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Tengo un síndrome

Bueno, yo no. Mi hija. O eso dice el dermatólogo que la vio el otro día en el hospital. Síndrome del Nosécuantitos dérmico, provocado por un gen chungo transmitido por la madre, lo que me hace directamente responsable de la enfermedad de marras. A ver. Un momento. No soy perfecta, ya lo sé. Disto mucho de entrar en cualquier canon de belleza existente o por existir, pero ¿de verdad estoy defectuosa? ¿En serio? Y lo que es peor: ¿mis hijas también?

El síndrome en cuestión tiene dos efectos físicos claros:

  • Uno meramente estético y es que el pelo Tulga nunca podrá protagonizar un anuncio de champús. Tengo que asumirlo. Con suerte, cuando empiece el cole en septiembre de 2017 no se le verá el cartón, pero me puedo ir olvidando de las trenzas y las horquillas que luce su hermana… lo que es una pena, porque a ella le encantan. Ventaja: probablemente la criatura no sepa lo que es la depilación en los días de su vida, así que por lo menos algo bueno va a sacar de todo esto.
  • El segundo efecto puede afectar a su salud, aunque tampoco es nada alarmante. Y es que, al parecer, Tulga no suda. Sí, sí. Como los perros. O como los ángeles (si se prefiere un símil más poético). Esto supone que no regula bien la temperatura corporal, por lo que las fiebres por cualquier chorrada son altísimas y en verano (o al hacer ejercicio) pasa las de Caín. O debería, porque no las tengo todas conmigo.

El buendoctor nos ha citado para el mes de octubre, con la consigna de que la vigilemos durante los meses de calor y la ¿amenaza? de una biopsia. Todo esto, sin saber exactamente el nombre del asunto, porque al médico la llevó su padre y al susodicho se le olvidó tomar nota y dar la vara como hago yo cuando no entiendo del todo de qué me hablan.

Como ya escribí hace tiempo, Tulga nunca tuvo mucho pelo y con 20 meses recién cumplidos, sigue más o menos igual, osease, calva. Gasta cuatro pelines ultrarrubios en lo alto del cocorote y pare usted de contar. Por no tener, casi no tiene ni cejas, aunque luce unas pestañas pelirrojas que ya las querría para sí Mata Hari (o yo, sin ir más lejos). Es verdad que su piel es muy blanca y que jamás la he visto sudar a chorros, aunque tampoco ha corrido la maratón ni hecho spinning y el verano pasado estuvo casi todo el rato a la sombra e impregnada de protección solar, como cualquier bebé menor de un año, así que no es nada concluyente.

Esta tarde miraba a mi calvita en el jardín, tan sonriente y risueña como un colobrí hasta las cejas de azucarillos y me preguntaba ¿de verdad está mal? ¿La genética nos ha jugado una mala pasada? ¿O es que ahora todo tiene que tener nombre porque así nos quedamos más tranquilos? No sé por qué pero me resisto a darle importancia. No me da la gana. Llevo un año de mierda (con perdón) y no estoy dispuesta a pasar un verano de mierda también (perdón otra vez). Puede que Tulga nunca tenga un pelo Pantene… pero ella lo vale. Y mucho!

Los pañales no son para mi…

Tulga me sobrepasa. Lo confieso: puede conmigo. Su vocabulario se limita a 20 palabras, no pesa ni diez kilos y aún así es capaz de dejarme en K.O técnico todos los días. A las nueve de la noche estoy taaaaaaaaaaaan cansada de luchar con ella a brazo partido desde primera hora de la mañana que, si pudiera, me dormiría antes que mi pequeña lagartija…

Y es que, madres del mundo, Tulga es testaruda como una mula. Cabezona a más no poder. Y, aunque sea a base de mímica, está dispuesta a imponer su sacrosanta voluntad a todo quisqui, incluida la madre que la parió.

Su última obsesión es usar el orinal.

