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No parece que seas madre

Así, tal cual. Fue lo primero que soltó una antigua compañera de trabajo que llevaba una buena temporada sin verme al encontrarnos esta mañana. “Si es que estás muy delgada”, añadió a modo de explicación. Yo le dediqué una sonrisa congelada y me apresuré a cambiar de tema. Pa qué liarla, pensé para mí. Y así transcurrió la mañana.
Sin embargo, por la noche, tras un largo día poniendo lavadoras, haciendo camas, recogiendo juguetes y limpiando culos, me detuve dos segundos delante del espejo y me cabreé. Como una mona. Por que, vamos a ver: ¿dónde cojones está grabado en piedra el estereotipo físico de la maternidad? ¿Por qué nos torturan (y nos torturamos) con unos ideales de belleza imposibles, solo al alcance del photoshop?

venus frente

La Venus de Willendorf, o según mi compañera, yo después de dos partos

Estoy flaca. Mucho. Quizá hasta el exceso. Y además, tras dos lactancias que suman juntas dos largos años y medio mis pechos son ahora inexistentes, ridículos, con pezones diminutos y arrugados. Vamos, que da pena verlos. A pesar de mi delgadez (me puedo contar las costillas una a una y pellizcarme el hueso del esternón sin demasiado esfuerzo), tengo celulitis en los muslos y en el culo y el vientre fláccido y con medio metro de piel sobrante. Ya puedo hincharme a hacer abdominales, hipopresivos o el pino puente con las orejas, que o paso por el quirófano o eso va a seguir ahí hasta el fin de los tiempos. Con un vestido disimulo, pero en bikini no hay por dónde cogerme. Y desnuda ni te cuento. Y, a pesar de todo, soy madre. Tengo dos hijas hermosas y lozanas, de piel morena y pelo rubio, como princesas indias, que pululan las 24 horas del día a mi alrededor.

Y también es madre mi vecina que no esconde la barriga plagada de estrías tras su primer embarazo. O mi amiga que engordó 20 kilos con el segundo y sigue con 10 puestos encima un año después. O aquella otra a la que dejaron el suelo pélvico hecho unos zorros por una mala praxis y todavía lucha contra las pérdidas de orina. Y la Pataky que en dos semanas ni se notaba que había parido mellizos. Todas somos madres, tengamos el aspecto que tengamos, y las marcas, las secuelas o el cuerpo de diosa griega naciendo de una concha en el océano que se nos haya quedado es lo de menos. Yo me cuido poco, lo justo, aunque en breve retomaré el yoga y el gimnasio, pero intento comer bien, me muevo mucho (correr detrás de dos niñas debería considerarse deporte olímpico) y trabajo todos los días (sí, aún no me he ido de vacaciones ¿se nota?). Me gusta predicar con el ejemplo y en casa hay mucha fruta, verdura, yogures y repostería casera cuando el tiempo lo permite. A pesar de ello estoy delgada. Y tengo defectos. Y no necesito que nadie me diga que no parece que soy madre.

Y la regla ¿para cuándo?

Eso es lo que tendrían que preguntarme, en vez de si voy a tener un tercer hijo (INCISO: no sé qué le ha dado a todo el mundo últimamente con el tema, ni por qué hasta el apuntador está empeñado en que aumente la familia. Desde abril me han soltado unas siete veces si me quedo con las dos insurrectas o voy a darles un hermanito. Y a mi me late la vena del cuello cada vez que alguien menciona un tercer embarazo… ¡Por Santa Padera mártir! Para que os hagáis una idea, duramente mi última bronquitis (sí, tras la neumonía, tuve bronquitis. Soy así de chula) un compañero de trabajo insinuó que a lo mejor lo mío no eran mocos y fiebre a cascoporro sino PFM, o sea, Principio de Familia Numerosa. A ver, pequeñuelos, ganas no me faltan, energías puede que sí, pero ganas, no. Nada me gustaría más que tener otro bebé, sobre todo, porque Tulga se hace mayor a pasos agigantados… PEEEEEERO, ¡no me dejan! ¡Chimpún! Aún me pica cuando alguien menciona su estado de buena esperanza y siento cierta desazón cada vez que me deshago de un body o de un pantalón que se ha quedado – definitivamente- pequeño. Así que, PLIS, no insistáis. Dajadlo ya, que para mi cada comentario es el equivalente a un “deja-que-eche-un-poco-de-sal-en-esas-heridas”. FIN DEL INCISO).

