La cosa esa de la teta

El tema de la lactancia materna se ha vuelto últimamente controvertido y, la verdad, no entiendo muy bien por qué. Yo siempre consideré que el dar el pecho a un niño era lo más natural del mundo y que, excepto en casos excepcionales, eran lo que hacían todas las madres. A lo mejor porque en el pueblo donde me crié era normal ver a las señoras amamantando a sus hijos discretamente cubiertas con un chal o porque fue lo que vi en casa con mis primas y primos. El caso es que cuando me quedé embarazada de la Enana ni se me pasó por la cabeza comprar un biberón o leche de fórmula y mucho menos todos los atalajes que, al parecer, ahora resultan imprescindibles para alimentar a una criatura recién nacida como calienta biberones, esterilizadores, tetinas ergonómicas, cacillos medidores y otra parafernalia. Nada más nacer, intenté dar el pecho a mi hija, pero no conseguí que se enganchara de ninguna manera.  Yo estaba totalmente exhausta después de dos días de parto y la niña era pequeña y no tenía mucha fuerza, por lo que tampoco colaboraba, a lo que se sumó que por la habitación no pasó ninguna enfermera, matrona o similar que me aconsejara una postura o me diera alguna pista de cómo proceder. El caso es que cuando al día siguiente de dar a luz se llevaron a la Enana a la revisión correspondiente, apareció por la puerta una señora que se presentó como pediatra y que, a la velocidad del rayo, me explicó que la niña había perdido mucho peso y que había que alimentarla con leche de fórmula. La mujer se marchó tan rápidamente que no me dio tiempo ni a abrir la boca para preguntar algo, y dos minutos después apareció una enfermera con mi hija en brazos, chupando alegremente un biberón. Se me calló el alma a los pies.

A partir de ahí me trataron como si nunca me fuera a subir la leche y no me quedara otra que la lactancia artificial. Recuerdo con especial dolor la reunión a la que asistimos todas las mamás antes del alta, en la que daban consejos para conservar la leche materna extraída o para evitar la aparición de grietas. La matrona fue caso por caso entrando en detalles y repartiendo folletos: a la del bebé prematuro, a la madre que ya tenía un hijo mayor y sabía de qué iba la feria, a la que acababa sufrir una cesárea… y al llegar a mi, me miró y me dijo “Bueno, tú no, que no vas a dar el pecho” y se guardó el folleto sin entregármelo. Con dos cojones.

El caso es que me subió la leche al tercer día, ya en casa y yo me seguí poniendo a mi hija al pecho cada vez. Al principio no lo quería, porque del bibe salía con más facilidad que de mis tetas, pero insistí e insistí, tirando de sacaleches durante semanas y al final, una noche, me cogió el pecho… y ya no lo soltó. La Enana pasó dos meses con lactancia artificial, otros dos con lactancia mixta y luego un año completo agarrada a mi pecho y sin querer saber nada de tetinas de goma. Para mi fue la mejor experiencia del mundo. No era solo alimentar, si no consolar, mimar, dar calor y compañía ¡Por no mencionar la comodidad! Yo que pasé por ambas formas de lactancia afirmo con rotundidad que lo más sencillo, barato y efectivo es la teta: nada de comprar chismes, de levantarse a calentar agua a las dos de la mañana o de preparar una mochila de seis toneladas cada vez que se sale más de dos horas de casa. Por la noche, cuando se despertaba, la metía conmigo en la cama y seguíamos durmiendo las dos, sin calcular cantidades, enchufar chismes ni dejar trastos que limpiar o esterilizar al día siguiente. Si estábamos de vacaciones y se hacía la hora de la merienda, buscábamos un banco en un jardín o un rincón tranquilo en la playa y lo solucionábamos. Si quedábamos con amigos, metía en mi bolso un pañal y un paquete de toallitas y nos poníamos en la calle. Nunca miré el reloj. No sé si mamaba cada tres horas, como se supone que corresponde canónicamente, cada dos o cada cuatro. Cuando me lo pedía, la ponía al pecho y punto. A veces sólo quería dar una chupadita porque se había caído y quería consuelo. Otras veces tenía sed, bebía un rato y lo dejaba. Siempre era bienvenida y nuestro idilio de leche nos unió más que cualquier otra cosa.

