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Chuchuwa-wá-wá-wá

Venga. Bah. Confesad: en cuanto habéis visto el título del post, habéis empezado a tararear la dichosa cancioncilla. Puede que hasta os sepáis la coreografía (que no os dé vergüenza admitirlo: ¡yo me la sé!) y desde luego tenéis claro y cristalino quién es el responsable de perpetrar semejante ofensa musical: un sospechoso grupo de adultos, hechos y derechos, vestidos con petos vaqueros y camisetas rojas, que atiende al nombre en clave de “Cantajuegos” y que, en otras circunstancias, apartaríamos de nosotros con un palo.

Y es que, amigas, todas hemos recurrido a enchufar a nuestros churumbeles a algún tipo de música o vídeo más o menos educativo con la sana intención de tender la ropa en paz. O depilarnos las cejas. O cagar (y perdón por la expresión. Quizá debería haber dicho “hacer de vientre”. Pero no. La palabra es CAGAR, así en mayúsculas). Los más conocidos de estos “entretenedores” infantiles son, sin duda, los mencionados “Cantajuegos”, pero más allá de ellos hay un sinfín de posibilidades con las que hacer las delicias de los pequeños de la casa y como una tiene un máster en evitar el aburrimiento de la descendencia, he decidido compartir mis conocimientos con vosotras.

a) Como herederos directos de los Cantajuegos (de hecho, si no me equivoco, tres de ellos son antiguos componentes de la agrupación) están los “Pica pica“, cuyo hit: “El baile de la fruta”, hace las delicias de mis dos gremlins por igual ¿No lo conocéis? Pues dadle al vídeo, dadle. No volveréis a ver con los mismo ojos a un melocotón en vuestra vida…

b) Otro imprescindible de los tiempos muertos veraniegos es el Mono Sílabo, un gracioso mico empeñado en enseñar a leer a los niños. La canción de las vocales es un “must” en esta santa casa.

c) Salido directamente del cole de la Mayor, hace unos meses descubrimos el fantástico mundo de Letrilandia. Es un sistema de lectoescritura creado por la editorial Edelvives, pero tiene un canal proprio en youtube con un porrón y medio de canciones y cuentos que les encantan. La reina A, es un clásico.


d) Y ya para terminar, procedente del otro lado del Atlántico, está la inconmensurable Galinha pintadinha. Se trata de una serie de dvds, con todo tipo de canciones e historias disponibles también en youtube y con la única pega de que están en portugués. A pesar de que los personajes hablan en un español “raro” (la Mayor dixit), hay varios vídeos que las vuelven locas como este que incita a lavarse las manos al personal. Muy útil, oye.

 

Cualquiera de estas canciones, seguida de la banda sonora de Frozen, son capaces de atornillar a las dos fieras a una silla durante, al menos, 20 minutos, y solo por eso se merecen todo mi respeto y reconocimiento. INCISO: soy perfectamente consciente de que me dejo en el tintero el celebérrimo Baby Einstein, pero es que, por algún motivo, es ponerlo y empezar a bostezar. Jamás he conseguido que mis niñas vean un vídeo completo de esto, así que ni lo cuento. FIN DEL INCISO.

Y vosotras, ¿tenéis alguna sugerencia? Siempre estoy dispuesta a ampliar mi repertorio…

¡Feliz vuelta de vacaciones, chicas!

 

Miedo a todo

Mis hijas nunca han sido cobardes. De hecho, si pecan de algo, es precisamente de lo contrario: de ser muy echás pa’lante. Sin embargo, desde hace un par de semanas Tulga le tiene miedo a todo, y cuando digo a todo, quiero decir A-T-O-D-O. Es verdad que en su escala de pavor hay prioridades, sutilmente diferenciadas por la fuerza con la que se agarra a mi pierna, pero en general mi existencia se ha convertido en un sinvivir constante… Os cuento:

