Reincidente

Así soy yo: una reincidente. Y es que, como os conté hace unos días, a finales de junio sufrí un aborto. El segundo. También en la semana 8 de gestación, como si fuera una especie de maldición condenada a repetirse… En el fondo ha sido eso lo que me ha hecho volver. Porque voy por ahí de dura y de “machota”, aparentando que me importa un bledo y asumiendo tranquilamente los 40 que acaban de caerme en cima como una losa, pero en realidad estoy echa mierda. Así de claro. Porque soy reincidente. Porque pensé que ya había cubierto mi cupo.

No fue un embarazo buscado ni deseado, pero sí muy bienvenido. Para mi era casi un milagro, porque parecía tenerlo todo en contra: la edad (se supone que la fertilidad femenina cae en picado a partir de los 35), los ciclos irregulares, el poco entusiasmo del costillo en tema… Vamos, que era más fácil que me preñara una paloma por obra del espíritu santo que mi marido. Y aún así ocurrió. Una noche tonta, media botella de vino y vualá. En cuanto se me pasó el pasmo inicial y dadas las circunstancias (antecedentes de hipotiroidismo, bajo peso, ¿he mencionado ya mi edad?), me apresuré a pedirle cita a la matrona que, tras tomar nota de todo, decidió enviarme a alto riesgo para curarse en salud. Creo que fue justo entonces cuando una vocecita cojonera en mi interior me susurró que aquello no iba a terminar bien. Instinto. Intuición. Llamadlo como os de la gana. El caso es que desde aquel día empecé a esperar el momento en que todo se iría a la mierda…

Los de alto riesgo me llamaron en seguida. No sé muy bien qué esperaba de ellos, pero desde luego no lo que me encontré. La gine que me atendió cuestionó la decisión de la matrona y me advirtió que en cuanto pasara el primer trimestre me mandaría de vuelta  a atención primaria cagando patatillas. A parte de pesarme y tomarme la tensión, ni se molestó en echarme un vistazo. Eso sí, me puso medicación para el tiroides, pero con mucha desgana, en plan: “Todas sois iguales. Os sale el tiroides un poco alto y ya estáis aquí haciendo fila, con lo supernormal que esto, por Dios” y me citó directamente para la eco de las 12 semanas. Eso fue todo. Que digo yo que menos mal que se llama “alto riesgo” porque si llega a ser “riesgo normal” ni entro por la puerta…

Quizá para intentar acallar la desazón que crecía en mi por momentos le pedí cita a mi antigua gine, a la que no veía desde el Embarazo de Tulga. Me la dio para el 23 de junio. No llegué a acudir.

Una semana antes me desperté a las dos de la mañana con dolor en la zona de los riñones. No parecía nada muscular, ni se calmaba aunque cambiara de postura, eran pinchazos constantes que no auguraban nada bueno. Al día siguiente, después de dejar a las niñas en el cole, me fui a urgencias con la loca esperanza de que me atendieran pronto y de que todo fueran paranoias mías. Después de tres horas de espera, la doctora que me tocó en gracia decidió que lo mío era un cólico al riñón y ordenó un análisis de sangre y de orina. Yo intenté convencerla de que era otra cosa, le pedí que me mandara directamente a ginecología, pero no hubo forma. Esperé otras dos horas el resultado de los análisis, con una vía puesta en el brazo por la me metían paracetamol a chorro (“Claro, como estás embarazada no puedo ponerte otra cosa, hija”. Si será culpa mía y todo…) y al final resultó que tenía el riñón como los chorros del oro. La doctora estaba estupefacta. “Si es que está todo normal”, me dijo. Pues claro, cojones, porque no me pasa nada en los riñones. Si me hubieses escuchado hace 5 horas, lo sabrías, pero es mejor seguir el procedimiento. Me mandaron por fin a gine, a una sala de espera de la que yo tenía muy malos recuerdos. Había otra chica allí con su pareja llorando ya lo inevitable. El costillo salió de trabajar y vino a hacerme compañía. Hacía calor y no funcionaba la máquina expendedora para comprar un poco de agua, pero no nos atrevíamos a movernos por si nos llamaban. Un buen rato después se asomó por allí una enfermera, pariente de la chica que lloraba, y le dijo que la gine de urgencias se había metido a quirófano y que tenía para rato. No me lo podía creer.

