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Rita y la intendencia

Rita es esa señora hacendosa, con una agenda del tamaño de la Enciclopedia Británica, que se asegura de que todo el mundo tiene ropa limpia, que aún queda champú y  papel higiénico y que los macarrones con tomate lleven, efectivamente, macarrones y tomate, y no cualquier otra cosa. Rita sabe mejor que nadie lo que cuesta montar una excursión con toda la tropa (y no sólo económicamente. Que también), garantizando un mínimo de orden, control y buenhacer, para que así la diversión vaya rodada. Rita planifica, calcula, trasnocha, gasta energías e intenta hacerlo sin ponerse hecha un basilisco y sin perder la sonrisa.

Porque está muy bien tirarse de cabeza a la piscina, como si no hubiera un mañana, siempre que luego encuentres una toalla seca y la merienda preparada. Cómo ha llegado esa toalla allí o quién ha preparado el bocadillo, suele ser lo de menos… Excepto para Rita, claro. Ella se ha ocupado de poner la lavadora y echar suavizante para que la toalla esté limpia y esponjosa. De ir a la compra a por pan tierno y un buen salchichón y, de paso, unos zumos o unos batidos, que nadar da mucha sed. Se ha acordado de coger el protector solar y los manguitos y de untar bien a todo quisqui para evitar quemaduras. Lo único que no ha podido hacer es depilarse… pero bueno, son cuatro pelos. Tampoco pasa nada.

¿Y que me dicen de esos viajes al quinto pino, apurando los minutos? ¿Ese salir justo después del trabajo y volver la víspera a altas horas para aprovechar bien el puente? ¡No hay color! Ya si eso que Rita se vaya preocupando de hacer las maletas, poner lavadoras, coordinar entradas y salidas que tampoco es para tanto… ¡Vamos, digo yo! Que no lo sé, porque de eso ocupa Rita…

Así que para todas las Ritas del mundo que se van de puente este fin de semana ¡paciencia, chicas!

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Yo viajo con niños ¿y qué?

Este verano mis dos Pichurrinas y yo nos hemos recorrido media geografía española en un tren para ir a ver a los abuelos. Cagadita que iba, oigan. Y no por lo largo del viaje, el madrugón inevitable o el tener que ir arrastrando una mochila llena a rebosar junto a dos niñas, de 3 y un año, a lo largo de tres estaciones y dos trenes. No. Eso estaba medido y chupado.

A lo que tenía pavor era a la reacción de los demás viajeros al verme aparecer sola, con ellas y un carrito desmontable ¡Olé!

Vamos, que me pongo en situación y me entran los siete males. Y es que por muy tranquilos que sean los niños, por muy entretenidos que estén y por muchas chucherías que traigas, tarde o temprano se van a aburrir y en un espacio cerrado y sin posibilidad de escape se puede liar la de San Quintín. Yo tengo asumido que los críos hacen ruido, que gritan y juegan y que es algo normal, pero sé que mucha gente no lo ve así y se lo toma como una vulneración de su espacio. Y eso sí que no. Que una va dispuesta a molestar lo menos posible, a pasar desapercibida y vender su alma Disney si hace falta, lo que no implica soportar comentarios, miraditas o cualquier otra tontuna, que bastante tengo ya con lo mío.

Pues en este estado de ánimo me planté en la estación, a las siete y media de la mañana, con la tarjeta del móvil petada de dibujos, juguetes varios, gusanitos, galletas de chocolate y una dosis extra de paciencia, dispuesta a comerme por una pata al primero que frunciera el ceño al oír llorar a mi bebé. Pero no. Ni una queja. Ni un mal gesto. Es verdad que mis dos terremotos se portaron divinamente, pero dimos mil paseos por los vagones, interceptamos el paso y todo ser viviente en 20 metros a la redonda conoció a conciencia a Elsa y Anna de Frozen (¡benditas sean!).

Cuando tras casi 10 horas de viaje llegamos por fin a destino me di cuenta de la cantidad de cumplidos y caras de embeleso que había despertado Tulga durante sus incansables caminatas por el tren, moviéndose con la misma gracia de un pato mareado y sin dejar de chuparse el dedo (que con el traqueteo que nos traíamos tiene su mérito).  La Mayor, por su parte, consiguió que le dieran un par de regalices y algunas gominolas sonriendo un poco y pidiéndolas por favor y hasta el revisor habló con ella de forma cortés y paciente, esperando sin meter prisa cuando se empeñó en sacar los billetes de mi bolso sin ayuda.

Un par de viajeros se ofrecieron a bajarme el carrito al andén mientras yo me ocupaba de que las niñas no se despeñaran por las escalaras de acceso y todo el mundo en general me trató con amabilidad y hasta con dulzura. Para fliparlo.

