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De partos y cesáreas

Una de las cosas que más miedo me daba de cara al parto de mis hijas era la posibilidad de que tuvieran que hacerme una cesárea. Sólo de pensarlo se me ponían los pelos como escarpias, no me importa admitirlo. Mi pavor se debía, por un lado, a la intervención en sí (que me sajaran el útero y me levantaran los intestinos para llegar hasta el bebé era algo que me quitaba el sueño. Llamadme cobarde si queréis) y, por otro, también me aterraba toda la parafernalia posterior. O sea: tendría que estar sola, sin mi compañero de fatigas al lado, me separarían del bebé durante varías horas para mi recuperación y debería confiar en el buen hacer del cirujano en vez de en mi instinto y mis propias fuerzas. Además se me antojaba (¡que no lo sé!) que la recuperación sería peor, con más molestias aunque sólo fuera por el  número de puntos que te cascan. Jamás entendí a las famosas (y a las no famosas) que se programan cesáreas por los motivos que sean: por estética, por hacer coincidir la fecha de nacimiento con el día de San Valentín, por miedo al dolor de las contracciones o a que no les quede el chichi para farolillos… Creo que todas estas son razones superficiales y que un médico decente jamás debería plegarse a ellas. Las cesáreas están para lo que están: facilitar el nacimiento del niño en los casos en los que se presenta alguna complicación y/o haya riesgo para la criatura o para la madre. Porque sino, por esta misma regla tres, deberíamos operarnos todos de apendicitis cada vez que nos duele la barriga, sólo por si acaso, que total es una operación menor… Y no. No lo es. Un cesárea es una cirugía en toda regla y desde aquí mi respeto y admiración a todas aquellas mujeres que trajeron al mundo a sus hijos por esta vía, con un valor que a mi me falta.

Y os preguntaréis ¿a qué viene todo esto? Pues resulta que hace poco una de mis vecinas tuvo mellizos mediante una cesárea programada, ya que uno de los peques venía de culo y los médicos decidieron que era la mejor opción. Al principio ella estaba encantada. Es más, cuando nos dijo que volvía a estar embarazada, con a penas ocho semanas de gestación, afirmó con rotundidad: “A estos dos que me los saquen, que ya parí al primero y he cumplido mi parte”. En aquel momento no dije ni pío. Faltaría más. Aunque pensé para mis adentros: ay, hija, ojalá no tengas que pasar por eso… A medida que avanzaba su estado y me la encontraba por la calle o en el parque, ella se reafirmaba en su deseo de saltarse el parto para conocer a sus hijos: “A mi que me duerman y me los den, ¡qué son dos, hombre!”, cosa que respetaba aunque no compartía en absoluto.

Cuando al final le dijeron que sí, oyes, que te sales con la tuya y te los sacamos en la semana 39, le faltó dar palmas con las orejas y yo que me alegré, que para eso estamos las madres. Para compartir la felicidad y las penas de las demás. Finalmente llegó el gran día y una semana después me la volví a encontrar ya con su carrito gemelar y los enanitos dentro, ¡que bien hermosos estaban para venir en un mismo pack! Después de las felicitaciones y alabanzas de rigor, mi vecina, bastante demacrada y paliducha, todo hay que decirlo, acabó confesando que se había equivocado. Que la cesárea muy bien, pero que si pudiera dar marcha atrás intentaría tener un parto normal. “Si es que me sentí como si no fuera conmigo”, me dijo “Tú estás ahí medio grogy por la anestesia y de pronto te dice el médico: anda dale un besito al niño que se lo llevan y te quedas diciendo, ¿qué? ¿cómo? ¿y tú quién eres? Luego me mandaron sola a recuperación, su padre me enviaba fotos por el móvil de los niños y yo sin poder ni estornudar del dolor que tenía. Una mierda, vamos”. Le di dos besos, intenté animarla un poco y le ofrecí ayuda si la necesitaba, aunque fuera para echarle un ojo al Mayor y que no se despeñara por el tobogán.  Lo sentí mucho por ella, por no haber podido disfrutar del momento y por verla tan triste en unos días en los que tendría que irradiar felicidad. Todo ello me llevó a reafirme en mis creencias: cesárea sólo en caso supernecesario, cuando el parto no avance, cuando haya riesgo real para los implicados, cuando un parto vaginal no sea la mejor opción…