En vista del panorama mi marido fue a buscar a la Mayor al cole (la Pequeña estaba ya con los abuelos) y a la vuelta me trajo una botella enorme de agua para no morir deshidratados. Eran casi las cinco de la tarde cuando por fin me llamaron a consulta. Entre sola. El costillo se quedó en la sala de espera con la Mayor, que se aburría soberamente y no tenía ninguna necesidad de ver lo que iba a suceder a continuación con su santa madre. Después de tanta espera entré en una consulta abarrotada. Además de la doctora y la enfermera había tres estudiantes  de diverso sexo, que ni se molestaron en saludar, aunque charlaban animadamente entre ellos, mientras se pasaban unos a otros mi escuálido historial de urgencias. Me desnudé de cintura para abajo y me tumbé con las piernas abiertas en el potro de tortura que llaman mesa de exploración. La gine empezó a hacerme una ecografía detallada, explicando punto por punto lo que iba haciendo, los botones que iba pulsando y las zonas en las que había que aplicar más o menos presión. A mi no me decía ni pío. Sólo hablaba con los estudiantes. Después de un buen rato le pasó el ecógrafo a uno de ellos y le obligó a repetir todo el proceso. Se me escapó una lágrima silenciosa y la enfermera, la única que me prestaba algo de atención (los demás miraban mi útero, pero a la señora espatarrada ni caso), me susurró: “Tranquila, terminan en seguida”.

Después de un cuarto de hora de hacerme daño en lo más íntimo, la gine me espetó: “Ya te puedes vestir” y corrí al baño a ponerme las bragas. Cuando volví al despacho aún se tiró otros cinco minutos rellenando el informe antes de levantar la mirada y sentenciar: “El embarazo lleva un pequeño retraso ¿Seguro que tu última regla fue en esta fecha?”. Se lo confirmé. “Pues nada. Te cito dentro de una semana para ver si la cosa evoluciona, pero si empiezas a sangrar te vienes otra vez por aquí. Adiós”.

Me quedé quieta un segundo, sin saber si realmente tenía que irme y al final miré a la enfermera. “Ven que te quito la vía”, me dijo con dulzura “Así no tienes que pasar otra vez urgencias y te puedes ir a casa”. Le di las gracias llorando, respiré hondo un par de veces y salí. Supe con certeza en ese momento que había perdido al bebé. Aún seguía dentro de mi, pero ya no estaba. Eso fue el jueves. El sábado empecé a sangrar. No era nada escandaloso: una gotitas como el principio de una regla, pero como me habían dicho que si veía sangre volviera al hospital eso hice.

Llamé a mi amiga L. para que se quedara con las niñas y luego el costillo y yo enfilamos para urgencias. Esta vez la espera fue menor, entre otras cosas porque me enviaron directamente a ginecología, cosa que agradecí en extremo. El médico de guardia tenía mi historial delante, pero no leyó. Se limitó a preguntarme todo de nuevo: fecha de última regla, antecedentes reproductivos, motivos de la visita anterior… y cada palabra que pronunciaba era como una losa en mi corazón. Me hizo otra eco. Nada había cambiado y el sangrado era muy leve, así que me sentó en la silla y me comunicó que perder algo de sangre era de lo más normal al principio de un embarazo, que le pasaba a muchísimas mujeres y que no debía preocuparme (traducido al cristiano: “¿para qué vienes a molestar?”). Me recomendó reposo relativo (nada de sexo, esfuerzos o ejercicio, pero vida normal, que tampoco es para tanto, ¿eh?) y volver solo si tenía fiebre, dolor intenso que no se pasara con parcetamol o una hemorragia. Volvimos a casa.