De un tiempo a esta parte, la Pequeña ha desarrollado un miedo atroz a cualquier ruido fuerte, desde la batidora al cortacesped. Da igual que antes fuera capaz de subirse a la aspiradora y jugar al arre caballito mientras yo me deshacía de los pelos del chucho pegados a la alfombra. Ahora es escuchar el más ligero barullo y ponerse a gritar como si la estuvieran despellejando. La cosa sería más o menos controlable si no fuera porque el espectáculo lo monta donde sea: en la piscina, en el parque, en medio del supermercado… Oye una sirena y se pone frenética, y ahí estás tú, con un gremlin desesperado colgado del cuello, dando patadas y mordiscos a diestro y siniestro, mientras con el rabillo del ojo vigilas que la Mayor no se ahogue al tirarse al agua sin manguitos y te contorsionas como una serpiente en un esfuerzo vano de que no se te baje el bañador. Y claro, todo esto, con un miniser que no admite explicaciones ni justificaciones, y al que le importa tres pepinos y un pimiento morrón si el limpiahojas del jardinero es inofensivo o un discípulo de Satán… La única solución es desconectar lo que la altera si está en nuestra mano y si no, alejarnos cuanto sea posible del origen del estruendo.

Otra cosa que la aterra son los coches y las motos, aunque puede que yo tenga la culpa de esta fobia repentina. Al vivir en la urbanización de un pueblo minúsculo, donde el concepto de tráfico denso se traduce en uno o dos coches a la hora y, quizá, un tractor en prácticas, cuando vamos a la ciudad me pongo de los nervios cada vez que las niñas se acercan a un paso de cebra o a un semáforo en rojo. “PÁRATE AHÍ!!!! NO CRUCES!!!! DAME LA MANO!!!! CUIDADO QUE PASAN COCHES!!!”. Lo reconozco. Se me va la olla. Pero en los últimos días cada vez que Tulga ve un vehículo a motor es capaz de trepar por mi pierna a la velocidad del rayo, que ni el mismísimo Juanito Oiarzabal hace cumbre con la rapidez de esta canija, oye. El resultado es un lloriqueo constante y la petición continua de refugiarse en mis brazos, cosa que con sus casi dos años me resulta cada vez más difícil y cansado. Vamos, que no puedo con ella y eso que sigue siendo peso plumón-de-mochuelo, porque su hermana a su edad podría haber pasado por lanzadora de jabalina olímpica… Dado que no puedo convencer a la humanidad de que aparque el coche y vaya andando, he iniciado un laborioso proceso de reeducación consistente en convertirla en fan de Fitipaldi y amiga de Carlos Sainz (padre o hijo, me da igual). Ya veremos si lo consigo…

En tercer lugar es incapaz de acercarse a una persona vestida de blanco, sea pediatra, enfermera, dentista, limpiadora o técnico nuclear. Lo suyo es acción-reacción: bata blanca y berrinche al canto. Y además me mira a mí de forma acusadora, como si fuera culpa mía la indumentaria del desconocido, en plan: “Mamá, me has puesto delante a gente de poca confianza, así que ahora apechuga con las consecuencias”. Si para llevarla el otro día al centro de salud casi tengo que anestesiarla…

Para terminar a Tulga tampoco le gustan los bichos: ni caracoles, ni ranas, ni mariposas… y me escama, porque hace nada la sorprendí jugando con un par de lombrices del huerto, que no se comió de puro milagro, y ahora se echa a llorar si se cruza con una mariquita. Ampliando un poco el espectro, tampoco le entusiasman los pájaros (vistos de cerca, tipo paloma de plaza que te persigue en busca de pan. Los del cielo le molan mogollón), los gatos o los perros. Esto último me resulta incomprensible porque vive con una perra de tamaño más que considerable desde el día que nació, y a ella es capaz de tirarle de los bigotes y meterle la mano en la boca sin pestañear. Sin embargo, si ve en lontananza un chucho esmirriao, como un chiguagua o un yorkshire con su lacito en el pelo aprieta a correr hasta poner dos o tres kilómetros de por medio. Que yo pienso: “¿Acabas de arrancarle un mechón de pelos a un pastor alemán y ahora te cagas viva por esto? Venga hombre…”, pero al igual que con los ruidos cualquier razonamiento es inútil. Los “no pasa nada”, “no muerde” o “mira, mamá lo toca”, no sirven con alguien que (aún) es más irracional e instintivo que lógico y mesurado.

Sé que es  solo una fase, y que pronto pasará, lo que no quita que resulte agotador. Así que si alguien tiene experiencia en fenómenos similares y ha dado con la fórmula mágica para solucionarlos, que no sea rata y la comparta… ¡Porfiplis!

 

Padres helicóptero

El otro día alguien me pasó un vídeo de Carles Capdebila, de Educar con Humor, en el que hablaba de las cosas que le habían enseñado sus hijos en los últimos 20 años.