Vamos a ver, parir duele. Un huevo. Y ya te puedes ir olvidando de lo que se ve en la películas: la señora que grita “Pon a hervir agua”, mientras la parturienta, casi sin despeinarse, da dos empujones y saca al niño, todo en cuestión de 20 minutos. Ja ja. Me descojono. Para empezar los 20 minutos pueden ser tranquilamente 20 horas de dolor insufrible y lo que eufemísticamente las matronas llaman “ganas de empujar”, viene a ser como querer ir al baño después de haberte comido un jabalí entero en una fiesta de Asterix. En el Hospital tu vagina se convierte en la casa de TócameRoque donde TODO EL MUNDO, desde el enfermero en prácticas hasta el ginecólogo de planta, mete mano sin pedir permiso y además, si eres primeriza, cualquier cosa que te pase (mire que la epi no hace efecto, que me estoy mareando, que quiero vomitar, que me duele aquí…) es una exageración debida a la inexperiencia. Sin embargo, prefiero un parto a una cesárea. Prefiero sentir que formo parte del nacimiento de mis hijas… y además la oxitocina y otras hormonas se encargan de que pases una semana montada en una nube de euforia y, de paso, te enamores perdidamente de la criatura que acabas de traer a este mundo. Así que tan malo no es. Repito que hay cesáreas ineludibles y muy necesarias. Mi mensaje va para todas aquellas mujeres que deciden programarse una operación de agárrate los machos para que el niño sea Piscis o porque creen que no van a aguantar el dolor: Replanteároslo. En serio. Que después no hay marcha atrás. Ah, y si hay alguna por ahí con cesárea incorporada y quiere aportar su experiencia a este post, pues encantada, que nunca hay que decir de este agua no beberé ni este cura no es mi padre!

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El duro proceso de adaptación

El 11 de septiembre a las ocho y cuarto de la tarde venía al mundo mi segunda hija, un poquito antes de lo previsto (menos mal que dejé preparados los trastos!) y con tantas prisas que casi no llegamos al hospital. Las contracciones empezaron después de comer, sobre las cuatro de la tarde y en un ratín pasaron de ser cada siete minutos a venir casi seguidas. Dejamos a la Enana al cuidado de los abuelos y salimos escopetados, pensando dónde demonios dejar el coche con todos los alrededores del hospital en obras y los aparcamientos hasta la bandera. Tan mal vimos la cosa y tan apurada iba yo, que el padre de la criatura me soltó en Urgencias y él se fue a ver dónde podía aparcar el trasto. Los de Urgencias me miraron y por primera vez en mi vida los vi moverse a gran velocidad: “Déjame el DNI, no te preocupes. ¡Fulanita! Corre, llama al ascensor y acompaña ahora mismo a esta señora a paritorio ¡Pero corre ya!”. Y yo casi sin aliento, subiendo en el ascensor mientras Fulanita me pregunta si venía sola: No, mi marido está aparcando el coche. “Uy, pues la lleva clara. Si no se da prisa me parece que se lo pierde”.

La matrona que me recibió puso cara de susto al verme, me hizo a pasar a un cuartito, me pidió que me quitar la ropa y tras un ligero vistazo a mis partes bajas constató que ya estaba casi dilatada del todo y movilizó a todo el personal. El compañero llegó corriendo. Me vio ya tumbada mientras dos enfermeras se esforzaban por cogerme una vía y sacarme sangre todo a la vez y la matrona gritaba a no se quien que preparara el paritorio. “Voy a romperte la bolsa”, me dijo “¿Tienes ganas de empujar?”, le dije que sí, ya lo estaba haciendo, y ella me ordenó que soplase, que teníamos que pasar a paritorio. Casi no le dio tiempo ni de vestirse. Mi compañero sonreía, con sorpresa. Di tres empujones y de pronto le oigo decir: “¡Tulga ya está aquí!”. Yo pienso: ¿tan pronto? Si a penas me ha dolido… Y me ponen a mi bebé en cima, toda chiquitita y llorona. Mi pequeña, mi niñita. A penas habían pasado 25 minutos desde entré en Urgencias. Tan rápido fue todo que se rompió la clavícula izquierda al nacer. Pero en seguida cogió el pecho y yo estaba prácticamente como nueva al darnos de alta dos días después.