Llegamos agotadas (yo más que ellas), pero con un estupendo sabor de boca. Si tuviera que poner algún “pero” a mi aventura veraniega sería a las instalaciones, o mejor dicho, a la falta de ellas en los transportes y edificios públicos. No es que los baños de los trenes de largo recorrido no tengan cambiadores (los TRD de media distancia los tienen y bien hermosos) sino que no hay lugar alguno donde quitarle el pañal a un bebé, así que o dejas a tu churumbel con la caca pegada al culo cinco horas o te vas a las plataformas entre vagones y lo tumbas en el suelo. Más aún: una estación grande y concurrida como es la de Chamartín en Madrid tampoco dispone, no ya de una sala de lactancia, que tampoco pido virguerías, sino de un simple cambiador en ninguno de los baños. Ante mi estupor, le pregunté a una señora de la limpieza que pasaba por allí dónde podía cambiar a Tulga y me confesó que hacía años que habían arrancado los cambiadores de plástico y que nunca los habían repuesto, así que si tenía que mudar a la chiquilla lo mejor era buscar un lugar tranquilo y, sí, hacerlo otra vez en el suelo. Menos mal que la Peque es de buen conformar…

Con la experiencia previa, el viaje de vuelta fue mucho más relejado y lo disfrutamos más. Y además me quedaron claras algunas cosas para el futuro como:

  • Hay que llevar lo justo y necesario, sobre todo si vas a ver a la familia (que con seguridad te va a dejar hacer la colada!). Con cuatro vestidos y cinco bragas las niñas (y yo) nos apañamos perfectamente 15 días.
  • Es mejor racionar los gusanitos y las galletas que lleves a modo de soborno gastronómico. Si los sacas todos a las primeras de cambio, al final te quedas sin ellos cuando más los necesitas.
  • Planifica las siestas para cuando no vayas a tener que recorrerte la estación en busca de un andén o hacer un trasbordo. Si se te quedan fritas 10 minutos antes de que pongan el tren el las vías vas a tener que despertarlas y luego no hay quien las vuelva a dormir ni con cloroformo.
  • Dar el pecho facilita mucho las cosas si viajas con un bebé. No es ya que no tengas que ir por ahí buscando un lugar donde calentar un biberón, sino que el poder tranquilizante y soporífero de una buena teta es inigualable.
  • Prepara algunos juegos para los Mayores porque se acaban cansando de los dibujos. El veo-veo, contar cuentos, buscar vacas en los prados o un mazo de cartas de frutas pueden serte de gran ayuda.

Todo esto viene a ratificar lo que yo sabía de antemano: tener hijos no te impide seguir haciendo cosas (las que quieras: viajar, salir de tapas, visitar un museo, comprar ropa, ir de excursión, bañarte en la playa…). Basta con tener un poco de sentido común y una bolsa grande de chucherías… ¿o no?

Happy Christmas

Que sí. Que lo pongo en inglés. Después de que la Enana, tras mirar atentamente el Belén que hemos puesto en casa, me preguntara dónde estaba Papá Noel he decidido dejar de resistirme. Seamos realistas: los niños están supersaturados de información y si por todas partes ven papases noeles con sus trineos y sus “ciervos” (la Enana no tiene muy claro qué son exactamente los animalitos) es inútil que una intente explicarle que aquí, en casa, los que vinieron toda la vida fueron los Reyes Magos, y que el tipo gordo vestido de rojo en mis tiempos salía sólo en el anuncio de la Coca-cola. Es lo que hay.

Así que este año por casa pasarán Sus Majestades de Oriente y Papá Noel, repartiéndose los regalos entre los cuatro, y a todos les pondremos un zumito o un vaso de leche con galletas “para coger fuerzas, mami, que los paquetes pesan mucho”. Esta será la primera Navidad que la Mayor disfrute de verdad, porque hasta ahora era demasiado pequeña para comprender la magia de estas fechas… De hecho, en la cabalgata del año pasado se emocionó más cuando vio montado en lo alto de una carroza a Pocoyó que con cualquiera de los Reyes Magos. Si hasta la grabé en vídeo y todo porque no salía (yo misma) de mi asombro.

Otra cosa que ha cambiado en esta ocasión es lo que denomino el “pidismo”, o sea, el pedir sistemáticamente cualquier juguete que sale por la tele o que ve en el parque o en un centro comercial. Hasta ahora le habíamos comprado lo habíamos considerado oportuno, pero ahora mi Enana tiene sus preferencias. Quiere una muñeca con pelo para peinarla. Y con chupete. Y a ser posible que cierre los ojos para dormir. Ah, y huevos de chocolate. Y un tren (sí, lo sé, es poco femenino, pero le pirrar los tractores, los trenes y las construcciones en general). Le ha escrito ya tropecientas cartas a todos los regaladores navideños y me pregunta a diario si se ha portado bien, no sea que en el último momento la cosa se tuerza y le traigan “farbón de ese negro”. Si es que está para comérsela.

Si sobrevivo a los cerca de 2500 kilómetros que vamos a hacer en coche para visitar a las familias que viven en los extremos opuestos de España, cargados con todos los atalajes que necesitan una niña de casi tres años, un bebé de tres meses y un perro, estoy segura de que disfrutaremos mucho de todo… aunque en este momento, mientras pongo lavadoras y preparo maletas lo único que sale (muy, muy bajito) de mi boca es un quedo help me (para que me entienda Papá Noel).

¡Feliz Navidad a todas!

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