Hubo algo que me llamó especialmente la atención, más que nada porque hasta ahora no le había puesto nombre, aunque sin duda lo había visto en vivo y en directo en más de una ocasión: los padres helicóptero. Por si hay alguna tan apampanada como yo en esto de la maternidad, diré que se trata de un espécimen bastante habitual en todos los ámbitos, aunque su presencia se multiplica a medida que los niños se hacen mayores. O sea, que hay más padres helicópteros con críos de 7 años que con bebés de 7 meses ¿Y qué son exactamente, os preguntaréis? Pues padres dispuestos a librar todas las batallas de sus hijos, y además a hacerlo en plan Rambo: sin que quede nadie vivo para contarlo…

Os pongo un par de ejemplos:

  • Situación: parque infantil. Tarde de primavera. Protagonistas: cinco o seis niños con edades comprendidas entre los 3 y los 10 años. Hecho: Uno de los niños le quita al otro un juguete (de quién fuera el susodicho juguete o si estaba siendo usado o no por su legítimo dueño es lo de menos). Lo que hago yo: si la sangre no llega al río, dejo que mi Mayor se apañe la vida y dirima a su manera la posesión del objeto. Si la cosa se pone fea, y valorando los datos circunstanciales, le digo a mi hija que a) comparta el juguete, b) se lo devuelva a su dueño o c) nosvamosacasayamismosiseguísasílosdosypunto! (esta última es mi favorita). Lo que hace un padre helicóptero: ir hasta donde están los niños, quitarle directamente el juguete al que lo tenga, dárselo a su hijo, reñir a todos los críos del parque (tuvieran o no algo que ver en el drama en cuestión) y luego reñir a los padres por no meter en cintura a unos delincuentes juveniles en potencia. Hombre ya. En casos extremos, sobre todo si el juguete es suyo y la injusticia manifiesta, el padre helicóptero puede incluso dar por terminada la sesión de parque y marcharse todo indignado con su hijo (y el juguete).
  • Situación: partido de fútbol/carrera de obstáculos/actuación de fin de curso. Protagonistas: todos los niños apuntados a esa actividad. Hecho: el hijo del padre helicóptero mete un gol y se lo anulan/pierde la carrera porque se tropieza con una valla y/o compañero/no canta bien porque los otros niños le distraen o le quitan protagonismo. Lo que yo hago: consolar como buenamente puedo a mi hija, que además tiene muy mal perder y se lo toma a la tremenda. Decirle que lo importa es jugar y divertirse y que ya ganará (o se lucirá) la próxima vez. Lo que hace un padre helicóptero: pelearse con el arbitro, el entrenador, la profesora y hasta el director del colegio para que su churumbel no se quede sin celebrar ese gol, ganar esa carrera o despuntar en Brodway. Si para ello tiene que pisotear, insultar o tratar de mala manera a quien haga falta, lo hace. Porque su hijo, por si no lo habéis notado, es el más mejor: el más listo, el más rápido, el más alto y, por supuesto, el más guapo del mundo mundial y parte del extranjero.

Estas son sólo dos situaciones en las que un padre helicóptero puede tocarte las narices personalmente, pero en esferas más privadas, también tienen lo suyo: harán siempre los deberes de sus hijos, por su puesto, sin contar con su participación o ayuda (“quita, quita, que lo haces mal. Déjame a mi”) porque sus manualidades tienen que ser perfectas, sin una lentejuela o pegatina fuera de sitio; si el chiquillo va de excursión con el cole le hará un tercer grado a la profesora y al resto de madres para asegurarse de que a su hijo no le falte nada, aunque ello implique llevar la mochila llena hasta los topes (en vez de un bocadillo, le pondrá dos y un par de zumos por si uno se le pierde o se le cae o se lo quitan que hay mucho malandrín suelto. Y una muda de ropa, y tres chaquetas de distinto grosor y dos botellas de agua… Y no te digo si además es alérgico o intolerante a alguna sustancia, porque entonces, es posible que necesite un serpa para que le acompañe a la granja escuela). Al final de curso, los reconoceréis porque intentarán averiguar de forma más o menos discreta si algún niño ha sacado mejores notas que el suyo, alardeando siempre de los logros de su descendiente como si en vez del boletín de primero de infantil, acabaran de darle el Premio Nobel. Por otra parte, su hijo nunca, repito, NUNCA, será responsable de NADA. Si ha pegado a otro niño, será un error, una mentira cruel y absurda del supuesto agredido por puros celos de su angelito. Si ha suspendido una asignatura es sin duda que el profesor le tiene manía, porque como destaca tanto, le quiere hundir en la miseria. Si se pone enfermo se debe a que alguna malamadre ha llevado a su hijo al cole en mal estado, exponiendo a su churumbel poco menos que al ébola, y así suma y sigue.