Tenía muchas ganas de volver a casa, de presentar a la recién nacida a su hermana y me sorprendió su forma de hablarle, imitando la voz nasal que se nos pone a los adultos cuando nos dirigimos a un bebé: “Ay, hermanita, que pequiñita eres”. También me dejó pasmada lo primero que me dijo a mi: “Mamá ¿Y tu barriga?”. Durante un día entero fui muy feliz.

Luego aterricé en la dura realidad. Con dos pares de abuelos metidos en casa, cada uno con su idiosincrasia particular y sus suceptibilidades, y una niña de dos años y medio que de pronto se convirtió en la Increíble Cosa Cambiante del Pantano me encontré apabullada por las circunstancias. El compañero tenía que ir al trabajo y a mi me tocó además hacerme cargo de todo el papeleo (con mi empresa metiendo prisa para que consiguiera la baja maternal tal que ya, pero sin darme el documento que me hacía falta para ir a la Seguridad Social). Además Tulga, al margen de la clavícula rota había nacido con una pequeña fosita sacra, justo en cima del culete y me tocó volver al Hospital dos veces: primero a hacerle una ecografía con 5 días de vida y después a ver a la pediatra, para que me dijera si estaba todo correcto. “Todo bien”, me confirmó “a la espera de lo del tiroidoes. Ya sabes que aunque salga negativo habrá que repetirle la prueba, no?”. Pues no. No lo sabía.

Y la Enana montando pollos por todo en casa: porque todavía falta mucho para su cumpleaños, porque quiere merendar tres veces, porque no quiere irse a la cama, porque yo no me callo cuando ella me lo ordena, porque no quiere ir a la guarde… Hace dos días se hizo pis encima por primera vez desde que le quité el pañal. Sé que no fue un descuido, porque llevaba diez minutos preguntándole si quería ir al baño y ella asegurando que no, que el baile de san Vito que se traía entre manos era pura gimnasia. Así que lo hizo a posta. Por alguna razón que no llego a comprender del todo. Igual que no entiendo que vuelva a despertarse un par de veces por las noches (casi más que su hermana, que de momento es una bendita), sólo para pedirme que le lea un cuento a las tres de la mañana, o que pretenda que yo le de comer, cuando hasta ahora la pelea era por comerse ella sola hasta la sopa…

Sé que todo requiere un periodo de adaptación y que mi pequeña princesa acaba de verse destronada, pero yo le presto toda mi atención, igual que antes, ya que su hermanita me deja. Juego, le preparo el bocadillo, le leo cuentos… y me fastidia que los llantos y las pataletas sean solo conmigo. Además la presencia abuelil no contribuye demasiado. Me agobia más que me ayuda y me impide establecer rutinas y desenvolverme como me gustaría, porque hay que estar pendiente de cuatro adultos, que además se sienten ofendidos si a las 9 de la noche les insinúas que estás cansada y que te gustaría que te dejaran un rato tranquila…

Y ahora una pregunta ¿hasta cuándo dura esto? ¿Los hermanos mayores tardan mucho en dejar de estar celosos? ¿Los abuelos deciden volver a sus casas algún día? ¿Mis antiguos vaqueros volverán a entrarme en el culo? Preguntas sin repuesta de una madre al borde de un ataque de nervios…

Preparando la llegada

El Compañero está nervioso. Intranquilo, más bien. Observa mi barriga creciente y le entran sudores fríos, como si en cualquier momento aquello fuera a reventar, en plan Alien, el octavo pasajero ¿Has preparado ya la maleta del hospital?, me pregunta esta mañana. Yo le miro estupefacta. No, le digo, pero lo tengo todo aquí, y me señalo la frente con un dedo. Que soy muy chula yo para estas cosas. Al padre de las criaturas está a punto de darle una apoplejía ¿Y no crees que deberías empezar a sacar la cosas de tu cabeza y a ponerlas en una mochila? Vale, vale. Don’t worry, be happy y esas cosas…Al final, tengo que prometerle que esta tarde sin falta lo dejaré todo listo para que se vaya al trabajo un poco más tranquilo.

