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Y la regla ¿para cuándo?

Eso es lo que tendrían que preguntarme, en vez de si voy a tener un tercer hijo (INCISO: no sé qué le ha dado a todo el mundo últimamente con el tema, ni por qué hasta el apuntador está empeñado en que aumente la familia. Desde abril me han soltado unas siete veces si me quedo con las dos insurrectas o voy a darles un hermanito. Y a mi me late la vena del cuello cada vez que alguien menciona un tercer embarazo… ¡Por Santa Padera mártir! Para que os hagáis una idea, duramente mi última bronquitis (sí, tras la neumonía, tuve bronquitis. Soy así de chula) un compañero de trabajo insinuó que a lo mejor lo mío no eran mocos y fiebre a cascoporro sino PFM, o sea, Principio de Familia Numerosa. A ver, pequeñuelos, ganas no me faltan, energías puede que sí, pero ganas, no. Nada me gustaría más que tener otro bebé, sobre todo, porque Tulga se hace mayor a pasos agigantados… PEEEEEERO, ¡no me dejan! ¡Chimpún! Aún me pica cuando alguien menciona su estado de buena esperanza y siento cierta desazón cada vez que me deshago de un body o de un pantalón que se ha quedado – definitivamente- pequeño. Así que, PLIS, no insistáis. Dajadlo ya, que para mi cada comentario es el equivalente a un “deja-que-eche-un-poco-de-sal-en-esas-heridas”. FIN DEL INCISO).

Me encuentro entre las raras afortunadas que, tras un embarazo y su correspondiente lactancia, no ven el periodo en años… De hecho, mi última regla fue en diciembre de 2013, ahí es ¡Qué bien! – diréis algunas- ¡Menuda gozada! Sin embargo, y aunque reconozco que mi pereza hormonal tiene sus ventajas, también tiene sus inconvenientes. Por ejemplo:

  1. No es lo mejor para conseguir un segundo embarazo. Cuando la Mayor tenía 9 meses decidimos que era el momento de darle un hermanito y nos pusimos manos a la obra con ahínco. La criatura seguía con lactancia materna a demanda y a mi no había vuelto la regla, pero ¿no decían todos, incluyendo las matronas, que la teta no era un método anticonceptivo eficaz? Pues ale. A darle al tema. Tres meses después, y sin visos de concebir en un futuro próximo, decidí destetar a la niña, convencida, esta vez sí, de que  recuperaría mi fertilidad en cuestión de días ¡Y un jamón de Jabugo! Aún pasaron otros tres meses antes de que me bajara la regla y cuando lo hizo era de lo más irregular, con ciclos que oscilaban entre los 26 y 38 días (la de test de embarazo que me hice en esa época, no daba a basto a mear en el palito!!!!). Resumiendo: parece ser que, en mi caso, estoy destinada a criar a mis hijas con calma y sosiego. Nada de amontonar bebés a totas y a locas. Hombre ya. Que la primera se saque el carné de conducir y luego vemos lo que hacemos…
  2. Otro gran inconveniente es no saber cuándo te toca el asunto. Si tienes tus ciclos más o menos controlados, puedes planificar cosas como un viaje a la playa o una noche de pasión descontrolada y meter una compresa en el bolso más o menos en la semana correcta. Yo no puedo. Tras mi primer embarazo, me tiré año y medio a verlas venir y luego otros cinco meses idem de idem. La muy maldita se presentó una vez justo cuando colocaba las maletas en el coche para irnos de camping… 36 días después de la última. Joder Jolín. Este tipo de cosas deberían estar prohibidas por la convención de Ginebra o algo.
  3. El pasarte años sin el periodo te complica cosas tan sencillas como ponerte enferma. Cuando cogí la neumonía hace unos meses me tuvieron que hacer una radiografía y antes de meterme en la sala de rayos X, el buen doctor me preguntó por mi última regla. “Pues mire usted”, le dije, “yo de eso no gasto…” Una vez que le expliqué el tema, y ante la posibilidad (remotísima) de freír a una posible habichuela, me hicieron un análisis de orina para descartar el embarazo, lo que me obligó a esperar más de una hora en urgencias hasta tener los resultados. Chachipiruli. Lo mejor cuando estas ardiendo de fiebre y con un dolor que no te deja ni levantar el brazo.
  4. Las amenorreas tan largas con las mías prolongan también la sensación de “postparto”. Es como si no pudiese dar carpetazo a esa fase definitivamente hasta recuperar el periodo. Y, la verdad, después de casi dos años y medio, empiezo a estar harta. Mi cuerpo es un cóctel hormonal descontrolado, que parece en perpetua fase de desintoxicación, y eso afecta a mi piel, a mi pelo y a mi mala leche.

Dos semanas después de la última toma de Tulga, el pasado Viernes Santo, encontré un poco de sangre en mis braguitas. “Anda” pensé “parece que está vez va a ser rapidito”. Y, casi con emoción, rescaté una compresa perdida del armario del baño y me la puse.

Me la quité por la noche limpia como una patena.

Si eso fue una regla debe ser la más corta de la historia de la mujer. Un mes después aquí sigo, esperando a ver qué pasa. Por ahora, me he hecho con una provisión de compresas en el despacho (¡gracias E.!) y he repuesto el stock de casa, sólo por si a caso. Lo único que espero es que la regla no se presente justo el día en que decida inaugurar la piscina…

 

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