Me encuentro entre las raras afortunadas que, tras un embarazo y su correspondiente lactancia, no ven el periodo en años… De hecho, mi última regla fue en diciembre de 2013, ahí es ¡Qué bien! – diréis algunas- ¡Menuda gozada! Sin embargo, y aunque reconozco que mi pereza hormonal tiene sus ventajas, también tiene sus inconvenientes. Por ejemplo:

  1. No es lo mejor para conseguir un segundo embarazo. Cuando la Mayor tenía 9 meses decidimos que era el momento de darle un hermanito y nos pusimos manos a la obra con ahínco. La criatura seguía con lactancia materna a demanda y a mi no había vuelto la regla, pero ¿no decían todos, incluyendo las matronas, que la teta no era un método anticonceptivo eficaz? Pues ale. A darle al tema. Tres meses después, y sin visos de concebir en un futuro próximo, decidí destetar a la niña, convencida, esta vez sí, de que  recuperaría mi fertilidad en cuestión de días ¡Y un jamón de Jabugo! Aún pasaron otros tres meses antes de que me bajara la regla y cuando lo hizo era de lo más irregular, con ciclos que oscilaban entre los 26 y 38 días (la de test de embarazo que me hice en esa época, no daba a basto a mear en el palito!!!!). Resumiendo: parece ser que, en mi caso, estoy destinada a criar a mis hijas con calma y sosiego. Nada de amontonar bebés a totas y a locas. Hombre ya. Que la primera se saque el carné de conducir y luego vemos lo que hacemos…
  2. Otro gran inconveniente es no saber cuándo te toca el asunto. Si tienes tus ciclos más o menos controlados, puedes planificar cosas como un viaje a la playa o una noche de pasión descontrolada y meter una compresa en el bolso más o menos en la semana correcta. Yo no puedo. Tras mi primer embarazo, me tiré año y medio a verlas venir y luego otros cinco meses idem de idem. La muy maldita se presentó una vez justo cuando colocaba las maletas en el coche para irnos de camping… 36 días después de la última. Joder Jolín. Este tipo de cosas deberían estar prohibidas por la convención de Ginebra o algo.
  3. El pasarte años sin el periodo te complica cosas tan sencillas como ponerte enferma. Cuando cogí la neumonía hace unos meses me tuvieron que hacer una radiografía y antes de meterme en la sala de rayos X, el buen doctor me preguntó por mi última regla. “Pues mire usted”, le dije, “yo de eso no gasto…” Una vez que le expliqué el tema, y ante la posibilidad (remotísima) de freír a una posible habichuela, me hicieron un análisis de orina para descartar el embarazo, lo que me obligó a esperar más de una hora en urgencias hasta tener los resultados. Chachipiruli. Lo mejor cuando estas ardiendo de fiebre y con un dolor que no te deja ni levantar el brazo.
  4. Las amenorreas tan largas con las mías prolongan también la sensación de “postparto”. Es como si no pudiese dar carpetazo a esa fase definitivamente hasta recuperar el periodo. Y, la verdad, después de casi dos años y medio, empiezo a estar harta. Mi cuerpo es un cóctel hormonal descontrolado, que parece en perpetua fase de desintoxicación, y eso afecta a mi piel, a mi pelo y a mi mala leche.

Dos semanas después de la última toma de Tulga, el pasado Viernes Santo, encontré un poco de sangre en mis braguitas. “Anda” pensé “parece que está vez va a ser rapidito”. Y, casi con emoción, rescaté una compresa perdida del armario del baño y me la puse.