Mi marido avisó a sus padres en previsión de lo que se avecinaba y se personaron en casa aquella misma tarde, porque aunque en el hospital trataban el tema como una banalidad, los dos sabíamos que era cuestión de horas. La madrugada del domingo al lunes Tulga se despertó llorando por una pesadilla. Me levanté a consolarla, la metí de nuevo en la cama y al ponerme de pie noté que algo líquido y caliente me chorreaba pierna abajo. Fui al baño corriendo y al dar la luz vi que tenía una hemorragia del copón. Llevaba puesta una compresa de las grandes pero la sangre la había desbordado y goteaba por el suelo del pasillo, del baño y del dormitorio. Me lavé, me cambié, me puse otra compresa, súper noche plus, tamaño pañal y me tumbé en la cama, con los ojos como platos, dispuesta a esperar. No quería que me volvieran a acusar de ir a urgencias por “unas gotitas de sangre de lo más normal en cualquier embarazo”. Si me daba otro paseo al hospital sería por una buena razón. En las siguientes tres horas me cambié tres veces de compresa y cada vez que me sentaba en el váter notaba unos coágulos gigantescos escurriendo de mi interior de la forma más desagradable posible. Aún así seguí esperando, para ver si aquello remitía, si era algo más que un capricho mío o si merecía la pena “preocuparse”. En vista de que la hemorragia no paraba y de que empezaba a marearme, sobre las cinco y media de la mañana desperté a mi marido, le expliqué la situación y nos fuimos a urgencias. La sala de espera estaba vacía. La nueva gine que me atendió (tres médicos distintos en cuatro días) me hizo repetir la perorata de siempre: fecha de última regla, antecedentes reproductivos, bla bla bla… no sé para qué escriben doscientos mil informes al día si luego nadie lee nada! En la ecografía el saquito gestacional se había desplazado un poco hacia abajo, arrastrado por la sangre, pero como a) después de cinco horas, la hemorragia había remitido y b) el saco seguía dentro, la doctora dijo que aquello era una “simple” (palabra textual que llevo grabada a fuego en el alma) amenaza de aborto, que volviera a casa y siguiera haciendo reposo relativo. Creo que se me escapó algo así como: “Vamos, como la otra vez…”, con tono ligeramente borde, porque la gine recalcó en el informe que había informado a la paciente que debía volver en caso de: hemorragia, fiebre, etc. y que yo había comprendido las instrucciones. No fuera que encima me diera un payá y la denunciara…

Había decidido que, pasara lo que pasara, me iba a quedar en casa hasta la revisión que tenía marcada para el jueves. Ya estaba harta de todo y quería un poco de intimidad. Continué sangrando con más o menos intensidad durante todo el día y el martes por la tarde empecé a notar un dolor diferente, un dolor rítmico que conocía muy bien, el dolor de las contracciones, solo que a pequeña (pequeñísima) escala. Me fui al baño y allí, sentada en el retrete, dejé que saliera el saquito gestacional. Era muy chiquitito, de a penas 2 centímetros, y no me atreví a abrirlo. Lo envolví cuidadosamente en papel higiénico, le susurré adiós a mi bebé y lo tiré al váter. Para mi sorpresa no sentí ganas de llorar. Estaba anestesiada, como si aquello le estuviera pasando a otra persona y yo solo estuviera allí, mirando, sin acertar a reaccionar. Seguí en ese estado hasta el jueves, cuando acudí al hospital acompañada del costillo para la eco que tenía programada. La doctora confirmó que el aborto había sido limpio y completo y que todo estaba en orden. Fue la primera, de todos los ginecólogos que me habían atendido esa semana, que me dijo: “Lo siento muchísimo”. La miré sin saber qué decir. Me sentía vacía. Sin nada que ofrecer.

Estuve de baja dos semanas. Mi médico de cabecera a raíz del resultado de mi analítica, me hizo tomar hierro en cantidades industriales y continuar un mes más con la medicación para el tiroides. A principios de julio volví al trabajo y la vida siguió su curso. Hasta hace unos días.

Una noche, mientras cenábamos, mi marido hizo un comentario inocente sobre la película que estábamos viendo, algo sobre que lamentaba no tener un hijo varón que heredara sus cosas de “hombre” y de repente algo se rompió en mi interior. Fue como si por fin despertara tras un largo sueño y todo el dolor que no sabía que tenía dentro se derramara de forma incontrolable. Me di cuenta de que había perdido a otro hijo, de que era reincidente… y empecé a llorar. Lo hice durante casi una hora en mi cuarto, lejos de todos y sin que nadie se enterara y al día siguiente, después de más de un año, volví a este blog. He dejado aquí toda la historia, para que no se pierda, para no olvidarme de ella, para compartir esta pena y dejarla atrás. Porque nadie debería pasar por esto dos veces. Porque nadie debería ser reincidente…