La verdad es que preparar las cosas con mucha antelación siempre me ha dado pereza (y también un no sé qué supersticioso, como un tentar a la suerte, a ver qué pasa). Por eso, está todo a medias: la ropita a medio lavar, el capazo casi listo, el carrito rescatado del desván de mis suegros, pero todavía envuelto en su plástico protector y sin montar… Y, claro, la canastilla del hospital sin hacer. El sábado cumplo 38 semanas y, si Tulga sigue los pasos de su hermana, no creo que tarde mucho en decidir que es hora de hacernos compañía. Por eso, y por si alguna se encuentra en mi situación y no sabe qué llevar para el gran momento, ahí va mi lista de lo pienso meter en la maleta:

Para el bebé: un body y un pijamita ligero para salir del hospital. No hace falta cargarse de ropa, ni de pañales o toallitas. Todo eso lo tendréis disponible en la maternidad y ocupa mucho espacio en la bolsa. En mi primer parto llevé un montón de tonterías del estilo que luego se quedaron sin usar, como cremas y demás zarandajas. En el caso de la Enana, que nació en pleno invierno, llevé además un buen abrigo y un gorrito para evitar que se me congelara de camino al coche… donde, por su puesto, debe estar preparada la sillita correspondiente.

Para la mamá: un neceser con lo que llevaríais para un fin de semana (un peine, cepillo y pasta de dientes, champú, crema hidratante…). Es buena idea incluir vaselina o una barra de cacao por si pasas mucho tiempo en el hospital durante el proceso de dilatación (en mi anterior parto ¡24 horas!), ya que  acabas con los labios despellejados y resecos por la falta de agua. Además de unas braguitas de algodón y un sujetador de lactancia (si vas a dar el pecho, claro), también es buena idea llevar ropa ajustable y cómoda, un pantalón de chándal o unos leggins que no hayas dado de sí durante el embarazo. No siempre ocurre, pero a veces en dos días pierdes toooooooda la barriga y luego tienes que ir sujetándote la ropa para evitar dar el espectáculo. Cuando nació la Enana, entre los andares de pato que llevaba por culpa de la episotomía y las medias que se me caían parecía la versión blanca de Steve Urkel. Olvídate de camisones y batas y hasta de compresas de algodón (la cosa más incómoda que existe a este lado del Pecos): todo eso te lo dan en el hospital y, como en el caso de los pañales y toallitas, ocupan mucho espacio. Dos buenas ideas: unas zapatillas o calcetines antideslizantes (de esos con puntitos) para andar por ahí y unas chanclas de goma para la ducha… porque no sé como será en otras clínicas, pero en la de mi ciudad el cuarto de baño se parece mucho al de un camping, con duchas sin cortinas y suelos encharcados.

En función de cómo lo lleves y de tu estado de ánimo, de si te pones o no la epidural  o de si eres de parto exprés o de parto largo,  a lo mejor te apetece llevar algo de música en el móvil o una revista (de un libro olvídate porque creo que hasta en el mejor de casos es demasiada concentración para una parturienta).  No hay que olvidar todas las pruebas y análisis que te hayan hecho durante el embarazo ni la tarjeta sanitaria, pero eso lo puede llevar el padre de la criatura, que bastante tienes tú ya con lo tuyo.

Y ya. En un bolso grande cabe todo. No hace falta complicarse la existencia ¿Será por eso que mi mochila sigue sin preparar? Menudo desastre estoy hecha!

