo para cuidar de la pequeña Tulga como ella merece.

Además, si ahora a penas doy a basto para ocuparme de las niñas, de la casa y de mi misma con cierta dignidad, no quiero ni pensar lo que será cuando me pase medio día en el curro y mi jefe me llame a horas intempestivas para solucionar ese problema de último minuto que no tiene espera para el día siguiente. Voy a estar desbordada. Lo veo venir. Y a pasar unas semanas horribles, sobre todo, cuando los viruses empiecen a hacer su aparición y caigamos todos como moscas. Sólo espero que la rutina vuelva otra vez en mi auxilio y me permita sobrevivir al “adiós” de mi bebé.

 

10 cosas que hubiese querido saber antes de ser madre

1. Nunca se tienen suficientes bodys. Puedes pensar que sí, pero no. Cuando no están sucios, están secando, en la lavadora o puestos. Si alguien no sabe que regalarte, ¡dile que bodys!

2. Vas a estar más veces enferma que nunca antes en toda tu vida. Es el famoso efecto “virus de guardería”.  Desde que la Enana empezó a gatear con siete meses y, en consecuencia, a interactuar con su entorno, empezamos a caer todos como chinches: gripes, otitis, conjuntivitis, gastroenteritis y todo tipo de itis… Eso sin contar con un dolor de espalda permanente, fruto de las malas posturas al amamantar, cargar criaturas en brazos o cambiar pañales “n” veces al día.

3. El llanto del bebé está genéticamente programado para ser insoportable.  Así de simple. Una no puede oír llorar a un bebé y seguir con lo que está haciendo como si nada. Es un sonido que crispa los nervios y que exige atención inmediata, quizá como mecanismo de supervivencia heredado de nuestros ancestros más ancestrales. Prepárate a sufrirlo y acapara grandes dosis de paciencia.

4. Cuando hay niños en casa, las cosas que buscas pueden aparecer en los lugares más insospechados. Como una horquilla dentro de una bota o las llaves del coche en la bolsa de los pañales. Un consejo: revisa periódicamente la caja de los juguetes, encontrarás mil y una maravillas allí guardadas.

5. Todo el mundo sabe más sobre tus hijos que tú misma. Y no me refiero sólo a padres y suegros, que sería comprensible. No. Hablo de TODO EL MUNDO: La vecina del quinto, la panadera de la esquina, el bedel del colegio, tus amigas sin hijos… Cualquiera se siente obligado a darte su opinión sobre la crianza del churumbel, aunque no la quieras o no la hayas pedido y a criticar lo que sea que estés haciendo: ¿No das el pecho? ¿Pero aún toma teta? ¿Por qué no le quitas ya el pañal? ¡¡¡¡¿Se lo vas a quitar ya?!!!! Eso son gases. O está estreñido. O le están saliendo los dientes y para eso lo mejor es X y no lo otro que estás haciendo. Asume que esto va a pasar e intenta afrontarlo con tu mejor cara de póker y la más amplia de tus sonrisas.

6. Ir sola al supermercado es el equivalente a pasar una tarde en el spa ¿Antes de ser madre te aburría ir a la compra? Prueba a hacerlo con una niña que corre por los pasillos y que te pide pipí en la cola de la carnicería o con un bebé que llora a pleno pulmón. El día que vas sola por primera vez tras haber pasado por paritorio te entran ganas de darle conversación a la cajera para que aquello no se acabe tan pronto.

7. Hablar con diminutivos será tu forma habitual de comunicación. Cuando te sorprendes llamando “caquitas” al enorme mojón que tu hija acaba de plantar en el orinal, te das cuenta de hasta qué punto has dejado ser lo eras…

8. Las toallitas húmedas son el segundo mejor invento de historia, en cuanto a bebés se refiere (el primero son los pañales desechables). No sirven sólo para limpiar el culete a los niños. Acabas limpiando con ellas hasta el salpicadero del coche. Sabrás que una mujer es madre si al abrir su bolso te encuentras un paquete de toallitas.

9. Cada vez que enciendas la televisión, estará puesto el canal que toque de dibujos animados. No falla. Quieres ver las noticias y te sale la Abeja Maya (o el feo de Bob Esponja). Y lo peor es que a menudo te tiras 10 minutos viéndolos actuar, sin darte cuenta de que existen los mandos a distancia y puedes cambiar de canal.

10. Nunca volverás a tener una conversación con tu pareja de más de dos minutos sin algún tipo de interrupción. Aprende a ser escueta y a no irte por las ramas y, por Dios, aprovecha bien las siestas.