La desteté con un año cumplido y lo hice por la sencilla razón de que queríamos tener otro hijo y a mi no me venía la regla ni a tiros (es más tardó aún cuatro meses en bajar después de dejar el pecho definitivamente). Fue duro para ella y aún más duro para mi,  a pesar de que lo hicimos de manera gradual y sin forzar demasiado la cosa.

Dicho todo esto quiero añadir algo más: sé que hay mujeres que no pueden o no quieren dar el pecho y su alternativa es tan válida como la que opta por la teta y la lactancia de larga o larguísima duración. Todo el mundo tiene un estilo de vida diferente y recurre a lo que mejor se ajusta a sus necesidades y características personales. No creo que una madre que dé el bibe sea peor que otra que dé el pecho ni que alguien que destete a los seis meses quiera menos a su hijo que el que continúa con la lactancia materna hasta los dos años o hasta los seis. Creo que todos deberíamos tener libertad para elegir lo mejor para nuestros hijos, sin que nadie nos juzgue y nos critique por ello, porque últimamente he visto en algunos blogs y páginas webs dedicadas a la maternidad verdaderos insultos contras las mamis que optan por la leche de fórmula. Casi como si estuvieran envenenando a sus hijos a posta. No podemos saber qué ha llevado a una madre a no dar el pecho, si sus razones son buenas, malas o regulares, ni somos nadie para juzgar un estilo de crianza y luego poner el grito en el cielo si alguien se mete con nuestra propia forma de educar a los niños. A mi me dijeron en más de una ocasión si pensaba seguir dando el pecho a la Enana hasta que fuera a la Universidad y os prometo que me sentaba como una patada en las tripas. Imagino que debe ser igual decirle a una señora a la que no conoces de nada: “Uy, si la leche de fórmula es malísima. No proteges a tu hijo de mil millones de enfermedades y peligros”.

Amor y comprensión es lo que necesitan los niños. Y apoyo y ayuda lo que precisan las madres. El resto debería quedar al criterio de cada familia.

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7 responses to “La cosa esa de la teta”

  1. diasde48horas says :

    ¿pues qué te voy a decir? que estoy completamente de acuerdo. Y que tuviste muy mala suerte con el personal del hospital. En mi caso fue completamente lo contrario, todo el mundo me ayudó muchísimo para establecer la lactancia…

    • norgwinid says :

      Sí, la verdad es que en el hospital de mi ciudad me he encontrado con personal bastante desagradable, que me (nos) ha hecho pasar muy malas experiencias. Por suerte, soy bastante cabezota ;P

  2. BlogSerMadres says :

    Qué lástima de personal sanitario corre por el mundo. Con lo bonita que es nuestra profesión (soy enfermera, jeje) y la poca vocación que hay por el mundo. Le diste a tu hija el mejor regalo que pudiste (amor, cariño y alimento). Me ha encantado leer tu experiencia. Sin duda fuiste una valiente luchadora para conseguir lo que te proponías, y tuvisteis la mejor recompensa. Esos meses con la niña en el pecho son mágicos. Un abrazo

    • Norgwinid says :

      La verdad es que he tenido muy mala suerte con el personal sanitario de mi ciudad. Y eso que tengo varios vecinos de ramo, que son un auténtico amor… y hasta mi suegra es enfermera jubilada!!!! Si me hubiesen echado una pata cuando di a luz a la Mayor hubiera sido todo mucho más fácil. Aún así la Pequeña ha compensado con creces la mala experiencia con su hermana y hemos disfrutado de una lactancia fácil y prolongada!!

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