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Segundas oportunidades

Muy de vez en cuando, una vez cada seis años bisiestos, la vida te da una segunda oportunidad. Es algo muy raro, casi absurdo, como encontrar sitio para aparcar  a la primera una tarde de lluvia en la que tienes prisa o que caiga en el examen el único tema que te has estudiado. Porque, no nos engañemos, por mucho que insistan las pelis de sobremesa, si una puerta se cierra, normalmente lo hace a cal y canto y a prueba de cerrajeros… Por lo menos esa era mi experiencia. Hasta ahora. Hasta el pasado mes de mayo.

Y es que, a dos días de que me viniera la regla, me levanté una mañana con las tetas como melones y una que ya está bregada en estas lides, empezó a comerse la cabeza. A ver. A ver. Echemos cuentas. Hace como dos semanas me bebí media botella de vino y cuando el costillo pidió guerra se la di de buen grado y sin condón ¿Sería posible? Con la mierda de ciclos que tengo, ni la mejor pitonisa del mundo sería capaz de averiguar cuándo estoy ovulando, como para saberlo yo… Que no, hombre, que no. Que seguro que son imaginaciones tuyas. Anda tira para el curro que en cima vas a llegar tarde…

En el despacho no daba pie con bola. Seguía haciendo cálculos y tocándome las tetas periódicamente, incapaz de concentrarme ni dos minutos seguidos, y al final decidí salir de dudas y me fui a la farmacia. Compré un test de embarazo y me metí con él en el baño. Me pareció ver dos rayitas, pero no estaba segura, porque la segunda era más una sombra que una raya. Casi ni se intuía. Volví a mi mesa y guardé el test en el cajón donde estuvo exactamente dos minutos, porque tuve sacarlo para mirarlo otra vez. Lo puse al trasluz, bocabajo, de canto, intentando ver esa segunda línea rosa con claridad, sin conseguirlo. A punto de que me diera un algo, llamé a mi compañera E. y le enseñé el dichoso palito: “Oye, ¿tú qué ves aquí? ¿Hay una rayita o no la hay?”. Ella lo examinó con atención y tras un momento de duda me dijo: “Mira, vamos a la farmacia y compramos uno de esos en los que te lo dice claramente, con todas las letras, y así nos dejamos de historias”. Eso hicimos.

No sé cómo conseguí volver a hacer pis con los nervios (y las pocas ganas) que tenía, pero lo hice y las dos esperamos a que el test electrónico diera su veredicto. Creo que fue el minuto más estresante que he vivido en el trabajo en toda mi carrera. Al final en la pantalla digital salió: “Embarazada, 1-2 semanas” ¡Toma ya! No sabía si reír o llorar. Era lo que más deseaba en el mundo, pero el costillo me había dejado claro que no quería más hijos. Habíamos pasado una época difícil, en la que me había faltado una pizca así para hacer las maletas y dejar nuestra relación de forma definitiva y ahora que por fin habíamos recuperado la normalidad pasaba esto ¿Cómo cojones se lo iba a decir?

Llegué a casa temblando como un flan, con el test en el bolso cual tesoro pirata, y en cuanto tuve la más pequeña oportunidad se lo enseñé. No sabía qué esperar. Quizá una bronca. Una pelea. Desde luego no lo que vino a continuación. Mi marido sonrió y dijo: “¡Qué bien! ¿Se lo decimos a todo el mundo?”. Nos abrazamos con fuerza, nos besamos y fuimos felices como no lo habíamos sido en meses, con felicidad pura y compartida. Felicidad de la buena.

Segundas oportunidades.

Un mito.

Un espejismo.

La mía duró, exactamente, ocho semanas.

Perdí el bebé a finales de junio y esta vez no hubo frases esperanzadoras (y de mal gusto) del tipo: “Eres joven, ya tendrás otro”, sino más bien todo lo contrario. “Ha sido lo mejor”, “Quedaros como estáis”, “Ya tienes una edad”, “Mejor así”. También hubo malas caras y diez horas de espera en urgencias hasta que la gine encontró un hueco para echarme un vistazo, mucho desdén y nula empatía por parte del personal sanitario y la sensación general de que había ido allí a molestar y dar por saco, más que a que me atendieran.