 

 

“O abortas o te despedimos”

La verdad es que hoy tenía pensado hablar de otra cosa (en concreto de ese terrible momento en que nos separamos por primera vez de nuestros bebés), pero luego he leído esta noticia en la prensa del día y he cambiado de idea. El titular es el mismo que encabeza este post y cuenta el caso de una trabajadora griega a la que su empresa le pidió de malas maneras que eligiera entre su hijo y su trabajo. Así de simple. Ole sus huevos.

Esta situación, que el artículo describe como habitual desde que estalló la crisis, no es patrimonio exclusivo de los griegos y, desde luego, no es resultado del mal estado de la economía actual. Ni muchísimo menos. Hace casi cuatro años, cuando nuestro gobierno todavía insistía en que eso de la crisis no iba con nosotros, a una buena amiga mía (tan buena que luego se convirtió en la madrina de la Enana) le ocurrió exactamente lo mismo. Tenía un buen trabajo, de riesgo por manipular sustancias peligrosas, y cuando se quedó embarazada sus jefes le insinuaron que no era buena idea, mira tú, que iban a tener que ponerla a trabajar en otra sección del laboratorio y buscar un sustituto para su puesto, que, por el bien común, o sea, de ellos, lo mejor era dejarlo correr, abortar y listos. Luego, eso sí, se podía tomar unos días de descanso para recuperarse. Faltaría plus. Que no somos insensibles ni unos monstruos. Mi amiga, claro, no abortó y aunque no la despidieron, tampoco la renovaron como estaba previsto y se quedó con su churumbel en el paro. Como es una genia y una gran profesional, no tardó en volver a encontrar un hueco en el mundo laboral, pero podría no haber sido así, como ocurrió con muchos otros casos.

Bueno, dirán algunos, hace cuatro años la cosa ya estaba jodía por estos lares, es normal que los empresarios intenten reducir costes y tal. Vale, puede. Pero cuando aún era estudiante (allá por el Pleistoceno, más o menos), recuerdo perfectamente la conversación de dos chicas que viajaban justo detrás de mi en el tren. Venían de hacer una entrevista de trabajo y una de ellas estaba escandalizada porque el de recursos humanos le había preguntado por su vida privada: ¿piensas casarte? ¿tener hijos? Pero, bueno ¿eso a ti que te importa?- refunfuñaba ella- ¿O es que si soy lesbiana me contratas pero si me gustan los hombres no? ¿A caso le haces la misma pregunta a los tíos que se presentan para el puesto? La amiga (o conocida) la miraba con ojos llorosos mientras despotricaba y al final la interrumpió y le dijo: Mira, Mari Loli, las cosas son así. El mundo no está pensado para las mujeres ni para los niños y luego dirán que es culpa nuestra el descenso de la natalidad.

Y la chica tenía razón.  Porque, ¿en qué cabeza cabe que multinacionales como Apple o facebook ofrezcan a sus empleadas congelar óvulos para no embarazarse en un momento inoportuno? ¿Cómo se come que, cuando una chica con un carrito de bebé se monta en un autobús urbano (y esto me ha pasado a mi, in person) el autobusero la riña porque le está interceptando el paso y el carrito ocupa mucho hueco. Que todas las madres deberían ir acompañadas, por Dios, para que alguien las ayude y no molesten tanto? ¿Es normal que si hay un par de señores fumando y bebiendo cerveza al lado de un parque infantil nadie les diga nada, pero que si yo me saco la teta (con discreción y sin aspavientos) para alimentar a mi bebé me suelten que “ofendo la vista”? A día de hoy la conciliación laboral es un mito y al final la que se sacrifica y paga el pato es siempre la mujer que reduce su jornada, renuncia a puestos importantes o simplemente se queda en casa para educar a sus hijos y, además, tiene que aguantar que sus compañeros le digan alegremente y a la cara “Pero qué bien vives, Paquita”.

Y es que hoy me siento un poco “eriza en pie de guerra”, como llama Pérez Reverte a las feministas y me toca muchos los ovarios que además de lo nuestro, tengamos que aguantar tonterías ajenas. Ser madre no es un error ni algo que esté mal o que nos vuelva incompetentes: de hecho nos afina el cerebro cosa mala al obligarnos a atender varias cosas a la vez sin volvernos locas. Yo habitualmente llevo mi agenda, la de mi jefe, la de mi compañero de fatigas, la de las niñas y la de la perra. Sé a quién le toca qué vacuna y cuándo, qué día se acaba el plazo para presentar un informe, si el costillo tiene o  no una reunión a primera hora y además hago unas lentejas que te cagas. Preséntame a un tío que haga lo mismo y en cima no alardee de ello. La crisis sólo ha dado la excusa perfecta para arrinconarnos una vez más, mirar sólo nuestro útero y no nuestro cerebro y, así,  justificar lo injustificable.