 

Las secuelas físicas de ser madre

Como ya he dicho en algún otro momento, tengo un cuerpo la mar de agradecido, que se recupera a la velocidad del rayo sin que tenga que prestarle demasiada atención. Eso no impide que después de un embarazo y un parto todo siga “en su sitio” ni mucho menos. A ver. Que nadie se asuste. Parir un bebé no te convierte en el monstruo de Frankestein, pero lo cierto es que para bien o para mal dejas de ser la misma persona. En mi caso, de lo que más me costó reponerme fue de la dichosa episotomía que me practicaron a traición y sin que me enterara. Ni una estría, ni un kilo de más, ni una triste hemorroide. Sólo el corte (y sus seis puntos correspondientes) en mis partes más íntimas. Mi cuerpo se portó como un campeón y la herida sanó rápido, sin infecciones ni problemas, pero la cicatriz me picó y me dolió durante meses. Sí. He escrito bien. Meses. Yo estaba totalmente respuesta de mis 48 de horas de parto y mis nueve meses de embarazo en menos de una semana, pero pené una estación completa por culpa del corte que me hizo un ginecólogo sin avisar. El mismo corte que me provocó una hemorragia y una anemia que, gracias a mis genes de oro puro, me curé en un mes… y eso que se me olvidó tomar la mitad de las pastillas de hierro que me recetó el médico. Durante un tiempo, las relaciones sexuales fueron molestas y, por primera vez en mi vida, tuve recurrir a lubricantes artificiales. Probé a darme masajes en la cicatriz con aceite de rosa mosquetá y otros productos naturales, pero al final fue el tiempo lo que curó definitivamente la herida y me permitió recuperar la normalidad.

Todo aquello me hizo preguntarme si el resultado hubiese sido otro de haber dejado hacer el trabajo a mi cuerpo, sin intermediarios. A lo mejor si no hubiese sido primeriza y hubiese aguantado más tiempo en casa, hubiese llegado con más fuerza a paritorio y no hubiese hecho falta ni epidural, ni ventosa ni (¡por Dios!) la dichosa episotomía. Es posible que mi estupendo cuerpo, que se cura solo la mayor parte de las veces, sin necesidad de medicinas ni reposos, se hubiese hecho cargo de traer a la Enana a este mundo sin un rasguño, dejándome lista para seguir con mi vida en un pispás.

En cualquier caso, sé que puedo darme con un canto en los dientes porque hay mujeres que lo pasan bastante peor que yo. Incontinencia, flacidez, sobrepeso, infecciones, depresión, pérdida de cabello, estrías… son cosas más habituales de lo que se cree y de las que nadie dice ni pío. Una especie de pudor, no sé si femenino o directamente machista, impide hablar de los lados oscuros de la maternidad. Es como si  tuviéramos que ser como las famosas de las revistas, que salen dos días después de dar a luz maquilladas y peripuestas del hospital, caminando como princesas en vez de medio espatarradas como hacemos todas y que tres semanas después de haber traído a famosín al mundo pueden enfundarse de nuevo en su vestido de noche de la talla 36. Sin pestañear.

No somos superwomans (ni nosotras ni las famosas) y hasta la más suertuda ha experimentado alguna de las secuelas que trae consigo esto de ser madre, aunque sea en leve grado. Luego todo se olvida, es verdad, porque tienes a una criatura dulce y tierna que requiere tu atención constante las 24 horas del día y que te recuerda por qué mereció la pena pasar por todo aquello… e incluso repetir la experiencia. Ahora que Tulga está en camino quizá haga algo que no hice la primera vez: preparar un plan de parto y conseguir que se respete, intentar dejar hacer a mi cuerpo (que sabe mejor que nadie lo que le conviene como me ha demostrado en más de una ocasión), informarme bien de todo, no tener miedo…  Ya os contaré el resultado el próximo mes de septiembre.

Ah, por cierto: ¡Tulga, es una niña!