Lloramos los dos. El duelo fue compartido y eso me ayudó bastante. Físicamente lo pasé peor que cuando tuve mi primer aborto. Estaba muy débil, muy delgada (me avergüenza decir que mi índice de masa corporal no llegaba ni a 17 en aquel momento) y había sufrido una buena hemorragia. Con la tensión por los suelos (en el  hospital ni me la encontraban) y una anemia galopante, pasé un par de semanas en las que a penas me tenía de pie. Nos consolamos el uno al otro, dijimos “adiós” a nuestro bebé y en cuanto me tuve derecha volví al trabajo.

La vida no da segundas oportunidades. Debería saberlo.

Y ahora, casi cuatro meses después, cuando ya sabría el sexo de mi tercer hijo y estará sacando las cosas del trastero, recuperada por completo del trauma físico y emocional de aquellos días, justo ahora, he decidido subirme a un taburete y gritarle a la vida que me la sopla. Que me da igual. Que no necesito sus segundas oportunidades. A ver si se da por enterada y me deja en paz un rato.

 

Crónica de un cierre anunciado

Esto se veía venir. No nos engañemos. Llevo un año regular tirando a mal, haciendo malabares al borde del abismo con mis emociones, mis deseos y la puta realidad. Pensé que la cosa mejoraría y me sentiría mejor, que dejaría de notar un vacío en el estómago cada vez que me deshiciera de un biberón o de un vestido que se ha quedado pequeño. Pero no.

En la última semana he tenido que lidiar (sin mucho éxito) con las fotos que los amigos del Costillo cuelgan de sus bebés en el grupo de wasap, con el anuncio del segundo (y del tercer!!!!) embarazo de otro par de parejas conocidas (y muy queridas) y con la visión de cuatro barrigas repentinas entre las madres del cole, y ha sido superior a mi. Me siento mezquina por ser incapaz de alegrarme, por llevar diez días con ganas de llorar, fingiendo buen humor y sonrisas y, en estas circunstancias lo último que me apetece es encontrar más de lo mismo en el mundo 2.0.

Así que cierro el chiringo.

Definitivamente.

O por lo menos hasta que entre en la menopausia y se me pase la tontería.

Dentro de 15 días cumplo 39 años y no tengo la más mínima gana de celebrarlo y eso es un problema porque a mi, en realidad, me molan los cumpleaños. Me gustan los regalos sorpresa, las tartas de manzana, soplar las velas y ser el centro del microuniverso que formamos (familia, amigos, compañeros, vecinos) durante unas horas al año. Sin embargo, lo único en lo que puedo pensar es en que me hago vieja, en que estoy rozando la cuarentena y cerrando un ciclo que no quiero cerrar… y me ahogo en mi propia angustia y en las lágrimas que no derramo, cual Alicia en el País de las Maravillas.

Mi amiga M. se dio cuenta de todo en cuanto leyó el post que compartí de Una madre molona y me aconsejó que hablara con el Costillo, que le explicara cómo me siento, pero eso resulta inviable. Precisamente, una de las razones por las que abrí este blog fue porque hay cosas que a mi compañero de fatigas no solo le importan un pimiento, sino que le hacen sentir incomodo y molesto.  Entre ellas las emociones.

En esta casa está prohibido sentirse triste, enfadarse o llorar y si te pones a ello, hay que hacerlo con mesura, sin gritos, ni aspavientos. Ah, y durante un tiempo concreto y limitado, porque no es de recibo pasarse una semana como alma en pena por una minucia. Que peor están en Siria, hombre. Y a picar a una mina te mandaba yo para que te quejaras por algo…

No puedo decirle que mi cuerpo y mi alma desean otro bebé. No puedo decirle que no soy feliz ni voy a serlo en una temporada. No puedo decirle que no estoy contenta, que me siento ignorada, que creo que presta más atención a otras personas que a mi, que hay cosas que, sencillamente, no comento con él porque no quiero ver esa mueca de fastidio que pone siempre que hablo de algo que no le gusta.