Y lo dejo ya porque empiezo a echar humo y tampoco es plan. Os dejo eso sí un vídeo estupendo que deberían ver todos los empresarios del mundo mundial, porque efectivamente, ser madre es un plus. Y además una maravilla. He dicho.

Pequeñas cosas que te alegran la vida

Porque como las brujas, haberlas hailas… Por ejemplo, cuando tu costillo te dice “Pues yo te veo estupenda”, justo el día en que al mirarte al espejo te ves la tripa fofa y el culo gordo. O cuando, la Mayor te abraza mientras las secas con la toalla y te susurra “Mami, te quiero mucho”. O cuando abres el buzón y te encuentras una carta del laboratorio de enfermedades congénitas de Valladolid diciendo que los resultados de los análisis de tu bebé son “NORMALES”. O cuando, justo antes de salir, deja de llover y durante hora y media de recados luce el sol. O cuando alguien a quien quieres mucho, de pronto, se acuerda de ti y te envía un e-mail.

Cosas pequeñas. Grandes alegrías. Feliz miércoles.

Gestión de crisis

El cerebro de una madre

El Secretario General de la ONU debería ser una madre. Ni generales ni jefes de Estado: nadie gestiona mejor una crisis que una mujer con uno o varios churumbeles a su cargo. Veamos un ejemplo.

2:42 a.m. El radar interno que toda hembra humana desarrolla tras pasar por la sala de partos me saca de un profundo sueño. Un breve vistazo a la cunita que hay junto a la cama me confirma que el bebé sigue en fase REM. O sea, que es la Mayor. Agudizo el oído. Sí. Un lloriqueo bajito y ruido en el cuarto de baño. Me levanto como impulsada por un resorte y descubro a la criatura sentada en el orinal medio dormida y sollozando. “Mami, me he hecho pipí aquí” , dice señalando el pantalón del pijama. No pasa nada. Tranquilizo a la niña, cambio las sábanas, la cambio a ella, la vuelvo a meter en la cama, besito y a dormir. Tiempo empleado: 11 minutos exactos. De vuelta a mi cuarto, Tulga da señales de vida, así que aprovecho para darle de mamar antes de meterla otra vez en su cuna y dormirme como una bendita mientras me programo para que mañana me de tiempo a poner dos lavadoras.

10:15 a.m. Con la Mayor vestida, desayunada y en la guardería y la Pequeña plácidamente dormida, pongo la primera de las lavadoras y cometo el imperdonable desliz de pensar: “uy, a lo mejor me da tiempo a ducharme”. Error. Me meto en agua, me enjabono el pelo y justo cuando estoy con la cabeza llena de espuma cual cucurucho de nata, me doy cuenta de que el desagüe no traga. Es más: el agua empieza a desbordar el plato de ducha y campar a sus anchas por el cuarto de baño, empapando la alfombrilla, mis zapatillas y las pelusas que no he no he podido barrer en toda la semana ¡Mierda! Me enjuago cagando leches y cuando creo que ya nada puede ir peor, dos sonidos simultáneos me demuestran que estoy equivocada: el primero es Tulga llorando a pleno pulmón y el segundo la dichosa alarma anti-inundaciones de baño que, por si no me he dado cuenta, me avisa de mi pequeño tsunami doméstico. Gracias por el detalle, corazón.

Salgo de la ducha. A ver, pienso, por partes. Me seco someramente con una toalla y así, en bolas, calmo a Tulga lo suficiente para que los vecinos no piensen que la estoy desollando viva. Luego bajo corriendo a la cocina en busca del cubo y la fregona para, con la rapidez que dan tres años de práctica de limpiar pis de perro y potas de niña, recoger todo el agua, tender la alfombrilla chorreante y limpiar pelos del desagüe,siempre acompañada por el incansable “pipiiiiiii” de la alarma, que se deleita en torturarme los oídos. Fase dos: parar la alarma. La desmonto. La miro. La remiro. Ni puta idea de cómo funciona. Pruebo a tirar de un par de clavijas hasta que una se suelta y el pitido para ¡Aleluya!