Me la quité por la noche limpia como una patena.

Si eso fue una regla debe ser la más corta de la historia de la mujer. Un mes después aquí sigo, esperando a ver qué pasa. Por ahora, me he hecho con una provisión de compresas en el despacho (¡gracias E.!) y he repuesto el stock de casa, sólo por si a caso. Lo único que espero es que la regla no se presente justo el día en que decida inaugurar la piscina…

 

9 meses dentro, 9 meses fuera

Sí, lo sé. Esta entrada tendría que haberla escrito el mes pasado, porque Tulga acaba de cumplir 10 meses, no 9, pero es lo que hay. Soy de planificar poco las cosas y dejarme llevar por el momento, mi estado de ánimo y lo mucho (o poco) que haya dormido la noche anterior.  El resultado es que tengo más peligro que un erizo de tres patas en una autopista de seis carriles y que, a menudo, me equivoco, me olvido de cosas, digo lo que no debo o como lo que no hay que comer, pero, oyes, la vida es mucho más entretenida conmigo al lado.

En fin. El caso es que el otro día en la piscina, con las carnes al aire, me acordé del comentario que me hizo una amiga en mi primer postparto: “No tengas prisa, mujer, que la chiquilla se ha pasado 9 meses dentro de tu barriga. Tú necesitas por lo menos otros 9 meses para volver a ser lo que eras”. Y sí. Tenía razón. Hay que darle tiempo al cuerpo para reestablecerse, sin agobios y sin prisas… genéticas privilegiadas al margen, claro.

Si hago un repaso rápido no encuentro casi nada de lo quejarme y sí mucho por lo que dar las gracias (como mis hijas, verbi gracia. ¡Qué son cada día más rebonicas!). Por ejemplo:

– Durante el embarazo de Tulga gané unos 10 kilos de peso. A día de hoy he perdido 15. Los 10 que cogí y cinco más de regalo, y todo por culpa del estrés, del trabajo y del dichoso corre-corre en el que vivo. Que me río yo de los gimnasios y las dietas milagro. Desde que empezó el calor y sacamos todos el body a paseo no han parado de decirme lo delgadísima que estoy, a veces con cara de auténtica preocupación, mientras yo le quito los gusanitos a la Mayor y me los como a dos carrillos. Porque amar es compartir. No. Ahora en serio. En cuanto me vaya de vacaciones recuperaré carnes, estoy segura. Pero mientras curre es imposible: quemo más de lo que ingiero, por muy calórico que sea esto y las cuentas no salen.

– Como aún estoy dando el pecho, mis tetas siguen en tamaño XXL, lo cual viene muy bien para lucir escote. Ya hablaremos más adelante. A lo mejor voy a poder quemar todos mis sujetadores y no sólo los de lactancia…

– A diferencia de mi anterior postparto en el que el pelo se me cayó a puñaos y acabé con una melena que daba pena verla, esta vez a penas se me ha estropeado. Vale, durante la cuarentena algo cayó, pero no más de lo habitual y, desde luego, no como hace unos años que podía fabricar pelucas cada vez que me daba una ducha.

– Como esta vez me libré de la episotomía y el parto fue muy rápido, tengo los bajos como nuevos (perdón por la sinceridad). Ni cicatrices que pican o tiran, ni molestias al “hacer unas risas” con el costillo, ni sequedad vaginal ni leches. Estoy como si no hubiese parido. Cada vez que recuerdo lo que pené con la Enana, el dolor que me acompañó durante meses y la cicatriz que me amargó la existencia una estación completa doy las gracias a Tulga por haber sido tan delicada con su madre a la hora de venir al mundo. Gracias, vida.

– La regla sigue sin asomar y sin dar el más pequeño indicio de ello. La última que tuve fue en diciembre de 2013, ahí es . De hecho, si me pongo ha hacer cuentas, en los últimos cuatro años he tenido cinco reglas, o sea, que debo ser de las afortunadas, porque hay vecinas a las que no les ha dado más que un mes o dos de respiro, incluso estando con lactancia exclusiva.