Todo esto me lleva a pensar que, o yo soy una madre desnaturalizada, que deja que sus hijas campen a sus anchas por los parques y jardines de la ciudad, sin ningún tipo de control ni vigilancia o realmente hay gente que se agobia en extremo. Dicho lo cual, afirmo aquí y ahora, que el próximo día de San Patricio que toque celebrar, la Mayor volverá a llevar un lazo verde comprado el día de antes en el chino y no una compleja manualidad, a base goma eva y mil abalorios de tres tonalidades de verde distintas, por la sencilla razón de que prefiero pasar la noche durmiendo y las tardes jugando, en vez de de tricotando. Y si algún padre helicóptero tiene algo que decir en el grupo de wasap que se lo ahorre.

(Des)colechando

Tengo que decir que, como tantas otras cosas, el colecho llegó a mi vida por casualidad. Nunca leí sobre el tema, ni lo tomé por filosofía de vida y mucho menos lo consideré jamás la mejor manera de dormir con tus hijos, ¡voto a Bríos!

Pero, hete aquí, que la Mayor llegó a este mundo con insomnio y alergia a la cuna y tras semanas de vivir en estado zombi permanente, una noche me quedé dormida en la cama con la niña colgada del pecho. No fue premeditado. No lo hice a posta. Sencillamente me sobé ¡Y qué bien me vino! Esa fue la primera vez desde el parto que dormía más de dos horas seguidas y al amanecer casi no me lo podía creer. A la noche siguiente hice la prueba de tumbarla a mi lado y ¡de nuevo se obró el milagro! A ver: la jodía seguía despertándose cada dos o tres horas, pero yo no tenía que levantarme, ni encender la luz, ni pasar media hora en la mecedora intentando que se durmiera para que después volviera a abrir el ojo nada más posarla en la cuna… Me sacaba una teta (o le enchufaba un biberón) y a dormir tan ricamente las dos.

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Cambia sillón por cama, pero el caso es el mismo

Fijaros hasta qué punto no tenía ni idea de que era eso del colecho, que un par de meses después, la criatura me dio uno de los mayores sustos de mi vida: se cayó de la cama. Acababa de aprender a darse la vuelta y a girar sobre su barriga y se ve que decidió probarlo a las tres de la mañana. A mi ni se me había pasado por la cabeza que algo así pudiera ocurrir y no tenía instalada ni la más mínima medida de seguridad ¡Cataplof! Buaaaaaaaaaaaaa! La repasé de arriba abajo, tocándole los bracitos, las piernas, los hombros, examinando su cabeza… Parecía estar perfecta (de hecho creo que lloraba más por el susto que por el golpe), pero a mi estuvo a punto de darme una taquicardia. Me pasé el resto de noche despierta, vigilando sus movimientos y pensando si debía ir a urgencias.

“¡Ostras, Pedrín!” me dije para mis adentros “Esto no puede volver a pasar. Habrá que tomar cartas en el asunto…”  Y allí que fui yo a consultar a la que, por entonces, era mi oráculo personal en esto de criar pimpollos, mi amiga y vecina M. Cuando le comenté mi problema tardó exactamente 15 segundos en prestarme la barrera desmontable que había usado ella en su cama (y que a día de hoy, 4 años después, sigue puesta en la mía). De esa forma, me aseguraba dejar a la Enana entre la barrera y yo, o entre su padre y yo, y se acabaron los paseos nocturnos por el suelo.

La Mayor compartió nuestra cama mientras siguió con sus despertares nocturnos y, un poco antes de los dos años, casi por milagro divino, empezó a dormir del tirón. No la saqué de la cama comunal, ni la obligué a dormir en la suya. Sencillamente se acostaba en su cuarto por la noche y amanecía en él por la mañana. Por su puesto que lo primero que hacía al abrir el ojo era venir a verme, pero eso no me suponía ninguna molestia, más que madrugar los 365 días del año, incluyendo domingos y festivos (dolor amor de madre, que lo llaman).