“Ay, qué bien” diréis algunas “Con 18 meses y dispuesta a dejar el pañal ¡Menuda crack! La perfecta combinación entre Leo Messi y Cristiano Ronaldo”. Sí, ya. Pero no. Para empezar porque sólo pide pis o caca a) cuando ve a su hermana (o a cualquier otro miembro de la familia) usar el “trono” o b) cuando pasa por delante del baño y la puerta está abierta (aunque en este caso también puede querer lavarse las manos o cepillarse los dientes, labores higiénicas que es capaz de realizar hasta 10 veces al día. Cada una). En segundo lugar, ¿os habéis planteado lo que supone poner a hacer pis a un bebé en pleno invierno? Hay que desmontarlo por completo ¡Como un lego! No basta con bajarle los leotardos o los pantalones ¡Noooooooo! Hay que desabrochar el body y quitar el pañal y luego tener cuidado de que no meta nada en el orinal y eso cuando no va en pijama con pies, porque entonces acabas antes si directamente lo despelotas.

Además, se toma el asunto con calma. Se sienta cual majarajá en su taza rosa y canturrea sus buenos diez minutos, con los pies descalzos en el suelo frío, mientras tú sujetas la parte que cuelga del body en cuclillas. Que empiezo a tener unos muslos que ya los querría para sí Conán el Bárbaro.

Cuando termina sus quéhaceres se levanta orgullosa y señala con el dedo lo que haya salido de su cuerpo. Ante nuestros elogios, ha cogido la costumbre de ir a buscar a cuantos miembros de la familia estén en casa para compartir con ellos el resultado de sus esfuerzos, lo que puede demorar un buen rato poner fin al experimento. Y entonces, queda lo peor: volver a ponerle el pañal y vestirla.

Últimamente me siento como el Coyote persiguiendo al Correcaminos. Con eso lo digo todo.

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Tulga no quiere empañalarse ni subirse los pantalones. Es un espíritu libre (y cabezón) dispuesto a cogerse una pulmonía corriendo por ahí en totales cueros vivos. Hasta que se hace pis en la alfombra o yo me harto y la meto en cintura a la fuerza. Y esto, al menos, seis veces al día.

Bip, bip!

Vale. No pasa nada. Quizá la solución sea quitarle ya el pañal y listos. A otra cosa mariposa… Sin embargo, teniendo en cuenta que al menos que me sorprenda meando no va a pedir pipí es una auténtica locura. No tengo suficiente ropa (ni espacio para tenderla) para hacer eso. Por otro lado, igual que algunas de sus otras obsesiones (como tocarse los dedos los pies, probar un bocado de todo lo que haya sobre la mesa, sea comestible o no, o abrir puertas y cajones), la manía de ir al baño puede pasársele en cualquier momento ¿Y entonces qué hago?

De momento, cagarme en lo que se menea y rezar para que la empresa ACME desarrolle de una vez el arma definitiva para atrapar al jodío Correcaminos…

 

Hace cuatro años

Hoy hace exactamente cuatro años que te conocí. Eran las 7:11 del último día de enero y fuera hacía un frío espantoso.

Las 7:11.

Qué curioso ¿Cuántas veces recordamos la hora exacta en la que vemos a alguien por primera vez?

Recuerdo tu olor y lo calentita que estabas. Recuerdo que me pareciste preciosa.

Luego llegaron las noches sin dormir, tu pelo rubio, tu terquedad y tu asombrosa inteligencia. Gateaste por toda la casa, le tiraste a la perra de los bigotes, te bañaste en la playa con entusiasmo y un noche, al salir de la bañera, me abrazaste en vuelta en tu toalla y me dijiste, por primera vez, “mami, te quiero mucho”. Durante un instante te miré en silencio, sin saber qué decir. El amor se derramó por mi alma como aceite tibio y, a duras penas, acerté a contestar: “Yo también a ti”.

Recuerdo tu primer diente, un 27 de agosto, en Gijón. Recuerdo tus primeros zapatos que te compró tu madrina.

Confieso que el body de tortuguitas con el te saqué del hospital es la única cosa que he conservado de tu ropa de recién nacida. Fui incapaz de tirarlo o de regalarlo porque al verlo te veía a ti, diminuta y frágil, como aquel primer día. Esta guardado en el fondo del armario, limpio y doblado, metido en una bolsa de papel. Si tu padre lo supiera, chasquearía la lengua con desdén sin comprenderlo, pensando que es una tontería, sobre todo, porque a veces, cuando estoy triste, lo saco, lo acaricio y sonrío.