– De lo único que puedo quejarme es de cierta flacidez en la piel del vientre. Ya no está abultado como al principio, que me pasé los dos primeros meses con una tripa de medio-embarazada, pero sí ha quedado flojo y blando, como con piel sobrante. Y es que se me puso una barriga espectacular, para echar a rodar calle abajo y todo para un bebé que no llegó ni a los tres kilos de peso… He estado usando la reestructurante corporal de Mustela para reafirmar los tejidos y aunque es superhidrantante y deja la piel suavecita, sigue igual de flácida que el primer día. Por esa razón creo que en cuanto se me acabe el bote (que ya está en las últimas) me voy a pasar otra vez a la Nivea de toda la vida y a intentar sacar 10 minutos para hacer algo de yoga o un par de abdominales, porque está visto que los potingues milagros no hacen.

Y ya está. Mi lista es corta. Como no me salieron estrías, varices, manchas ni hemorroides no he tenido que ocuparme de ninguna de estas cosas y poco puedo aportar al respecto. Sí es cierto que me encuentro más cansada que nunca, con días que no tienen suficientes horas para hacer todo lo que quiero (o debo), pero imagino que eso es normal. También tengo un dolor de espalda permanente desde que di a luz y que se arreglaría con un unas sesiones en el fisio y algo de ejercicio, pero en serio, me faltan horas para ambas cosas ¿Por qué nadie te dice que el reloj va tres veces más rápido cuando tienes hijos?

A vosotras ¿cómo os ha quedado el cuerpo después de los embarazos y los partos? ¿Algún consejo, pista o similar? También me valen milagros…

El fin de la cuarentena

Ya está. Ha sucedido. Han pasado 40 días desde que di a luz y con ellos he superado la fase más dura del puerperio. Mi hija tiene ahora mes y medio y poco a poco va perdiendo ese aspecto arrugadito de recién nacido para convertirse en un precioso bebé. Su hermana mayor  lleva las cosas con más calma y, aunque a veces se pone muy bruta y demanda más atención que de costumbre, parece que vamos por buen camino. En cuanto a mi… bueno, la verdad es que no puedo quejarme. Este ha sido un postparto estupendo, sobre todo en comparación con el primero. Para empezar al no tener episotomía no he sufrido ni el dolor ni las molestias que me tuvieron tres meses penando hace dos años. El pequeño desgarro que me hice ha curado rapídisimamente y no he tenido ni que tomar un paracetamol. Los loquios también han sido menos abundantes y  han durado menos, lo cual teniendo en cuenta lo engorrosas que son las compresas de algodón agradezco en grado sumo. Además con la Enana tuve una pequeña infección, con fiebre y malestar, de la que esta vez me he librado, igual que de la anemia. La lactancia ha sido un éxito desde el primer día y por ahora no he sufrido nada con los pechos. Compré un poco de purelan para tratar posibles grietas en los pezones, pero ahí está, sin abrir en el armario de cuarto de baño,esperando tiempos peores que no creo que lleguen porque Tulga es una fiera en esto de llenarse el buche!

Anímicamente también estoy más fuerte que tras mi primer parto, quizá porque en esta ocasión sí he contado con el apoyo de mi pareja y no me he sentido tan sola y desesperada. También porque ya sé lo que es tener un bebé en casa que a veces llora porque sí, porque toca, sin ninguna razón aparente y sin que ello signifique que estoy haciendo algo mal.

Por otra parte, el buen tiempo que hemos tenido este otoño ha contribuido lo suyo. La Enana nació el 31 de enero, en medio de cruel y duro invierno, con heladas diarias, mucha lluvia y hasta nieve, por lo que a penas puse un pie en la calle hasta el mes de abril. Ahora hemos aprovechado al máximo este pequeño re-verano. Hemos salido todos los días al parque o de paseo, nos hemos quedado hasta tarde en el jardín y a parte de quitarnos el estrés y el aburrimiento de estar en casa, he podido hablar un rato con las vecinas, desconectar unos minutos y ser yo misma durante, quizá, media hora al día. Todo un lujazo!