En este pequeño espacio virtual he sido más yo misma que en mi casa. He hablado de cosas que me preocupaban, que me interesaban, que necesitaba expresar. El Costillo conoce la existencia de este blog, y aunque de vez en cuando le echa un vistazo (sobre todo si me sorprende en pleno post), no es un lector asiduo ni constante. Es posible que tarde dos o tres semanas en leer estas líneas y, para entonces, espero empezar a ser otra persona. Porque sino, estoy jodida…

Me gustaría decir que os seguiré leyendo, pero probablemente no lo haga. Necesito alejarme, tomar perspectiva, asumir, de una vez por todas, que mi etapa de gestar, amamantar y criar bebés ha llegado a su fin. Encontrar mi lugar en el mundo como madre, como mujer y como persona para no pagar mi cansancio y mis frustraciones con quien menos lo merece. No sabéis hasta qué punto os estoy agradecida, la compañía, el amor y el apoyo desinteresado que he encontrado en vosotras (y en vosotros, que no me olvido de mis dos seguidores varones!). A muchas os considero casi amigas, de carne y hueso, y os voy a echar de menos. Han sido dos años y medio interesantes, pero ahora tengo parar… aunque solo sea para coger impulso.

 

 

Mala madre

A veces soy mala madre. Pero mala, mala. Mala de veras. A la altura de Maléfica o de la madrastra de Blancanieves. En ocasiones no tengo ganas de ir al parque ni a la piscina, o me aburro soberamente jugando a las casitas. Hay tardes en las que enchufo la tele a mis hijas mientras toman la merienda y no miro el reloj. También suelo darles gusanitos, tortitas y hasta algún chupa-chus, cuando lo piden y me importa un pepinillo en vinagre si han cenado dos noches seguidas tortilla francesa o bocadillo de pavo.

Al finalizar el día, solo quiero que se vayan a la cama y me dejen cenar tranquila, con las dos manos, sin levantarme 20 veces de la silla, sin compartir mi comida. Quiero ver una película. Leer un libro. Ir al cine. Malamadre. Egoísta.

Confieso que acabo de apuntarme al gimnasio y las dejo dos veces por semana en la ludoteca mientras yo voy a yoga o a pilates. Dos horitas enteras para mi sola, una el martes y otra el miércoles, que me saben a gloria. Y no siento culpa cuando se las encasqueto a la monitora con una sonrisa y un “hasta pronto, corazones”, a lo Anne Igartiburu… Bueno, a lo mejor, un poco. Una pizquita de nada. Pero se me pasa comprándoles un zumo en súper de la esquina.

Soy mala madre. Lo sé. Pierdo la paciencia cuando tardan tres horas en ponerse los zapatos o en quitarse el pijama, cuando, después de dos cuentos, la Mayor me pide que le lea un tercero.

Es más: a veces les grito, me paso por el forro la pedagogía de Montessori, la gestión del estrés y la empatía y suelto un par de chillidos dignos de María Callas para que dejen de pelearse, de pintar las paredes o de jugar con el papel higiénico. Las castigo sin Peppa Pig o sin postre y les pido que piensen en lo que han hecho. A la Pequeña la obligo a pedir perdón a su hermana cada vez que le da un mordisco. Soy malvada. No la dejo expresarse libremente. No permito que se hagan daño…

No tengo tiempo (ni ganas) de fabricar elaborados disfraces para cada evento que celebran en el cole o en la guardería (¿El día amarillo? ¿En serio? ¡Venga, ya!) y en un par de ocasiones he olvidado ponerle el chándal a la Mayor el día que tocaba gimnasia. También me he hecho un lío con sus meriendas, he roto la fuente donde preparaba las magdalenas y se me ha pasado alguna revisión del pediatra. Mea culpa.

Soy una madre horrible, imperfecta, que solo cocina por supervivencia y que carece de espíritu de chef y, ya puestos, de espíritu de mártir. Una madre que un día fue mujer y que ahora no recuerda cómo iba eso.

Malamadremalamadremalamadre

He dado el pecho a mis hijas durante un tiempo que unos consideran prolongando y otros insuficiente. He colechado y porteado por comodidad y vagancia. He dado purés y comida en trozos, cereales solubles y potitos. Mis hijas se han caído, se han hecho chichones, arañazos, cardenales y brechas de distinto calado. La Mayor hasta se dislocó un codo. Han estado sanas y enfermas, han echado la siesta en un carrito, sobre una esterilla en el suelo y en un colchón de plumas. Han llorado y se han reído a carcajadas. Su infancia tampoco está siendo perfecta y es por mi culpa, porque no doy el tipo, porque soy mala madre.