INCISO: Tengo que aclarar, para todos aquellos que relacionan estrechamente el colecho, la lactancia materna y el mal dormir de los niños, que desteté a la Enana con 12 meses y aún así la criatura siguió dando por culo de forma intensiva hasta el año y medio, cuando los despertares empezaron a limitarse a uno o dos por noche hasta desaparecer poco antes de su segundo cumpleaños. De ello se deduce que el no dormir tiene tanto que ver con la teta como los cojones con comer trigo, cosa que pienso decirle a la cara al próximo opinólogo que me moleste con consejos no solicitados. FIN DEL INCISO.

Pasamos la barrera de la cama grande a la cama de la Enana (que hasta entonces se había apañado con una silla puesta al lado para evitar accidentes. Lo siento, hija. Tus padres son unos cutres) y allí siguió hasta que nació Tulga.

Yo tenía muy claro (cristalino, ¡fíjate!) que no iba a pasar por el mismo infierno que con la primera y desde el minuto uno la Pequeña durmió con nosotros. Por la noche la acostaba en la cunita que tenía en nuestro cuarto y en cuanto se despertaba la metía conmigo sin dramas ni historias. Resultado: tiempo de sueño de todo el mundo exponencialmente más largo que la vez anterior. Comodidad absoluta. Caídas al suelo: 0. El colecho (que a estas alturas es una institución en mi casa) nos ha permitido vivir felices a los cuatro… hasta ahora.

Y es que, amigas, todo lo bueno se acaba y el buen dormir no iba a ser la excepción. Mientras ha sido un bebé, he disfrutado mucho compartiendo almohada con Tulga, pero con 19 meses cumplidos es como tener al lado a una anguila eléctrica a la que alguien ha invitado a cien cafés. Se mueve, se retuerce, me da patadas y puñetazos, me tira del pelo, intenta saltar por encima de mi para llegar a donde duerme su padre, gatea por todos lados… Un show, vamos.

El colecho tenía una función: que todos pudiéramos descansar a pata suelta. Si no la cumple, habrá que replantearse el tema, porque todo eso de la crianza natural y con apego está muy bien, pero si para ponerla en práctica tengo que pasarme las noches en vela, va a ser que no.  No tengo espíritu de mártir, qué se le va hacer… Por eso ayer tomé una decisión importante: hay que ir descolechando

¡¡¡¡¡Cómo sea!!!!!

El problema es que es más fácil decirlo que llevarlo a la práctica y  no sólo por la Pequeña, OJOCUIDAO. Que servidora también está habituada a coger a su descendencia en mitad de la noche y echarle encima el edredón matrimonial sin miramientos, apurando minutos de sueño.

Tulga no se duerme con el biberón como hacía con el pecho. Se toma la leche con los ojos entornados y cuando termina, se mete el dedo en la boca y empieza su rutina de acunarse hasta caer en brazos de Morpheo (que no es el señor ese de Matrix. Aunque me molaría mucho!). El proceso puede durar entre 2 y 40 minutos y, claro, a las tres de la mañana una tiene las ganas justas de estar sentada en la mecedora, con una niña de 10 kilos en el regazo, esperando a que decida echar el cierre para volver a la cama… Creo que en la última semana he conseguido que duerma toda la noche en su cuna una sola vez. El resto de días he sucumbido y la he vuelto a meter conmigo en la cama, muy a mi pesar.

Estoy casi convencida de que hasta que no empiece a dormir del tirón (y hablo de forma habitual, no de higos a brevas, como hace en estos momentos), Tulga, el colecho y yo aún tenemos una larga historia por delante ¡Sólo espero que mi espalda (y el resto de mi organismo) la resista!

Los dichosos percentiles

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Debo ser una madre horrible porque, aunque mi hija Mayor tiene cuatro años cumplidos, no sabía lo que eran los dichosos percentiles hasta hace unos meses. 15, para ser exactos. Cuando Tulga empezó a hacer fruncir el ceño a la pediatra cada vez que pasaba por la báscula.

Y es que, amigos y amigas, Tulga me ha salido escuchimizada. Flacucha. Hasta, puede, que un poco canija… o dicho en términos médicos: de percentil bajo.

Quizá porque la Enana siempre estuvo en la parte alta de la tabla o porque mi anterior pediatra pasaba bastante del tema, viví mis primeros dos años y medio como madre sin que nadie mencionara la palabreja en cuestión… más a gusto que un arbusto, debo añadir. Sin embargo, cuando la Pequeña cumplió tres meses, en una visita rutinaria, nuestra nueva (y joven) doctora me hizo notar que la chiquilla no se ajustaba a los cánones establecidos y que, por lo tanto, no estaba bien.