Además, por ahora, Tulga es bastante pacífica y casi no he tenido problemas para darme una ducha tranquila y hasta ponerme algo de crema o depilarme un poco las cejas. Parece tonto, pero sentirte limpia y mínimamente arreglada hace que estés de mejor humor que si llevas cuatro días sin ducharte y con las uñas de los pies de medio metro…

Quizá lo que peor llevo es que no consigo deshacerme de los kilos que me sobran y que me veo aún rellenita y algo fofa, quizá porque tras mi primer parto recuperé mi peso en un semana y perdí la barriga en seguida y ahora aún ando medio “embarazada”. He empezado a hacer algo de yoga, pero la verdad es que me cuesta un montón encontrar un rato para ponerme a ello y cuando lo consigo lo normal es que alguien o algo me interrumpa a los 10 minutos. No quiero tener que comprarme ropa nueva, pero si al final el invierno se hecha encima no me va a quedar más remedio que ir a buscar nuevos pantalones. Ufff. Con la pereza que me da!

¿Y vosotras? ¿Cómo fueron vuestros postpartos?

La obsesión por el peso

Esta entrada va de algo que suele quitar el sueño a toda madre reciente y que se resume en dos preguntas:

a) ¿Mi bebé está comiendo lo suficiente?

y b) ¿Cuándo voy a volver a entrar en mis pantalones?

En el primer caso las dudas asaltan especialmente a aquellas mamis que, como yo, dan lactancia materna exclusiva a sus retoños, o sea, que no tienen  forma de saber cuántos mililitros de leche se echan al buche en cada toma. La angustia se hace aún mayor si la criatura (como el 90% de los bebés de teta) no sigue un ritmo regular, es decir, que no pide de comer cada tres horas exactas, a lo que la madre, sobre todo si es primeriza, suele reaccionar con bastante preocupación ¿Lo despierto para ofrecerle leche? ¿Sí? ¿No? Oh, duda cruel… Si a esto se añade la moda pediátrica de pesar cada 15 días a los niños que no tiran de biberón (control de peso que llaman), no es de extrañar que algunas marcas infantiles intenten endilgar a las más despistadas aparatos como esta estupenda báscula pesa bebés.

Entiendo perfectamente la preocupación, pero si sirve de algo mi experiencia, no hay que obsesionarse. Para empezar los críos nacen sin reloj de pulsera por lo que no saben si piden de comer cada dos, tres o cuatro horas. Cuando tienen hambre lo dejan clarito y cristalino y ya está. Así de simple. Es la famosa lactancia a demanda, que yo veo la cosa más natural del mundo. Es cierto que no podemos saber si nuestro hijo ha mamado una cantidad determinada, pero hay signos que nos indican que la cosa va por buen camino. Por ejemplo, si al comer le vemos mover activamente la mandíbula o incluso la oreja, es que está haciendo un buen trabajo. También si moja el pañal varias veces al día y hace sus caquitas con fruición. Vamos, que si sale, es que algo entra digo yo. A veces, especialmente cuando son muy chiquitines y nuestros pechos aún no se han regulado, se les puede oír hasta tragar o derramar un poco de leche por la comisura de la boca al soltar el pezón… que es que están para comérselos!

Si a esto se añade que la ropa le empieza a quedar pequeña a las dos semanas de venir al mundo, no hace falta ninguna báscula para saber que el chiquillo está comiendo. Además, los pechos de la mujer son una herramienta la mar de sabia, no hay madres sin leche porque se produce a demanda, así que cuando más chupetee el chiquitín, más habrá para luego. Mi consejo: intentad disfrutar de estos momentos, que pasan volando. Dad el pecho siempre que lo pida o se le vea intranquilo, y aprovechad para relajaros también: ved la tele, leed un libro, escuchad música…. Seguro que no vais a encontrar mejor momento a lo largo del día. O simplemente mirad como mamá el bebé, que ya de por si es algo que a mi siempre me ha trasmitido mucha calma.