Recuerdo cómo me asusté la primera vez que te pusiste enferma con a penas ocho meses y la primera vez que comiste gusanitos, en el cumpleaños de la hija de mi querida vecina. Los vomitaste una hora después al pie de la escalera.

Me resisto cuando me pides que me tumbe contigo en la cama, pero en realidad me encanta hacerlo. Estoy tan exhausta que tengo que luchar con todas mis fuerzas para no quedarme dormida con el sonido de tu respiración tranquila y, al levantarme y dejarte allí bien tapadita, lo último que hago es soltar tu mano de la mía. Ese es, sin duda, el mejor momento del día.

Recuerdo como me mirabas al dejarte en el cole el primer día de clase. Recuerdo la primera vez que, a escondidas, te corté el flequillo.

Hoy, a las 7:11 de la mañana, hace exactamente cuatro años que dejé ser yo, para ser algo más importante. Porque hoy es el día en que celebro que llegaste a mi vida y me convertiste en madre.

Felicidades, mi amor.

 

Cuándo llevar a tu hijo al médico

Eso es lo que me pregunto yo. Joder. Jolín. Que no hay quien acierte con los pediatras. Si te plantas en su consulta en cuanto el churumbel tose dos veces y vomita la cena, te dicen que exageras, que el chiquillo tiene un simple catarro o (y esto me encanta, porque vale para un roto y para un descosido) que es un “virus”. Así en abstracto. Que tampoco van a precisar con profanos. Luego, tras mirarte con fastidio, te recomiendan (le pase lo que le pase) hidratarlo mucho y vigilar si sube la fiebre. Y aquí paz y después, gloria. En cambio, si esperas a pedir cita a que tu miniser esté enfermo de verdad (por ejemplo, con unas calenturas que no bajan ni aunque le chutes paracetamol en vena o cuando su respiración nocturna te recuerda a la de Darth Vader) entonces, ¡ay amiga!, te acusan de malamadre y de poco menos que haber puesto en peligro la vida del retoño por tu incompresible tardanza en acudir a verle.

Así que, pediatras del mundo ¿cuándo cojones llevo al médico a las niñas?

En los cuatro años que va a hacer la Mayor he estado con ella en urgencias exactamente tres veces: un codo dislocado, una deshidratación severa resultado de una gastroenteritis y una otitis de repetición con casi 40 de fiebre en medio de un puente festivo de 4 días. Con la Pequeña sólo he ido una vez y con un volante de su pediatra, por una bronquiolitis a los dos meses y medio. Con esto quiero decir: a) que no me gusta pasarme la tarde o la noche en el hospital, ni – dicho sea de paso- en el centro salud. Prefiero hacer turismo en el monte; b) no soy una drama mama, ni pienso que mis hijas se han fracturado el cráneo cada vez que se caen del tobogán. Es más: tiendo a quitarle hierro al asunto y como resultado tengo dos princesas rubias más duras que Chuck Norris. Mujeres de pelo en pecho, que si lloran es porque se han hecho daño de verdad o están agonizando; c) no medico a mis hijas innecesariamente. No voy al pediatra exigiendo antibióticos ni jarabes ni zarandajas… ¡pero si hasta soy reticente a darles apiretal!

Como escribí hace tiempo, tengo asumido que los niños se ponen enfermos, que se caen, que se hacen chichones y se desollan las rodillas, por eso me confunde la actitud de los especialistas que me han tocado en gracia. Vamos, que no atino con ellos. No sé si pedir cita al primer moco o cuando las enanas están haciendo testamento.

En unos días la Mayor tiene la revisión de niña sana de los cuatro años y ya estoy temblando. Porque si hay algo peor que un médico te abronque por dejar a tu hija enferma en casa un día de más o de menos son los dichosos percentiles… Pero eso, como diría Atreyu, es otra historia y debe ser contada en otra ocasión…

¿Qué hacer si tu hija te pega?