La miré con la misma expresión que habría puesto al ver una jirafa bailando claqué. Y, claro, la buena señora se vio en la obligación de darme todo tipo de explicaciones. Me enseñó una gráfica en la pantalla del ordenador e indicó un puntito bien abajo, casi fuera de las líneas de colores: “Mira, Tulga está aquí, pertencil 7 de peso y aunque ha cogido algunos gramos desde la última vez, hay que controlarla”. Acto seguido me hizo la pregunta que me amargó la existencia los siguientes tres meses: “¿Notas si tienes leche?”. Yo, que olía a yogurt agrio por mucho que me pasara por agua y no daba a basto a cambiar los discos de lactancia del sujetador, le contesté con un rotundo “Sí”. No se lo creyó, of course.

A partir de ese momento, tuvimos que acudir a control de peso cada 15 días, mientras cuestionaban una y otra vez mi capacidad para alimentar a mi hija y a mi me salía humo por las orejas (por los paseos al centro de salud y por las miradas subrepticias a mis tetas). Si hubiese sido primeriza, no conociera bien mi cuerpo o no hubiese leído todo lo leible sobre la lactancia materna, el biberón habría entrado en nuestras vidas. No hubiese pasado nada, faltaría plus. Ya sabía lo que era la lactancia mixta, pero si la niña estaba sana y seguía engordado ¿a qué venía tanta historia?

“Bueno, cuando empieces con la alimentación complementaria ya cogerá peso”, me dijo la enfermera en uno de los controles, por si me servía de consuelo. Le sonreí de la manera más neutra y educada que pude para que no se diera cuenta de hasta qué punto me la traía al pairo. Tulga se parecía a mi. Era de complexión pequeña. Ya está. No había que buscarle tres pies al gato.

Pero el Destino no había acabado conmigo todavía. Por si no me había quedado claro lo malo que era no encajar en los percentiles, llegó el turno de la revisión de los tres años de la Mayor. Y ahí sí que ardió Troya. Tras medirla y pesarla, la pediatra estuvo a punto de sufrir un ataque de apoplejía: se le salía de la tabla ¡pero por arriba! Percentil 92 de peso y 97 de estatura. Vamos, que no se acercaba a la media ni de lejos ¿Y qué hizo mi dulce doctora? Pues poner a régimen a la niña, tras obligarme a hacerle un análisis de sangre para descartar problemas de tiroides o diabetes. Me tuvo con los huevos de corbata dos semanas pensando que a la chiquilla le pasaba algo más que el simple hecho de parecerse a su padre.

Y ahí estaba yo: con una hija gorda y la otra flaca, preguntándome si la genética nos estaba gastando una broma pesada o realmente no sabía darles de comer a ninguna.

Los controles de peso siguieron, esta vez por duplicado y en verano, después de tres meses de purés, fruta, pan y galletas a mansalva, la pediatra llegó a la conclusión de que Tulga sencillamente era así, que no iba a subir de percentil por mucho que zampara y decidió dejarnos tranquilas. La Mayor había pegado un estirón y perdido algo de peso (a costa de pelearme con ella en desayuno, comida, merienda y cena) y aunque seguía en lo alto de la gráfica, pude relajar su dieta draconiana y permitirle algún capricho. Hicieron falta seis meses para que la doctora comprendiera lo que había deducido yo tres segundos después de escuchar la palabra “percentil”: que es imposible que tooooooodooooos los niños del mundo estén en la media. Los habrá altos y bajos, delgados y rellenitos, igual que sus padres y otros adultos del entorno. Mientras lleven una dieta saludable y estén sanos el lugar que ocupen en la tabla es lo de menos.

Para terminar, por si hay alguna como yo, totalmente perdida con el tema, Soy madre y ahora qué, explica divinamente en este post qué son los dichosos percentiles. Yo, de momento, he decidido pasar olímpicamente de ellos y limitarme a cocinarles a las niñas unos buenos platos de lentejas… ¡He dicho!