La segunda pregunta (¿cuándo voy a entrar en mis pantalones?) también quita el sueño a más de una. Si se ha cogido mucho peso durante el embarazo luego cuesta un montón soltarlo, especialmente si se da el pecho, porque la lactancia da un hambre que no veas. La tripa también tarda un tiempo en volver a su sitio y está así como abombada y blandurria en el mejor de los casos, con la famosa línea alba aún muy marcada y visible. El resultado es que las primeras semanas tienes la sensación de seguir medio preñada, con la incomodidad de que no entras en tu ropa habitual, pero tampoco te vale la premamá.

En mi caso durante el embarazo de Tulga he cogido unos 9 kilos y medio. En dos semanas dejé por el camino 7, pero aún me quedan unos tres bien asentados en mi culo y en mis caderas, que por cierto, después de dos partos están mucho más grandes y redondas que antes de quedarme embarazada. Como aún no he terminado la cuarentena (casi, casi, pero faltan unos días), y no tengo el visto buena d e la matrona no he empezado a hacer ejercicio y eso ha contribuido a que siga con mis kilos de más y a que esté de humor de perros por tener que tirar de leggins y camisas sueltas en vez de mi vaqueros de siempre y mis bonitas faldas. Que ya estoy harta, jolín. Dicho esto, igual que en el caso anterior, tampoco hay que obsesionarse con recuperar la forma en seguida. Que no somos Elsa Pataky y no nos esperan en la alfombra roja… vamos, por lo menos a mi no. Alguna vez he leído que esto de tener un hijo implica cambios en el cuerpo de la mujer durante 18  meses: 9 meses dentro, 9 meses fuera, o sea, que por lo menos tenemos que darnos ese plazo para volver a vernos como siempre.

Bien pensado, después de tooodooo lo se estira la piel del vientre y los pechos, del útero que multiplica su tamaño y empuja al resto de nuestros órganos para hacer hueco y de los músculos que se distienden y sueltan para permitir que saquemos algo del tamaño de un melón por un agujero del tamaño de un limón, deberíamos darnos con un canto en los dientes si sólo tardamos unos meses en recuperar la forma. A comer equilibrado y a hacer un poco de ejercicio (lo que nos dejen los peques y nos permita el cuerpo) y si a alguien no le gusta, que no mire.

El duro proceso de adaptación

El 11 de septiembre a las ocho y cuarto de la tarde venía al mundo mi segunda hija, un poquito antes de lo previsto (menos mal que dejé preparados los trastos!) y con tantas prisas que casi no llegamos al hospital. Las contracciones empezaron después de comer, sobre las cuatro de la tarde y en un ratín pasaron de ser cada siete minutos a venir casi seguidas. Dejamos a la Enana al cuidado de los abuelos y salimos escopetados, pensando dónde demonios dejar el coche con todos los alrededores del hospital en obras y los aparcamientos hasta la bandera. Tan mal vimos la cosa y tan apurada iba yo, que el padre de la criatura me soltó en Urgencias y él se fue a ver dónde podía aparcar el trasto. Los de Urgencias me miraron y por primera vez en mi vida los vi moverse a gran velocidad: “Déjame el DNI, no te preocupes. ¡Fulanita! Corre, llama al ascensor y acompaña ahora mismo a esta señora a paritorio ¡Pero corre ya!”. Y yo casi sin aliento, subiendo en el ascensor mientras Fulanita me pregunta si venía sola: No, mi marido está aparcando el coche. “Uy, pues la lleva clara. Si no se da prisa me parece que se lo pierde”.