Os pongo en situación: mi Mayor siempre ha sido un poco hidrofóbica, eso sí super selectiva, vamos que su repelús se reduce al agua de la bañera, porque de la piscina y de la playa no hay quien la saque… El principal problema lo tiene con el pelo: detesta que se lo lave y que se lo seque y es capaz de montar un escándalo si la más pequeña gota de agua le roza la cara. Con el tiempo hemos ido perfeccionando el proceso: le lavo el pelo una o dos veces por semana como mucho, usamos una toalla para que pueda taparse los ojos y sabe echar la cabeza hacia atrás como una profesional a la hora del enjuague. Sin embargo, y a pesar de todo, el día que toca usar champú el drama está garantizado. A veces, intenta aplazar el asunto hasta el día siguiente y (a menudo) lo consigue si me mira con ojos de cordero degollado y me jura por Snoopy que luego no me pondrá pegas. Otras veces la amenazo sin dibujos o sin cuento. Y la mayoría de las noches acabo lavándole el pelo a toda velocidad entre quejas, lloriqueos y acusaciones de estar arrancándole la melena de cuajo.

Pero ¿qué pasa, queridas amigas, cuando a una situación ya de por sí delicada como esta se suma el hecho de que la criatura está como una moto como resultado del exceso de azúcar y la hiperactividad a la que la someten tías y abuelas? Pues os lo diré: que la cosa se descontrola hasta límites insospechados.

Los lloriqueos habituales se convierten en llanto desgarrado, en gritos, en pataletas y, en el colmo de su frustración, en dos tortas que me planta en plena cara aprovechando que estoy de rodillas bañando a su hermana. Plás, plás. Ojiplática me dejó.

Durante un par de segundos ni parpadeé y luego, sin salir de mi asombro y con una calma que me sorprendió hasta a mi, habidas las circunstancias, le dije que estaba muy feo pegar a mamá, que pidiera disculpas y que se fuera al cuarto, que hoy no había baño para ella. No sé si comprendió de golpe que se había pasado tres pueblos o que veía planear algún tipo de castigo sobre su cabeza, pero el caso es que de pronto y en medio de un mar de lágrimas, empezó a decir que sí, que se metía en la bañera, que quería lavarse con todo el jabón del mundo y hasta cortarse las uñas si hacía falta. Sin alzar la voz ni un cuarto de octava, le repetí que no. Que saliera, que ya hablaríamos del tema mañana… Dudó un buen rato y, al final, me pidió disculpas y me hizo caso.

Al día siguiente la bañé y le lavé el pelo sin incidencias.

Esta ha sido la primera vez que mi hija me ha pegado conscientemente y a mala idea (los golpes no intencionados que he recibido hasta ahora no los cuento. Como tampoco cuento los mordiscos que me dio mientras le salían los dientes). La verdad es que, a pesar de la calma que derroché a raudales, me enfadé una barbaridad y me sentí profundamente dolida. A ver, sé que aún no controla sus emociones, que le cuesta expresarse y que las bofetadas que recibí en el punto álgido de su cabreo no eran más que una prolongación de la pataleta que sufría. Sin embargo, me sentó fatal. “¿Por qué la toma conmigo?” pensé “¿Por qué precisamente conmigo, que soy la persona que más la quiere sobre la faz de la tierra, que nunca haría nada que pudiera dañarla, que la cuido y la mimo y hasta la consiento?”.

Sé que actué correctamente (es casi imposible conseguir que un niño se tranquilice y deje de gritar chillando aún más alto) y que en unas horas ella lo había olvidado y volvía a vivir en sus particulares mundos de Yuppi. Pero aquí estoy yo. Jodida y aireando en el mundo 2.0 que me duele que mi hija me pegue. Sentimental que es una…

¿Y vosotras? ¿Alguna ha vivido un situación similar?

 