“Bueno” me digo a mi misma “Esto ya está. Voy a secarme un poco (porque os recuerdo que estaba en pelota picada), a echarme cremita y a vestirme”. Error 2. Justo cuando estoy desenredandome el pelo suceden otras dos cosas simultáneas: Tulga vuelve a llorar y “plín” saltan los plomos. Vale. Tranquilidad. Lo primero el bebé. Otro ratito de teta y arrumacos hasta que se calma. Esta vez me pongo unas bragas y el sujetador antes de bajar a inspeccionar la caja de fusibles. La abro. Parece fácil. Levanto el pitorro que hay bajado y vuelve la luz. Me siento como McGyver, pero claro, en la vida real las cosas no son tan sencillas. Recuerdo que había puesto la lavadora y, al irse la luz, se ha quedado a medio centrifugar. La programo otra vez y listos, pienso, pero mientras estoy en ello vuelven a saltar los plomos. No me lo puedo creer. La misma clavija. La subo de nuevo, pero vuelve a bajarse a los dos minutos, lo que me lleva a suponer una relación directa entre la inundación, la alarma y jodíos plomos. Después de tirarme un buen rato secando, primero con un trapo y luego con el secador, todo el aparato por si la humedad tiene algo que ver en el tema y tras sofocar otros dos conatos de lloro del bebé, aún en bragas, tiro la toalla y le mando un mensaje a mi costillo pidiendo ayuda. S.O.S. Help me!!!! Sin embargo, el costillo está currando a todo currar y no me contesta.

¿Qué hacer? Busco en la caja de herramientas un destornillador adecuado para desmontar la parte de la alarma que aún sigue de una pieza. Lo localizo al tercer intento y tirada en paños menores en el suelo húmedo de baño doy por fin (por pura chiripa, todo hay que decirlo) con la puñetera fuente del problema. Había apagado el pitido, pero NO desconectado la alarma, que según me enteré después  hace saltar los plomos automáticamente en caso de inundación para evitar cortocircuitos. Desconecto la alarma, doy la luz y ¡tachán! todo solucionado. Disfruto del silencio cinco segundos exactos y luego, Tulga rompe a llorar. Pero eso es fácil: solo es una cosa de la que ocuparme  y además, ya llevo bragas…

14:22 p.m. El compañero de fatigas me llama desde el curro porque acaba de ver mi mensaje. Tranqui, amor, le digo. Ya está arreglado y además la ropa está tendida, la segunda lavadora puesta, el chucho paseado y la comida caliente… Eso, sí, aún no me he peinado, pero ¿alguien se ha fijado alguna vez en el pelo de general Patton? Pues eso.

 

Noches en blanco

– Mamá, cuéntame un cuento

– Vale. Había una vez una princesa que vivía en un castillo encantado…

– No. Ese no. ¡De princesas de verdad!

– Está bien. Erase una vez una mamá que en el fondo de su corazón era una princesa. Pero como no podía dormir por las noches, durante el día vagaba por los pasillos de su humilde morada como un fantasma, sin recordar quién era realmente.

– ¿Y por qué no dormía?

– Pues porque vivía con dos pequeños duendes y un gran ogro en su palacio. Uno de los duendes era pequeñito y comilón y la mantenía despierta varias horas cada noche obligándola a preparar deliciosos manjares y el otro, un poco más grande y bastante más rubio, insistía en que le contase cuentos durante horas.

– ¿Y el ogro?

– El ogro roncaba tan fuerte que las paredes del dormitorio temblaban, hasta el punto de que la mamá-princesa temía por su vida.

– ¿Y qué pasó al final?

– ¿Al final? Creo que todos fueron felices y comieron macarrones con tomate, pero no estoy segura de ello.

– ¿Por qué?

– Ay, cariño porque estoy muerta de sueño…

El duro proceso de adaptación

El 11 de septiembre a las ocho y cuarto de la tarde venía al mundo mi segunda hija, un poquito antes de lo previsto (menos mal que dejé preparados los trastos!) y con tantas prisas que casi no llegamos al hospital. Las contracciones empezaron después de comer, sobre las cuatro de la tarde y en un ratín pasaron de ser cada siete minutos a venir casi seguidas. Dejamos a la Enana al cuidado de los abuelos y salimos escopetados, pensando dónde demonios dejar el coche con todos los alrededores del hospital en obras y los aparcamientos hasta la bandera. Tan mal vimos la cosa y tan apurada iba yo, que el padre de la criatura me soltó en Urgencias y él se fue a ver dónde podía aparcar el trasto. Los de Urgencias me miraron y por primera vez en mi vida los vi moverse a gran velocidad: “Déjame el DNI, no te preocupes. ¡Fulanita! Corre, llama al ascensor y acompaña ahora mismo a esta señora a paritorio ¡Pero corre ya!”. Y yo casi sin aliento, subiendo en el ascensor mientras Fulanita me pregunta si venía sola: No, mi marido está aparcando el coche. “Uy, pues la lleva clara. Si no se da prisa me parece que se lo pierde”.