La matrona que me recibió puso cara de susto al verme, me hizo a pasar a un cuartito, me pidió que me quitar la ropa y tras un ligero vistazo a mis partes bajas constató que ya estaba casi dilatada del todo y movilizó a todo el personal. El compañero llegó corriendo. Me vio ya tumbada mientras dos enfermeras se esforzaban por cogerme una vía y sacarme sangre todo a la vez y la matrona gritaba a no se quien que preparara el paritorio. “Voy a romperte la bolsa”, me dijo “¿Tienes ganas de empujar?”, le dije que sí, ya lo estaba haciendo, y ella me ordenó que soplase, que teníamos que pasar a paritorio. Casi no le dio tiempo ni de vestirse. Mi compañero sonreía, con sorpresa. Di tres empujones y de pronto le oigo decir: “¡Tulga ya está aquí!”. Yo pienso: ¿tan pronto? Si a penas me ha dolido… Y me ponen a mi bebé en cima, toda chiquitita y llorona. Mi pequeña, mi niñita. A penas habían pasado 25 minutos desde entré en Urgencias. Tan rápido fue todo que se rompió la clavícula izquierda al nacer. Pero en seguida cogió el pecho y yo estaba prácticamente como nueva al darnos de alta dos días después.

Tenía muchas ganas de volver a casa, de presentar a la recién nacida a su hermana y me sorprendió su forma de hablarle, imitando la voz nasal que se nos pone a los adultos cuando nos dirigimos a un bebé: “Ay, hermanita, que pequiñita eres”. También me dejó pasmada lo primero que me dijo a mi: “Mamá ¿Y tu barriga?”. Durante un día entero fui muy feliz.

Luego aterricé en la dura realidad. Con dos pares de abuelos metidos en casa, cada uno con su idiosincrasia particular y sus suceptibilidades, y una niña de dos años y medio que de pronto se convirtió en la Increíble Cosa Cambiante del Pantano me encontré apabullada por las circunstancias. El compañero tenía que ir al trabajo y a mi me tocó además hacerme cargo de todo el papeleo (con mi empresa metiendo prisa para que consiguiera la baja maternal tal que ya, pero sin darme el documento que me hacía falta para ir a la Seguridad Social). Además Tulga, al margen de la clavícula rota había nacido con una pequeña fosita sacra, justo en cima del culete y me tocó volver al Hospital dos veces: primero a hacerle una ecografía con 5 días de vida y después a ver a la pediatra, para que me dijera si estaba todo correcto. “Todo bien”, me confirmó “a la espera de lo del tiroidoes. Ya sabes que aunque salga negativo habrá que repetirle la prueba, no?”. Pues no. No lo sabía.

Y la Enana montando pollos por todo en casa: porque todavía falta mucho para su cumpleaños, porque quiere merendar tres veces, porque no quiere irse a la cama, porque yo no me callo cuando ella me lo ordena, porque no quiere ir a la guarde… Hace dos días se hizo pis encima por primera vez desde que le quité el pañal. Sé que no fue un descuido, porque llevaba diez minutos preguntándole si quería ir al baño y ella asegurando que no, que el baile de san Vito que se traía entre manos era pura gimnasia. Así que lo hizo a posta. Por alguna razón que no llego a comprender del todo. Igual que no entiendo que vuelva a despertarse un par de veces por las noches (casi más que su hermana, que de momento es una bendita), sólo para pedirme que le lea un cuento a las tres de la mañana, o que pretenda que yo le de comer, cuando hasta ahora la pelea era por comerse ella sola hasta la sopa…

Sé que todo requiere un periodo de adaptación y que mi pequeña princesa acaba de verse destronada, pero yo le presto toda mi atención, igual que antes, ya que su hermanita me deja. Juego, le preparo el bocadillo, le leo cuentos… y me fastidia que los llantos y las pataletas sean solo conmigo. Además la presencia abuelil no contribuye demasiado. Me agobia más que me ayuda y me impide establecer rutinas y desenvolverme como me gustaría, porque hay que estar pendiente de cuatro adultos, que además se sienten ofendidos si a las 9 de la noche les insinúas que estás cansada y que te gustaría que te dejaran un rato tranquila…

Y ahora una pregunta ¿hasta cuándo dura esto? ¿Los hermanos mayores tardan mucho en dejar de estar celosos? ¿Los abuelos deciden volver a sus casas algún día? ¿Mis antiguos vaqueros volverán a entrarme en el culo? Preguntas sin repuesta de una madre al borde de un ataque de nervios…