Pues me tiro al suelo y lloro

Tulga tiene rabietas. Ya está. Ya lo he dicho. Y además desde bien chiquitita (yo creo que la primera se remonta a los 10 u 11 meses de vida de la criatura. Vamos, que empezó a protestar antes que andar, como los políticos). El proceso es más simple que el mecanismo de un botijo: el miniser en cuestión quiere hacer/coger/comer algo potencialmente tóxico o peligroso. Se lo impido. Se tira al suelo panza abajo y llora. “Bueno”, diréis algunas, “Tampoco es para tanto”. Pero lo es. Porque lo que yo he descrito en apenas una línea y vosotras leído en un par de segundos en realidad dura hasta media hora ¡Treinta minutazos de bebé berreando a pleno pulmón en el suelo de la cocina porque no le dejo chupar un rotulador! ¡Tres cuartos de hora aferrada a mi pierna mientras hago la comida, baño a su hermana o lo que sea que requiera el uso de las dos manos porque tiene entre ceja y ceja que la coja en brazos! Y ya ni te cuento cuando la crisis se produce en pleno supermercado… ¡me entran ganas de dejársela a la cajera y hacerme la tonta!: ¿Niña? ¿Qué niña? Perdone, pero no la conozco de nada…Y es que Tulga, delgada cual anguila eléctrica y ágil como colibrí del Amazonas es capaz de llegar a los sitios más insospechados, poner a prueba tu paciencia y tus energías en sus esfuerzos por saltar del carrito y tirarse de cabeza al suelo o encontrar bajo el sofá los restos medio descompuestos y llenos de pelo de perro de un plátano e intentar comérselo.

La verdad es que este tema me pilla con el paso cambiado porque con la Mayor tuve la suerte de saltarme todo eso de “los terribles dos” o “los terribles tres”. Hizo un amago al rededor del año y medio, cuando empezaba a hablar con soltura pero aún le faltaba vocabulario para expresarse y llegado cierto momento se frustraba y empezaba a gritar, pero le duró poco. En seguida se soltó la lengua y antes de su segundo cumpleaños ya era perfectamente posible razonar con ella, explicarle por qué no es buena idea meter la mano en el horno o que bañarse una vez al año no hace daño. Mi Enana ha sido siempre muy compresiva con estos temas…

En cambio su hermana no.

Pasa.

Prefiere tirarse al suelo y llorar. Y cuanto más alto y mayor sea el escándalo resultante, mejor. Le encantan los dramas, eso está claro.

Lo peor es que yo me siento con las manos atadas, porque es indudable que la chiquilla aún es demasiado pequeña para entrar en razón (¡acaba de cumplir 15 meses, por San Chopanza Bendito!), pero tampoco es un recién nacido que se pueda manejar con facilidad, subir y bajar a placer o llevar como un fardo a todos lados. Ahora necesito un mínimo de colaboración por su parte para hacer posible la vida cotidiana y no me lo está poniendo fácil, ¡voto a brios! Cada mañana tardo 10 minutos en atarla a la silla del coche para ir a la guardería, el cambio de pañal se ha convertido en la vuelta al mundo del Willy Fogg pero con el culo al aire, sacarla del baño requiere casi una llave de yudo…  y así suma y sigue. Me agota. Me extenúa. Y, sobre todo, me destroza los tímpanos (y los nervios) con sus pataletas.

Mi estrategia hasta ahora es dejarla con su berrinche. Que llora, pues que llore. Que grita, pues que grite. Cuando se calma (proceso que puede durar entre 5 minutos y una hora), le limpio los mocos y los lagrimones y de rodillas, para poder mirarla a los ojos, le digo con voz muy seria que no puedo dejar que se coma el pegamento o que juegue con cuchillos. También le digo que estoy enfadada y que las cosas no se piden así. No lo entiende. Lo sé. Pero su hermana tampoco lo entendía al principio y creo que si a los niños se les trata como seres inteligentes (que es lo que son) en vez de como cositas sin conocimiento de causa, tarde o temprano empiezan a reaccionar. Espero que más pronto que tarde…. Sobre todo por la noches, cuando ya estoy muy cansada o por las mañanas, con los minutos contados para ir al trabajo/cole/guardería me cuesta no perder la paciencia. A veces, hasta le grito (no consigo nada, por su puesto. Solo cabrearme conmigo misma por perder los papeles) y me pregunto ¿Yo era así de pequeña? ¿Taaaaaaan tocapelotas? ¿No hay una fórmula mágica para convencer a una niña de que se ponga el abrigo y se meta en el coche sin tener que pasar por una escena digna de Falcón Crest? Si esto es así con 15 meses ¿qué pasará cuando tenga dos años? ¿O tres?

Estoy pensando que la próxima vez que me monte un pollo, la que se va a tirar al suelo a llorar voy a ser yo. Sólo por probar. A lo mejor consigo que se quede quieta el tiempo suficiente para ponerle el pañal…

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