Hoy la Mayor entró al colegio contenta y al llegar al patio descubrió que no había nadie en su fila, así que llorando a moco tendido se dio la vuelta y corrió a buscarme, con la cara desencajada por el pavor y el desconsuelo. La consolé lo mejor que pude y como en ese momento llegaba una de sus amigas acompañada de su madre, le dije que volviera dentro con ellas. Yo me fui al trabajo. Llegaba tarde. Lloré también por el camino…

Y ahora me pregunto si alguna vez dejará de ser así, si alguna vez me sentiré orgullosa de cómo estoy educando a mis hijas y dejaré de mirarme al espejo para decirme a mi misma que podría ser mejor. Mejor mujer. Mejor persona. Mejor madre…

Yo tenía un bebé

Yo tenía un bebé. En serio. Hace nada. Era pequeñito, inquieto y bastante fácil de llevar. Prometo que estaba aquí mismo hace un segundo, mirándome con suspicacia desde su hamaquita.

No sé qué ha podido pasar. Me he despistado un momento, el tiempo de un pestañeo, del latido de un corazón y al volverme, ya no estaba.

En su lugar había una niña.

“Esto es un error” pienso “Es demasiado pronto. Venga, el que sea que lo deje y me devuelva a mi bebé”. Pero no. Ahí está ella, sonriendo mientras da saltos en la cama. Intentando ponerse sola los zapatos o peinarse el pelo. Exigiendo su propio cepillo de dientes con pasta de verdad, nada de mojado con agua del grifo (WTF, mum! ¿Te crees que no me entero?, que diría Tulga si pudiera.).

Entonces voy y me acerco y compruebo que sí, que le han salido hasta las muelas, que chapurrea mil palabras y construye frases sencillas como “mamá, mira, está aquí”. Que le gusta comer huevos cocidos y mojar pan y hasta bebe en baso “de mayores” sin derramar (casi) nada. Sigue pelona y delgada, pero sus piernas son fuertes y le permiten correr, subir escaleras y trepar por los sitios más inverosímiles. Sabe contar hasta 10 (aunque, a veces, se salta algún número) y va por todas partes mencionado el color de cada objeto que se le pone a tiro.

“No puede ser”, me digo y entro en su cuarto. Ya no está la cuna. Ahora hay una litera la mar de molona que comparte con su hermana Mayor. En el baño un orinal de hello kitty anuncia en silencio la próxima operación pañal. “¡Qué no, hombre, qué no! ¡Qué es imposible!”, le repito al aire. Y entonces me miro los pechos, vacíos y diminutos, sin la exuberancia de la leche, la ropa rescatada del fondo del armario y la que espera, limpia y doblada, para acabar sus días en la caja de la parroquia y me doy cuenta de que es verdad.

Mi bebé no está.

Ha crecido.

Ha cumplido dos años.

Ya es mayor.

Resulta que Tulga se ha convertido en una niña cariñosa y simpática, que hace las delicias de todo el mundo. Reparte besos y abrazos con generosidad e imita gestos y expresiones con una facilidad pasmosa. Es cabezota, rebelde, dulce, graciosa y más lista que el hambre, un peligro en toda regla y el tormento de la Mayor. Aún demanda muchos brazos, sigue obsesionada con mis tetas y para entenderla hace falta un buen diccionario, pero el cambio es radical. Tengo que asumirlo y decirle “adiós” al bebé y “hola” a la niña mayor.

Y es que, hija mía, tal día como hoy, a las ocho y cuarto de la tarde, venías al mundo a toda pastilla, reconciliándome conmigo misma y con el mundo y dándome otra oportunidad para (intentar) hacer las cosas bien. Espero saber aprovecharla…

¡Feliz cumpleaños, mi amor!

No me dejes coger a tu bebé en brazos

Hace cosa de un mes unos grandes amigos del Costillo se convirtieron en los felices padres primerizos de un par de mellizos preciosos. Niño y niña. Lo ideal, según las viejas de visillo que pululan por doquier. El caso es que, como ya ha pasado un tiempo prudencial, parece que ha llegado el momento de ir a conocer a los nuevos miembros de la cuadrilla. Y, francamente, no quiero.