La matrona que me recibió puso cara de susto al verme, me hizo a pasar a un cuartito, me pidió que me quitar la ropa y tras un ligero vistazo a mis partes bajas constató que ya estaba casi dilatada del todo y movilizó a todo el personal. El compañero llegó corriendo. Me vio ya tumbada mientras dos enfermeras se esforzaban por cogerme una vía y sacarme sangre todo a la vez y la matrona gritaba a no se quien que preparara el paritorio. “Voy a romperte la bolsa”, me dijo “¿Tienes ganas de empujar?”, le dije que sí, ya lo estaba haciendo, y ella me ordenó que soplase, que teníamos que pasar a paritorio. Casi no le dio tiempo ni de vestirse. Mi compañero sonreía, con sorpresa. Di tres empujones y de pronto le oigo decir: “¡Tulga ya está aquí!”. Yo pienso: ¿tan pronto? Si a penas me ha dolido… Y me ponen a mi bebé en cima, toda chiquitita y llorona. Mi pequeña, mi niñita. A penas habían pasado 25 minutos desde entré en Urgencias. Tan rápido fue todo que se rompió la clavícula izquierda al nacer. Pero en seguida cogió el pecho y yo estaba prácticamente como nueva al darnos de alta dos días después.

Tenía muchas ganas de volver a casa, de presentar a la recién nacida a su hermana y me sorprendió su forma de hablarle, imitando la voz nasal que se nos pone a los adultos cuando nos dirigimos a un bebé: “Ay, hermanita, que pequiñita eres”. También me dejó pasmada lo primero que me dijo a mi: “Mamá ¿Y tu barriga?”. Durante un día entero fui muy feliz.

Luego aterricé en la dura realidad. Con dos pares de abuelos metidos en casa, cada uno con su idiosincrasia particular y sus suceptibilidades, y una niña de dos años y medio que de pronto se convirtió en la Increíble Cosa Cambiante del Pantano me encontré apabullada por las circunstancias. El compañero tenía que ir al trabajo y a mi me tocó además hacerme cargo de todo el papeleo (con mi empresa metiendo prisa para que consiguiera la baja maternal tal que ya, pero sin darme el documento que me hacía falta para ir a la Seguridad Social). Además Tulga, al margen de la clavícula rota había nacido con una pequeña fosita sacra, justo en cima del culete y me tocó volver al Hospital dos veces: primero a hacerle una ecografía con 5 días de vida y después a ver a la pediatra, para que me dijera si estaba todo correcto. “Todo bien”, me confirmó “a la espera de lo del tiroidoes. Ya sabes que aunque salga negativo habrá que repetirle la prueba, no?”. Pues no. No lo sabía.

Y la Enana montando pollos por todo en casa: porque todavía falta mucho para su cumpleaños, porque quiere merendar tres veces, porque no quiere irse a la cama, porque yo no me callo cuando ella me lo ordena, porque no quiere ir a la guarde… Hace dos días se hizo pis encima por primera vez desde que le quité el pañal. Sé que no fue un descuido, porque llevaba diez minutos preguntándole si quería ir al baño y ella asegurando que no, que el baile de san Vito que se traía entre manos era pura gimnasia. Así que lo hizo a posta. Por alguna razón que no llego a comprender del todo. Igual que no entiendo que vuelva a despertarse un par de veces por las noches (casi más que su hermana, que de momento es una bendita), sólo para pedirme que le lea un cuento a las tres de la mañana, o que pretenda que yo le de comer, cuando hasta ahora la pelea era por comerse ella sola hasta la sopa…

Sé que todo requiere un periodo de adaptación y que mi pequeña princesa acaba de verse destronada, pero yo le presto toda mi atención, igual que antes, ya que su hermanita me deja. Juego, le preparo el bocadillo, le leo cuentos… y me fastidia que los llantos y las pataletas sean solo conmigo. Además la presencia abuelil no contribuye demasiado. Me agobia más que me ayuda y me impide establecer rutinas y desenvolverme como me gustaría, porque hay que estar pendiente de cuatro adultos, que además se sienten ofendidos si a las 9 de la noche les insinúas que estás cansada y que te gustaría que te dejaran un rato tranquila…

Y ahora una pregunta ¿hasta cuándo dura esto? ¿Los hermanos mayores tardan mucho en dejar de estar celosos? ¿Los abuelos deciden volver a sus casas algún día? ¿Mis antiguos vaqueros volverán a entrarme en el culo? Preguntas sin repuesta de una madre al borde de un ataque de nervios…

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