El principio de todo III

En el anterior post me había quedando disfrutando de mi epidural, cual cochino jabalí en el barro. Eso sí, aviso a navegantes y futuras parturientas: no es oro todo lo que reluce. Antes de pincharte con una aguja enorme en toda la espalda y endilgarte un cateter que no se lo salta un gitano, te hacen firmar un consentimiento informado, en el que entre otras cosas, te cuentan toooodooos los efectos secundarios que pueden derivarse de la anestesia (que son muchos y variados) y te advierten de que:

a) Puede no hacerte efecto

b) Puede hacerte efecto sólo parcialmente

c) Puedes reaccionar negativamente a ella…

Además, por lo menos en el hospital donde yo di a luz, la epidural conlleva todo un protocolo, del que no te dicen ni pío y que se convierte en una verdadera tortura. Para empezar desde el momento en que te pinchan, el bebé tiene que estar monitorizado en todo momento, lo que se traduce en que te ponen una banda de goma en la barriga para controlar contracciones y pulsaciones y que a partir de ese momento no te puedes menear de la cama, ni andar, ni casi cambiar de postura sin que venga una enfermera cabreada a cantarte las cuarenta. En segundo lugar, junto con el suero, te enchufan oxitocina sintética a chorro, porque la anestesia hace que el ritmo de las contracciones disminuya y el parto puede detenerse y acabar en cesárea. Y diréis ¿qué tiene de malo la oxitocina entonces? Pues que si la epi deja de hacer efecto (como en mi caso) o sólo te lo hace a medias, o ni te lo hace, las contracciones provocadas por la oxitocina artificial son tres veces más dolorosas que las normales. Y te las comes con patatas fritas.

Y es que, efectivamente, a la hora y media de haberme puesto la anestesia, empecé a notar otra vez dolor en la espalda con una intensidad que subía a todo trapo. En tres contracciones estaba con el grito en el cielo y además atada literalmente a la cama en una postura de lo más incómoda. Mi compañero de fatigas fue en busca del anestesista, que tras echarme un vistazo me dijo que no había nada que hacer, porque ya tenía la dosis máxima y que si me dolía, que me aguantase. Y ahí empezó  lo bueno de verás. Por un lado el dolor. Por otro la sed abrasadora, porque, claro, desde que ingresas no te dan ni de comer ni de beber por si hay que operar y como mucho te dejan humedecerte los labios con una gasa o enjuagarte la boca seca como el esparto con un colutorio bucal, que no es de mucha ayuda. Llegó un momento en que no pude aguantar más tumbada y, aún a riesgo de despertar las iras de medio hospital, me levanté y me senté en una silla, en busca de algo de alivio. La reacción fue instantánea. Una enfermera del turno de noche, hecha un basilisco, entró en la habitación a preguntar qué demonios estaba haciendo, que habían perdido el monitor del bebé y que volviera a la cama. Dije que no. Creo que fue la única vez que hice imponer mi voluntad. No podía tumbarme, así de simple. Y me dejaron un rato a mi bola, quizá porque les apetecía más ir a tomar café que discutir con una loca en pleno parto. Se me agrietaron los labios. Se me hinchó la lengua y vomité un buen montón de bilis verde sobre la cama. Y a eso de la media noche, me entraron ganas de empujar.

Le pedí a mi compañero de fatigas, que a esas alturas parecía más un zombi que un ser humano, que fuera a por una matrona. Al rato entró la segunda persona agradable que se cruzó en mi camino en todo el proceso: un chico joven, probablemente de prácticas, que con toda la amabilidad del mundo me pidió que me tumbara un momento para poder examinarme “si no te importa”. Me entraron ganas de besarle. Me dijo que estaba de casi nueve centímetros y que empujara en la siguiente contracción. Le obedecí y sonrió: “Uy, esto está muy bien. La cabeza de la niña es pequeña, yo creo que ya puedes ir a paritorio. Espera que voy a por la matrona, tu vete empujando”. Se fue y volvió al cabo de unos buenos 20 o 25 minutos con una señora rubia, que ni siquiera saludó, limitándose a presentarse con un “A ver, separa las piernas”. Me miró por encima y dictaminó que aún no había dilatado por completo: “Todavía  tienes un buen reborde. No empujes que te puedes desgarrar y hacerte mucho daño y además molestar al bebé”. Entonces empezó una de las conversaciones más surrealistas que presencié en ese hospital. Por un lado, el chico intentando convencer a la matrona de que ya podía ir a paritorio, que si seguía empujando la niña saldría sin problemas a pesar de ese centímetro que faltaba. Por otro, la matrona diciendo que nanai de la china, que me quedara tumbada y que, si eso, ya vendría a ver cómo iba todo dentro de un rato. Por su puesto ganó la matrona. Y el dentro de un rato fueron seis horas y media de agonía, en las que consumí mis últimas fuerzas y dejé de empujar, de hablar y de hacer otra cosa que gemir y susurrar muy bajito “Mi espalda, mi espalda”.