No soporto la idea.

No quiero coger a un recién nacido en brazos. Oler su cabecita. Sentir su cuerpo ligero y lleno de promesas.

No ahora.

No todavía.

Y recordé el post que escribió hace tiempo una madre molona, con palabras que me llegaron al alma, así que, a escondidas, para que nadie se entere, lo comparto con vosotras mientras intento lamerme las heridas…

 

-Una adaptación de un texto original de María Marín, alias Madreveterana- Comienzo a parecer arisca entre mis amistades. Pensarán que los años me han cambiado, que ya no soy la que era… y no, no lo soy, ya no acudo de visita a los hospitales cuando han dado a luz mis amigas y, después, opto […]

a través de No me dejes coger a tu bebé en brazos —

Chuchuwa-wá-wá-wá

Venga. Bah. Confesad: en cuanto habéis visto el título del post, habéis empezado a tararear la dichosa cancioncilla. Puede que hasta os sepáis la coreografía (que no os dé vergüenza admitirlo: ¡yo me la sé!) y desde luego tenéis claro y cristalino quién es el responsable de perpetrar semejante ofensa musical: un sospechoso grupo de adultos, hechos y derechos, vestidos con petos vaqueros y camisetas rojas, que atiende al nombre en clave de “Cantajuegos” y que, en otras circunstancias, apartaríamos de nosotros con un palo.

Y es que, amigas, todas hemos recurrido a enchufar a nuestros churumbeles a algún tipo de música o vídeo más o menos educativo con la sana intención de tender la ropa en paz. O depilarnos las cejas. O cagar (y perdón por la expresión. Quizá debería haber dicho “hacer de vientre”. Pero no. La palabra es CAGAR, así en mayúsculas). Los más conocidos de estos “entretenedores” infantiles son, sin duda, los mencionados “Cantajuegos”, pero más allá de ellos hay un sinfín de posibilidades con las que hacer las delicias de los pequeños de la casa y como una tiene un máster en evitar el aburrimiento de la descendencia, he decidido compartir mis conocimientos con vosotras.

a) Como herederos directos de los Cantajuegos (de hecho, si no me equivoco, tres de ellos son antiguos componentes de la agrupación) están los “Pica pica“, cuyo hit: “El baile de la fruta”, hace las delicias de mis dos gremlins por igual ¿No lo conocéis? Pues dadle al vídeo, dadle. No volveréis a ver con los mismo ojos a un melocotón en vuestra vida…

b) Otro imprescindible de los tiempos muertos veraniegos es el Mono Sílabo, un gracioso mico empeñado en enseñar a leer a los niños. La canción de las vocales es un “must” en esta santa casa.

c) Salido directamente del cole de la Mayor, hace unos meses descubrimos el fantástico mundo de Letrilandia. Es un sistema de lectoescritura creado por la editorial Edelvives, pero tiene un canal proprio en youtube con un porrón y medio de canciones y cuentos que les encantan. La reina A, es un clásico.


d) Y ya para terminar, procedente del otro lado del Atlántico, está la inconmensurable Galinha pintadinha. Se trata de una serie de dvds, con todo tipo de canciones e historias disponibles también en youtube y con la única pega de que están en portugués. A pesar de que los personajes hablan en un español “raro” (la Mayor dixit), hay varios vídeos que las vuelven locas como este que incita a lavarse las manos al personal. Muy útil, oye.

 

Cualquiera de estas canciones, seguida de la banda sonora de Frozen, son capaces de atornillar a las dos fieras a una silla durante, al menos, 20 minutos, y solo por eso se merecen todo mi respeto y reconocimiento. INCISO: soy perfectamente consciente de que me dejo en el tintero el celebérrimo Baby Einstein, pero es que, por algún motivo, es ponerlo y empezar a bostezar. Jamás he conseguido que mis niñas vean un vídeo completo de esto, así que ni lo cuento. FIN DEL INCISO.

Y vosotras, ¿tenéis alguna sugerencia? Siempre estoy dispuesta a ampliar mi repertorio…

¡Feliz vuelta de vacaciones, chicas!

 

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