Las secuelas físicas de ser madre

Como ya he dicho en algún otro momento, tengo un cuerpo la mar de agradecido, que se recupera a la velocidad del rayo sin que tenga que prestarle demasiada atención. Eso no impide que después de un embarazo y un parto todo siga “en su sitio” ni mucho menos. A ver. Que nadie se asuste. Parir un bebé no te convierte en el monstruo de Frankestein, pero lo cierto es que para bien o para mal dejas de ser la misma persona. En mi caso, de lo que más me costó reponerme fue de la dichosa episotomía que me practicaron a traición y sin que me enterara. Ni una estría, ni un kilo de más, ni una triste hemorroide. Sólo el corte (y sus seis puntos correspondientes) en mis partes más íntimas. Mi cuerpo se portó como un campeón y la herida sanó rápido, sin infecciones ni problemas, pero la cicatriz me picó y me dolió durante meses. Sí. He escrito bien. Meses. Yo estaba totalmente respuesta de mis 48 de horas de parto y mis nueve meses de embarazo en menos de una semana, pero pené una estación completa por culpa del corte que me hizo un ginecólogo sin avisar. El mismo corte que me provocó una hemorragia y una anemia que, gracias a mis genes de oro puro, me curé en un mes… y eso que se me olvidó tomar la mitad de las pastillas de hierro que me recetó el médico. Durante un tiempo, las relaciones sexuales fueron molestas y, por primera vez en mi vida, tuve recurrir a lubricantes artificiales. Probé a darme masajes en la cicatriz con aceite de rosa mosquetá y otros productos naturales, pero al final fue el tiempo lo que curó definitivamente la herida y me permitió recuperar la normalidad.

Todo aquello me hizo preguntarme si el resultado hubiese sido otro de haber dejado hacer el trabajo a mi cuerpo, sin intermediarios. A lo mejor si no hubiese sido primeriza y hubiese aguantado más tiempo en casa, hubiese llegado con más fuerza a paritorio y no hubiese hecho falta ni epidural, ni ventosa ni (¡por Dios!) la dichosa episotomía. Es posible que mi estupendo cuerpo, que se cura solo la mayor parte de las veces, sin necesidad de medicinas ni reposos, se hubiese hecho cargo de traer a la Enana a este mundo sin un rasguño, dejándome lista para seguir con mi vida en un pispás.

En cualquier caso, sé que puedo darme con un canto en los dientes porque hay mujeres que lo pasan bastante peor que yo. Incontinencia, flacidez, sobrepeso, infecciones, depresión, pérdida de cabello, estrías… son cosas más habituales de lo que se cree y de las que nadie dice ni pío. Una especie de pudor, no sé si femenino o directamente machista, impide hablar de los lados oscuros de la maternidad. Es como si  tuviéramos que ser como las famosas de las revistas, que salen dos días después de dar a luz maquilladas y peripuestas del hospital, caminando como princesas en vez de medio espatarradas como hacemos todas y que tres semanas después de haber traído a famosín al mundo pueden enfundarse de nuevo en su vestido de noche de la talla 36. Sin pestañear.

No somos superwomans (ni nosotras ni las famosas) y hasta la más suertuda ha experimentado alguna de las secuelas que trae consigo esto de ser madre, aunque sea en leve grado. Luego todo se olvida, es verdad, porque tienes a una criatura dulce y tierna que requiere tu atención constante las 24 horas del día y que te recuerda por qué mereció la pena pasar por todo aquello… e incluso repetir la experiencia. Ahora que Tulga está en camino quizá haga algo que no hice la primera vez: preparar un plan de parto y conseguir que se respete, intentar dejar hacer a mi cuerpo (que sabe mejor que nadie lo que le conviene como me ha demostrado en más de una ocasión), informarme bien de todo, no tener miedo…  Ya os contaré el resultado el próximo mes de septiembre.

Ah, por cierto: ¡Tulga, es una niña!

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