Poco antes de las siete de la mañana del día 31 de enero (os recuerdo que todo empezó la noche del 28 y que yo llevaba desde entonces sin dormir y con un té con leche en el cuerpo) vinieron a buscarme y me llevaron a paritorio. La matrona rubia no asomó por ningún lado. En su lugar había una chica joven, con mascarilla verde, que empezó a dirigirme los pujos encaramada en ese instrumento de tortura que llaman mesa de partos.  Yo lo intenté. En serio. La chica decía: “No empujas bien. Con más fuerza, con más fuerza” y bastante cabreada yo me agarraba a las barras para ponerme un poco vertical y apretaba hasta quedar sin aliento. Un par de minutos después la muchacha se apartó, se bajó la mascarilla, dijo “me estoy mareando” y se fue. Con dos cojones. Fue entonces cuando apareció la matrona, que le tomó el relevo en lo dirigir los pujos, pero a esas alturas casi no podía ni respirar y mucho menos empujar. La Enana estaba con la cabeza prácticamente fuera, pero yo no conseguía que se moviera. No podía. Llamaron a un gine, echaron a mi compañero de fatigas, me rasuraron, me rajaron la vagina y con la ayuda de una ventosa, a las 7:10 de la mañana, sacaron por fin a mi hija, que nació con los ojos abiertos como platos.

El dolor desapareció por arte magia. Y de pronto estábamos la Enana, yo y su padre tumbados y juntos. Del resto ni me enteré. Creo que tuve una buena hemorragia, y que (eso seguro) me dieron seis puntos de sutura en la episotomía que acaban de practicarme. Se llevaron a la Enana unos segundos para pesarla y vestirla y luego ya estuvo todo el rato sobre mi pecho. Respirando juntas. Me fijé en que era morena. Que tenía la nariz llena de puntitos blancos. Que era preciosa. Y supe, en ese momento supe, que todo lo que yo había sido, era y sería había cambiado para siempre.

 

El principio de todo II

En mi entrada anterior comenté un poco por encima como había sido el parto de la Enana. Hoy me gustaría hablaros de él con más detalle por tres razones: en primer lugar, porque ese fue (efectivamente) el principio de todo, el día en que me convertí en madre y mi universo se puso patas arriba. En segundo lugar, porque las emociones que experimenté entonces me marcaron profundamente y me llevaron a buscar a otras madres para que me contarán su propia experiencia. Y por último, aunque no menos importante, porque me da la gana. Es decir, es algo que deseo compartir, que quiero contar, que necesito manifestar y esta es la mejor manera que se me ocurre de hacerlo. Así que ahí va.

Aunque salía de cuentas el dos de febrero, la noche del 28 de enero empecé a tener contracciones. Al principio muy suaves y espaciadas (de hecho, me metí en la cama e intenté dormir un poco), pero a medida que avanzaba la madrugada la cosa se fue haciendo más intensa, hasta que a eso de las 9 de la mañana, y con contracciones cada 5 minutos, decidí que era el momento. Desperté a mi compañero de fatigas, nos duchamos, cogimos los trastos y salimos para el hospital. Tan feliz que iba yo, segura de aguantar todo el proceso como una jabata. Aing, que verde estaba, Dios mío…