Los “segundos” tienen superpoderes

Que sí. Que no es broma. Los hijos nacidos en segundo lugar no vienen de París, sino de Kripton. Si no a ver cómo se explica que hagan las cosas que hacen. Y es que, queridas amigas, los segundos tienen superpoderes. Es la única conclusión lógica a la que he llegado después de analizar con detenimiento la evolución de Tulga los últimos meses. A diez días de cumplir el año y medio mi bebé es capaz de hacer las cosas más inverosímiles y de comunicarse con un lenguaje básico pero efectivo, y todo sin despeinarse (bueno, a lo mejor esto último es porque sigue sin pelo. No sé).

Ahí van unos ejemplos.

CASO 1: Me voy a hacer la cama y Tulga, que me sigue como si fuera mi sombra, decide en ese momento que quiere jugar con los peluches que tiene en la cuna. No lo dudo ni un instante: la meto en el redil y me abalanzo feliz cual perdiz sobre mis quehaceres, dispuesta a terminarlos todos en tiempo récord. A penas he empezado a estirar un poco las sábanas, cuando me giro y me encuentro a la Pequeña mirándome con los ojos como platos pegada a mis talones. Pero, vamos a veeeeeeeer… ¡¡¡¿Cómo cojones has salido tú de la cuna?!!!! Tulga sonríe. Mejor dicho: se desternilla. Si no fuera imposible pensaría que se está burlando de mi, aunque, claro, no puede ser ¿Verdad?

CASO 2: Hora del baño. Le digo a la Mayor que empiece a desnudarse mientras lleno la bañera, que en seguida vuelvo para ayudarla con el jersey y desvestir a Tulga. Me entretengo un minuto, no más, mientras espero a que salga el agua caliente y pongo el tapón y cuando regreso al cuarto no sólo la Mayor está medio desnuda, sino que también lo está Tulga: sin zapatos, sin calcetines, sin pantalones y hasta sin pañal!!!! Y lo más sorprendente de todo: la ropa sucia está en su canasto correspondiente y el pañal usado en la basura. “Amor”, le digo a la Enana “¿Has ayudado tú a tu hermana a desnudarse?”. “No. Ha sido ella”. “Venga. Anda ya…”. “Que sí, que sí. Y se ha quitado el pañal. Lo que pasa es que ahora se está haciendo pis en el suelo…”. Me giro. Tulga se acaba de mear con una sonrisa en el pasillo. Contempla su hazaña con asombro, la señala con el dedo y exclama un poco escandalizada: “¡¡¡Mira, mira!!!”. No. Si ya miro. Lo que pasa es que no me lo creo…

CASO 3: La Mayor está haciendo caca. Le digo que cuando termine me llame para ir a limpiarla y vuelvo a lo que estaba haciendo (probablemente, fregar los platos). Al cabo de un rato oigo gritos en el baño y temiéndome lo peor salgo corriendo a ver qué pasa. Cuando llego me encuentro a la Mayor con el culo en pompa y a la Pequeña con una toallita en la mano limpiando a su hermana “¿Pero qué hacéis?” exclamo sin saber si echarme a reír o a llorar. “Mamá, tranquila, que Tulga me está dejando el culito superlimpio”, me dice la Enana, con convicción. No lo dudo, pero por si las moscas, le quito la toallita a la Pequeña y echo vistazo al resultado: como una patena. Tiro de la cadena mientras me pregunto si me están tomando el pelo o sólo ha sido chiripa…

CASO 4: Antes de explicar este último caso, tengo que aclarar que Tulga no habla todavía. Dice algunas palabras, cada día más, pero hasta ahora no ha juntado dos para construir una frase, lo que, en teoría, debería limitar mucho su capacidad para transmitir sus deseos. Y digo en teoría, porque en la práctica se hace entender a la perfección. La otra noche, durante la cena, estaba comiendo jamón york a dos carrillos, cuando de pronto se puso a llamar al perro: “Ea, Ea” (su versión del nombre del animal). El chucho se colocó a su vera raudo y veloz y ante mi asombro mi bebé de 17 meses le puso directamente en una boca siete veces más grande que su mano y llena de dientes los restos del jamón que ya no quería. “Pero…” empecé a decir y no pude continuar porque acto seguido, Tulga se bajo ella sola de la silla, me cogió de la mano, me llevó hasta su sillón favorito del salón, hizo que me sentara y, tras trepar como una ardilla hasta mi regazo, tiró de mi escote y dijo: “tetita”. Dos minutos después estaba dormida. A esto lo llamo yo tener las ideas claras y maximizar el uso del lenguaje.

