Segundas oportunidades

Muy de vez en cuando, una vez cada seis años bisiestos, la vida te da una segunda oportunidad. Es algo muy raro, casi absurdo, como encontrar sitio para aparcar  a la primera una tarde de lluvia en la que tienes prisa o que caiga en el examen el único tema que te has estudiado. Porque, no nos engañemos, por mucho que insistan las pelis de sobremesa, si una puerta se cierra, normalmente lo hace a cal y canto y a prueba de cerrajeros… Por lo menos esa era mi experiencia. Hasta ahora. Hasta el pasado mes de mayo.

Y es que, a dos días de que me viniera la regla, me levanté una mañana con las tetas como melones y una que ya está bregada en estas lides, empezó a comerse la cabeza. A ver. A ver. Echemos cuentas. Hace como dos semanas me bebí media botella de vino y cuando el costillo pidió guerra se la di de buen grado y sin condón ¿Sería posible? Con la mierda de ciclos que tengo, ni la mejor pitonisa del mundo sería capaz de averiguar cuándo estoy ovulando, como para saberlo yo… Que no, hombre, que no. Que seguro que son imaginaciones tuyas. Anda tira para el curro que en cima vas a llegar tarde…

En el despacho no daba pie con bola. Seguía haciendo cálculos y tocándome las tetas periódicamente, incapaz de concentrarme ni dos minutos seguidos, y al final decidí salir de dudas y me fui a la farmacia. Compré un test de embarazo y me metí con él en el baño. Me pareció ver dos rayitas, pero no estaba segura, porque la segunda era más una sombra que una raya. Casi ni se intuía. Volví a mi mesa y guardé el test en el cajón donde estuvo exactamente dos minutos, porque tuve sacarlo para mirarlo otra vez. Lo puse al trasluz, bocabajo, de canto, intentando ver esa segunda línea rosa con claridad, sin conseguirlo. A punto de que me diera un algo, llamé a mi compañera E. y le enseñé el dichoso palito: “Oye, ¿tú qué ves aquí? ¿Hay una rayita o no la hay?”. Ella lo examinó con atención y tras un momento de duda me dijo: “Mira, vamos a la farmacia y compramos uno de esos en los que te lo dice claramente, con todas las letras, y así nos dejamos de historias”. Eso hicimos.

No sé cómo conseguí volver a hacer pis con los nervios (y las pocas ganas) que tenía, pero lo hice y las dos esperamos a que el test electrónico diera su veredicto. Creo que fue el minuto más estresante que he vivido en el trabajo en toda mi carrera. Al final en la pantalla digital salió: “Embarazada, 1-2 semanas” ¡Toma ya! No sabía si reír o llorar. Era lo que más deseaba en el mundo, pero el costillo me había dejado claro que no quería más hijos. Habíamos pasado una época difícil, en la que me había faltado una pizca así para hacer las maletas y dejar nuestra relación de forma definitiva y ahora que por fin habíamos recuperado la normalidad pasaba esto ¿Cómo cojones se lo iba a decir?

Llegué a casa temblando como un flan, con el test en el bolso cual tesoro pirata, y en cuanto tuve la más pequeña oportunidad se lo enseñé. No sabía qué esperar. Quizá una bronca. Una pelea. Desde luego no lo que vino a continuación. Mi marido sonrió y dijo: “¡Qué bien! ¿Se lo decimos a todo el mundo?”. Nos abrazamos con fuerza, nos besamos y fuimos felices como no lo habíamos sido en meses, con felicidad pura y compartida. Felicidad de la buena.

Segundas oportunidades.

Un mito.

Un espejismo.

La mía duró, exactamente, ocho semanas.

Perdí el bebé a finales de junio y esta vez no hubo frases esperanzadoras (y de mal gusto) del tipo: “Eres joven, ya tendrás otro”, sino más bien todo lo contrario. “Ha sido lo mejor”, “Quedaros como estáis”, “Ya tienes una edad”, “Mejor así”. También hubo malas caras y diez horas de espera en urgencias hasta que la gine encontró un hueco para echarme un vistazo, mucho desdén y nula empatía por parte del personal sanitario y la sensación general de que había ido allí a molestar y dar por saco, más que a que me atendieran.

Lloramos los dos. El duelo fue compartido y eso me ayudó bastante. Físicamente lo pasé peor que cuando tuve mi primer aborto. Estaba muy débil, muy delgada (me avergüenza decir que mi índice de masa corporal no llegaba ni a 17 en aquel momento) y había sufrido una buena hemorragia. Con la tensión por los suelos (en el  hospital ni me la encontraban) y una anemia galopante, pasé un par de semanas en las que a penas me tenía de pie. Nos consolamos el uno al otro, dijimos “adiós” a nuestro bebé y en cuanto me tuve derecha volví al trabajo.

La vida no da segundas oportunidades. Debería saberlo.

Y ahora, casi cuatro meses después, cuando ya sabría el sexo de mi tercer hijo y estará sacando las cosas del trastero, recuperada por completo del trauma físico y emocional de aquellos días, justo ahora, he decidido subirme a un taburete y gritarle a la vida que me la sopla. Que me da igual. Que no necesito sus segundas oportunidades. A ver si se da por enterada y me deja en paz un rato.

 

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3 Respuestas a “Segundas oportunidades”

  1. Laurel dice :

    Me uno a tu grito. Harta de todo. Un abrazo.

  2. Merce dice :

    Has vuelto! He ido a votar a los premios madresfera y te he visto!
    Siento que hayas perdido a tu bebé. Lo siento mucho. Pero me alegro que tu chico haya estado ahí a tu lado, en todos los sentidos.
    Voy a leerme tu siguiente post.

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