El ginecólogo de guardia me examinó, así, un poco como con desgana, y tras unos intensos cinco segundos de estudio, dictaminó que aunque el cuello del útero estaba borrado, yo no había empezado a dilatar, por lo que me mandó con los prógromos a mi casa. Nada más llegar busqué en el diccionario qué demonios era eso de los prógromos (porque en el hospital, explicaciones de las justas, claro) y descubrí que eran unas contracciones preparatorias al parto, que podían prolongarse durante días ¡Días! Madre del amor hermoso… Pasé todo el día 29 con contracciones más o menos regulares, cada 7, cada 6 o cada 5 minutos. Conseguí dormitar unos minutos en el sofá, beber un té y poco más y por la noche empezó lo bueno. El dolor que hasta ese momento había sido en la barriga, parecido a un cólico de la regla pero más fuerte, se trasladó a mi espalda, a la zona lumbar y triplicó la intensidad. Con cada contracción sentía como si me partieran la columna vertebral con un hacha sin filo y oxidada, que me daban ganas de buscarle al que fuera una sierra mecánica para que acabara de una vez. Esa noche ni siquiera intenté dormir.  Las respiraciones de la preparación al parto estaban más que olvidadas y aunque las hubiese recordado creo que me hubiesen servido para poco más que mentarle los muertos a mi matrona. A las 9 de la mañana (así soy yo, no me gusta molestar a la gente a horas intempestivas, si puedo evitarlo…), ya no aguantaba más, así que le pedí a mi suegra que me llevara otra vez a urgencias (el compañero de fatigas andaba en el curro desde las ocho, el pobre).  Y de esta forma nos plantamos las dos en el hospital, yo con una navaja albaceteña entre los dientes dispuesta a conseguir como fuera la epidural de la que había renegado todo el embarazo, que manda huevos.

Un nuevo examen de partes bajas: esta vez sí había empezado a dilatar, pero a penas un centímetro (y yo creo que era casi de regalo, por no volver a mandarme a casa). Me ingresaron, me desbragaron y me vistieron con una bata que, por suerte, se abrochaba por delante y no por detrás. Mi suegra debió avisar a mi compañero de fatigas porque una hora después entró, todo demudado, como a punto de vomitar y se sentó conmigo. Esa mañana me atendió una de las pocas personas que fue amable conmigo durante todo el proceso, un chico joven, no sé si  matrón, enfermero o gine que se compadeció de mi, me trajo una pelota de pilates e intentó explicarle al fantasma aterrado del futuro padre cómo aliviar el dolor con un masaje de espalda. También me dijo que no podían ponerme la epidural hasta que hubiese dilatado por lo menos cinco o seis centímetros y que intentase relajarme cuanto pudiera. No pude, claro. El dolor iba en aumento y la cosa avanzaba muy despacio. El compañero de fatigas poco hacía a parte de mirarme con angustia.

A eso de las siete de la tarde las fuerzas vivas del hospital dieron su visto bueno para ponerme  la anestesia. Mientras avisaban al especialista, llegó una enfermera biroja con un tubo larguísimo y me informó tranquilamente de que iba a ponerme un enema. Yo le dije que ya venía con todo hecho de casa (cosa además que era cierta) y que gracias, pero no, gracias y ella me amenazó entonces, con alegría y entusiasmo, que sin enema no había epidural. A aquellas alturas yo me habría arrancado el brazo derecho con tal de que me aliviaran un poco el dolor así que la dejé hacer. En mi vida me había puesto un enema, pero cuando empecé a notar el líquido entrando por mi vagina supuse que algo no iba bien. Intenté decírselo a la biroja, pero lo único que conseguí fue un gruñido y un “aprieta el culo que se sale todo”. Finalmente logré aclararle a la buena señora que se estaba equivocando de agujero y con un “anda, si es que tienes todo muy junto, casi no hay diferencia”, dejó zanjando el asunto. Olé. Y olé. Entre retortijones y contracciones pasé los siguientes diez minutos que se me hicieron eternos antes de que, cual ángel de la guarda, viniera a buscarme el anestesista y por fin me pusieran la epidural.

Fueron las dos mejores horas que recuerdo desde empezara todo la noche del 28 de enero. Seguía sintiendo las contracciones, pero suaves y lejanas y la espalda me había dejado de doler. Intenté descansar (recodad que llevaba prácticamente dos días sin dormir!), y hasta conseguí relajarme ¡Qué poco duró lo bueno! Pero como este post ya me está quedando muy largo, mejor dejo el final para próxima semana ¡Así os dejo a todas con la intriga!

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