Y ya para terminar os dejo un compendio de lo que nuestro hijos notan y no notan habitualmente. En mi caso se cumplen absolutamente todos los puntos!

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Por dónde salen los bebés

Cuando nació  Tulga, la Mayor tenía dos años y medio. O sea: era muy pequeña para comprender – o si quiera imaginar- el proceso reproductivo que sus padres se traían entre manos, pero lo suficientemente mayor para plantearse algunas preguntas. Después de haberme pasado medio embarazo con la cantinela de que la hermanita estaba en mi barriga, unos días después de volver a casa con el nuevo miembro de la familia, mi Enana se quedó mirándola y, tras valorar mi tamaño y el del bebé, preguntó a bocajarro: “Mamá, pero ¿por dónde ha salido?”.

Yo le sonreí con dulzura, pura glucosa, oiga, mientras  pensaba para mis adentros: “¡¡¡¡¡¡¡¿Pero esto qué eeeeeeeeeeeeees?!!!!!! Que la explicación del triquitraca estaba prevista para más adelante, ¡¡¡¡hombreeeeeeeeeeee por Dioooooooooosssssss!!!!”. Tuve que contenerme para que no me diera la risa floja o un tic en el ojo, al más puro estilo dibujo animado. Medité unos instantes y al final opté por decirle la verdad. Qué cojones. Lo de la cigüeña no iba a colar de todos modos…

Como estábamos en la bañera, le señalé sus partes y le dije que su hermanita había salido de la barriga por ahí.

“¡¿Por el chumo?! (ella llama así al asunto. Qué se le va hacer). Pero ¿Cómo, si es muy pequeño?”

“Ya. Sí. Es verdad. Pero las mamás tenemos ahí un agujerito que se hace grande para que pueda salir el bebé”

“¿Por dónde sale el pis?”

“No. Otro. Anda no te preocupes, que no te hace falta”

Y eso fue todo. Para alivio mío y descojone de su padre.

Pensé que habíamos dado carpetazo al asunto, pero hete aquí que unos meses después, la mamá de su mejor amiga decidió ampliar la familia y empezó a lucir tripilla por el barrio. Así que una tarde, volviendo del parque, mi hija, ya con casi tres años y medio, se paró en mitad de la calle y con cierta preocupación inquirió: “Mamá, ya sé por donde va a salir el hermanito de mi amiga, pero ¿Por dónde ha entrado?”. Casi me da un patatús. Volví a plantearme lo de la cigüeña, el niño encontrado en una col o la historia de un subrepticio viaje a París y decidí que no. No merecía la pena confundir a la niña sólo por un estúpido pudor. Además, la reproducción, como el comer y el dormir, forma parte de la vida y tarde o temprano iba a tener que enfrentarse a ella y aquel era tan buen momento como cualquier otro.

“Pues, verás” dije yo “Ha entrado por el mismo sitio por donde va a salir”

La renacuaja frunció el ceño. Era obvio que no las tenía todas consigo y en vista de que se avecinaba otra pregunta embarazosa (nunca mejor dicho) me adelanté y añadí: “Lo que pasa es que cuando entró era muy chiquitín. Luego empezará a crecer en la barriga de su mamá y, cuando sea lo suficientemente grande, avisará de que va a nacer”.

“Ah, vale”.

Una pausa.

“Y ¿cómo se metió dentro?”

Si es que es pa matarla….

“Pues lo metió dentro su papá”.

“Ah, vale”.

Otra pausa.

“Y ¿cómo lo metió?”

“Cariño, ¿has visto que pájaro taaaaan grande? Vamos, corre, a ver si lo pillamos…”

Lo sé. Escurrí el bulto. Pero ya tenía información más que suficiente por una tarde.

El caso es que he recordado todo el episodio a raíz de un vídeo que me pasó el otro día una amiga, madre reciente. Se trata de un corto de animación destinado a explicar a los niños “por dónde salen los bebés” y, aunque está en portugués porque la iniciativa es brasileña, creo que se entiende bastante bien.

Los dibujos son muy claros, yo diría que hasta explícitos, pero envueltos en una especie de nubecilla rosa que los hace parecer simpáticos. También el lenguaje es simple y directo, sin florituras ni metáforas innecesarias. Mi duda es ¿se lo pongo a la Mayor la próxima vez que pregunte? ¿Se lo pondríais vosotras a vuestros hijos? Ahí os lo dejo por si a caso…

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